Carlos, el último Rey Universal

Carlos, el último Rey Universal

Carlos de Austria reunió bajo su poder los dos imperios más importantes de la Europa posmedieval: España y el Sacro Imperio Romano Germánico, aunque su reinado se caracterizó por sus luchas constantes contra los protestantes.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

En el siglo XVI, la casa de Habsburgo era considerada la más poderosa del mundo, tanto por su dominio marítimo como territorial, que abarcaba pueblos de casi todos los continentes y numerosos recursos naturales. La máxima expresión de esa fortaleza dinástica recayó en Carlos de Austria, quien reunió bajo su trono las dos principales potencias de la Europa posmedieval: España y el Sacro Imperio Romano Germánico.

La unción de Carlos como un nuevo César del viejo continente fue producto de las políticas matrimoniales de sus antecesores: las casas de Trastámara (de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos Isabel de Castilla y Fernando II de Aragón), Habsburgo (de su abuelo paterno Maximiliano) y Borgoña (por parte de su abuela paterna María), esfuerzos que hicieron temblar al mundo entero por el surgimiento de una figura tan poderosa que no encuentra antecedentes hasta nueve siglos antes, cuando Carlomagno dominó Europa occidental y central en solitario.

Conocido en las tierras españolas como Carlos I y en el Sacro Imperio como Carlos V (de ahí su popular nombre Carlos I de España y V de Alemania), este monarca se caracterizó por ser el último emperador que intentó mantener una Europa católica universal despojada de toda influencia hereje, aunque su reinado fue todo lo contrario: las luchas entre las facciones católicas y protestantes dividieron al continente y pusieron en jaque los modelos de poder político y religioso de la época.

El crecimiento del futuro emperador

Carlos nació bajo el nombre de Karl en la ciudad flamenca de Gante (actual Bélgica) el 24 de febrero de 1500, siendo el primogénito varón del matrimonio formado por Juana de Castilla, hija de los Reyes Católicos, y de Felipe de Habsburgo, hijo del emperador germano Maximiliano y de María de Valois. Su nacimiento representó una inusual combinación hereditaria: ostentaba el segundo lugar de pretensión a los tronos de Castilla, Aragón y Austria, y también podía ser elegido como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Tras la muerte de la reina Isabel en 1504, Juana y Felipe viajaron a Toledo para reclamar la corona vacante de Castilla a Fernando, ya que Juana era la heredera al trono y su marido fungía como rey consorte. Por ende, dejaron al pequeño Carlos en Flandes, mientras que se llevaron a su segundo hijo, el recién nacido Fernando. A pesar de que ambos fueron declarados monarcas en 1506, Felipe murió a los pocos meses y Juana fue encerrada por su padre alegando que sufría trastornos mentales. Así, Fernando de Aragón retuvo su poder sobre Castilla, aunque en calidad de regente hasta que se designara un nuevo heredero.

Con la muerte de Felipe, Carlos fue nombrado Duque titular de Borgoña, por lo cual pasó a heredar las regiones del Franco Condado y los Países Bajos, además de Borgoña, aunque esta última de forma nominal. Debido a que todavía era un niño, su tía y madrina Margarita de Austria ejerció como regente. Imbuido en la cultura flamenca, el joven fue educado bajo los preceptos renacentistas de la época, recibiendo clases por parte del cardenal Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI), que reforzó sus creencias religiosas.

Tras ser declarado mayor de edad en 1515 y obtener la asunción plena de sus poderes en los Países Bajos, Carlos decidió asegurarse la sucesión absoluta de las coronas españolas. Gracias a la presión que ejercieron sus aliados castellanos y aragoneses, el príncipe consiguió que su abuelo Fernando corriera de la herencia hispana a su otro nieto tocayo (que era el favorito) y garantizara su acceso a los tronos de Castilla y Aragón.

El emperador universal

Fernando II de Aragón falleció a principios de 1516, por lo que tanto su corona (que incluía las posesiones italianas de Sicilia y Nápoles) como la de Castilla y sus colonias ultramarinas (que permanecían bajo regencia) pasaron directamente a Carlos, quien tenía escaso conocimiento de los idiomas y costumbres españolas, y no pocos enemigos.

Para validar sus derechos, Carlos I viajó a España para enfrentar a los opositores. Arribó en 1518 y recorrió todos los reinos bajo su órbita, donde tomó los fueros correspondientes. El 9 de febrero, las Cortes de Castilla lo proclamaron oficialmente como rey junto a su madre Juana, a cambio de una serie de peticiones que incluían aprender castellano y finalizar con los nombramientos de neerlandeses en cargos gubernamentales.

En 1519, y durante un viaje a Valencia para comparecer ante las Cortes locales, Carlos I fue informado sobre la muerte de su abuelo Maximiliano I, por lo que se convertía en archiduque de Austria y el principal candidato a ser titular del Sacro Imperio Romano Germánico. Auxiliado por las arcas castellanas y prestamistas alemanes, logró una elección a su favor en la Dieta Imperial y fue coronado emperador en 1520 bajo el nombre de Carlos V.

Con media Europa bajo su poder, Carlos se hizo con la idea de fortalecer un gran Imperio universal de corte unipersonal, humanista y profundamente católico, aunque respetando los fueros y privilegios de cada uno de sus componentes. Pero su sueño era una utopía: los conflictos políticos y sociales en los reinos españoles, la crisis religiosa del Sacro Imperio con el fortalecimiento de los protestantes, las ambiciones de Francia y el Imperio Otomano y las diferencias con el Papado minaron todos sus esfuerzos.

Carlos tuvo que enfrentar numerosas revueltas y batallas que fueron desgastando su figura de Rey Universal. En Castilla estallaron las revueltas de las Comunidades (1919-1922) y en Valencia la rebelión de las Germanías (1520-1522), las que fueron duramente reprimidas por el ejército imperial.

Al mismo tiempo, las tropas del rey de Navarra Enrique II, apoyadas por el rey Francisco I de Francia, invadieron las posesiones navarras de Castilla en 1521. Viendo las intenciones francesas que pretendían una invasión del sur de Italia, Carlos ordenó una intervención militar en Milán ese mismo año. Tras una serie de batallas que resultaron en la detención de los reyes rivales, se rubricó el Tratado de Madrid en 1526, por el cual Francia renunció a sus pretensiones en Italia y la Borgoña ocupada por el Sacro Imperio, mientras que Enrique II cedió la Alta Navarra.

Pero las disputas con su eterno rival francés reanudaron meses después, cuando Francisco I convenció a Venecia, Génova, Milán, Florencia y al papa Clemente VII en la Liga de Cognac para evitar el expansionismo de Carlos en el Mediterráneo y la península itálica. Pero la fuerza militar del emperador hispano-germánico fue superior y logró derrotar a la alianza ítalo-francesa, lo que incluyó un previo saqueo a la ciudad de Roma del cual no se hizo responsable.

La presión de la derrota

Sin embargo, los principales conflictos de Carlos ocurrieron en el propio Sacro Imperio, donde nombró a su hermano Fernando como archiduque de Austria. Con el avance del luteranismo en el norte y centro de la actual Alemania, la negativa de Martín Lutero a retractarse de sus polémicas obras teológicas y el desgaste causado por las guerras contra Francia, en 1526 el emperador se vio obligado a pactar en la Dieta de Spira con los conversos príncipes protestantes, lo que supuso una victoria para la Reforma protestante. 

Al año siguiente, el emperador intentó limitar nuevamente el avance del luteranismo, pero la invasión turca a Viena frustró sus planes y lo obligó a aliarse con los protestantes para combatir a los otomanos en 1529, lo que favoreció una rápida victoria ante los invasores islámicos.

Un nuevo concilio en Augsburgo en 1530 intentó unificar posiciones con los príncipes disidentes, pero la intransigencia del emperador derivó en un fracaso de las negociaciones, por lo que los electores protestantes se aliaron en la Liga de Esmalcalda, que contó con el respaldo de Francia. Ese escenario desfavorable presionó a Carlos para firmar la Paz de Nuremberg en 1532, que garantizó la libertad religiosa en el Sacro Imperio durante los siguientes diez años, lo que le permitió a los protestantes consolidar sus poderes en Alemania.

Nuevas guerras con Francia, que se alió oportunamente con los príncipes alemanes y los otomanos, desgastaron las finanzas reales de Carlos (en su mayoría provenientes de los recursos americanos), lo cual derivó en la rúbrica de la Paz de Crépy en 1544, que significaba la renuncia de pretensiones territoriales tanto del emperador como del rey francés.

Con ese frente cerrado y la inauguración del Concilio de Trento a fines de 1545 (que concluiría oficialmente en 1563), Carlos V intentó recuperar el terreno perdido a manos de los protestantes. Así inició una guerra contra la Liga de Esmalcalda en 1546, consiguiendo una rutilante victoria al año siguiente. Sin embargo, los términos propuestos por Carlos en Augsburgo no satisficieron a los príncipes rebeldes, quienes se unieron al rey Enrique II de Francia (hijo de Francisco I) en 1552 y batallaron contra el ejército imperial.

Camino a una estrepitosa derrota, Carlos encomendó a su hermano Fernando negociar con los protestantes. Así, en 1552 se logró el Tratado de Passau, que garantizó el libre ejercicio religioso y la liberación de los príncipes detenidos. Esto fue ratificado y ampliado con la famosa Paz de Augsburgo de 1555, en la cual se le dio a los alemanes el derecho a elegir entre el catolicismo y las denominaciones protestantes, además que permitió la escisión religiosa del ámbito judicial.

Todo ese proceso hizo que el gran emperador replantee su concepción del Imperio Universal, proyecto ya utópico por la extensión del protestantismo y la asfixia económica que había sumergido a los reinos españoles debido a los años de guerra. Abatido por el cansancio y la sensación de derrota, en 1556 proclamó en Bruselas su abdicación y dividió sus posesiones: a Fernando le cedió Austria y su derecho imperial en el Sacro Imperio, mientras que a su primogénito Felipe le legó los territorios españoles (con las colonias americanas y ultramarinas), Sicilia, Nápoles y los Países Bajos.

Tras su abandono del poder y con varios problemas de salud, Carlos se refugió en un palacio ubicado junto al Monasterio de Yuste, en la actual comunidad española de Extremadura. Allí pasó sus últimos dos años de vida, hasta que falleció el 21 de septiembre de 1558.

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