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Hace once años que vive en la calle y sueña con tener un techo y una familia

La historia de Emmanuel Farías (33) es compartida por cientos de personas en Mendoza que por diferentes motivos viven en el extremo de la marginalidad. Una vida por fuera de los estándares y miles de vivencias complejas forman parte de su camino. Dice que ama pintar y desea tener un trabajo estable.
Emmanuel hace once años que vive en la calle. Lava autos en el centro de San Martín y no le alcanza para pagar un alquiler. Foto: Gentileza
Emmanuel hace once años que vive en la calle. Lava autos en el centro de San Martín y no le alcanza para pagar un alquiler. Foto: Gentileza

Cuando los padres de Emmanuel murieron  en 2011, él era mayor de edad. Tenía 22 años. Mucho antes, ya desde su infancia había tenido escasos momentos felices; dice que muchas veces los problemas familiares le quitaban la sonrisa y casi nunca tenía la posibilidad de sentarse a comer a una mesa que estuviera bien servida. El hambre, el abandono y la pobreza extrema marcaron de manera determinante esa infancia que a golpes se desvaneció. Solo alcanzó a cursar la escuela primaria y desde entonces, cualquier "changa" o ayuda que le ofrecieran era bienvenida.

Lo importante, asegura, siempre fue subsistir; luchar día a día para comer algo. La alegría, la necesidad de aprender algo nuevo, la esperanza por el mañana quedaron atrás en su mundo de prioridades. Al punto tal que hoy Emmanuel ha bloqueado muchos pasajes de su adolescencia. Tal vez porque mirar atrás es sinónimo de dolor. Resume entonces, que sí, que su vida hasta ahora, ha estado marcada por el sacrificio permanente, que de chico salió a trabajar y que cuando se quedó solo, la calle pasó a ser su lugar.

Cuenta el joven que su mamá murió después que su padre. No profundiza en los motivos. Pero sí menciona que allí, en la casa del barrio Gran Capitán de Colonia Junín la familia alquilaba. "La plata que ganaba en la bodega donde estaba ayudando no me alcanzaba para pagar el alquiler; así que me tuve que ir", relata Emmanuel. Primero se fue a dormir a un refugio municipal; cuando lo cerraron, se acomodó por varios meses con la ropa que llevaba puesta y unas mantas, en cualquier rincón de la terminal de San Martín donde pudiera guarecerse, después, su lugar "de siempre" era un pequeño espacio cerca de la municipalidad. Cualquier sitio que tuviera un techo  y algunos cartones para tirar en el piso, podría entonces, ser su posible resguardo para esquivar las torrenciales lluvias de verano o encogerse para dormir en las gélidas noches del invierno.

Volver a mirarse para construir un futuro

En más de una década, Emmanuel aprendió a sobrevivir en un mundo que hasta hoy, no le brindó demasiadas oportunidades o herramientas efectivas (y afectivas) para salir del circuito de la exclusión. Porque al igual que le sucedió a él, para la gran mayoría de quienes viven en situación de calle, el trasfondo en común muestra historias de abandono, tristezas extremas no resueltas, consumo problemático no abordado de manera eficaz y soledad. Tal vez por eso, a sus 33 años, Emmanuel aún se mira en ese pequeño que ama el dibujo y la pintura, que sueña con tener un trabajo estable, que quiere ser valorado y también amado.

"Mi gran deseo es poder trabajar y ya no limpiar autos. Una vez que logre todo eso, entonces sí me encantaría tener una familia", reflexiona. El proceso será complejo, llevará tiempo. Necesitará curar heridas, perdonar y perdonarse. Deberá reconstruirse y valorarse. Dice que quiere estudiar, pues hasta ahora sus aprendizajes son los que le dio la calle. No reniega de ello, pero sí es consciente que cada día vivido a la intemperie significa casi como una vida al margen. Desde la ventana de la exclusión, Emmanuel siempre miró con ojos de deseo a las familias que sí han tenido un techo. Por eso quiere compartir su mensaje. 

 "Yo lo que quiero decirle a la gente es que cuide mucho a su familia; que valore lo que tiene", asegura mientras sostiene un cartel que sintetiza un pedido que varias organizaciones sociales vienen manteniendo desde hace tiempo: que se vuelva a habilitar el refugio donde él y al menos cuarenta personas más en situación de calle en la zona Este pernoctaban y podían higienizarse.

Un pedido y una ley

Este viernes 19 fue el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria. En la jornada, Emmanuel decidió sumarse al reclamo organizado por Red Puentes, entidad dedicada a promover la reinserción de personas en situación de calle. Tres veces por semana, las personas que trabajan de manera desinteresada para esta asociación civil llevan un olla de comida a la parroquia Virgen del Carmen (ubicada frente a la plaza central de San Martín).

"Lo que estamos solicitando es la reapertura del refugio de calle 60 Granaderos, que cerró durante la pandemia y que depende de la comuna", destaca una de las voluntarias, Milagros Rabazani (27). Explica Milagros que solo en esa zona del este mendocino, al menos 40 personas -la mayoría de entre 30 y 60 años- viven en situación de calle. Por eso, solicita a las autoridades que se aplique de manera real la Ley Nacional N°27.654, aprobada en diciembre del 2021 y que establece la construcción de centros integrales destinados a la reinserción de las personas y familias sin techo.

La norma, en líneas generales, prioriza además, el necesario acompañamiento psicológico y social para las personas en situación de calle con el acento puesto en la garantía de acceso a la salud mental de quienes atraviesan por esta realidad que guarda en común la vulneración de derechos humanos fundamentales de manera extendida.

Llevar comida donde el hambre se siente

Cristian García es el coordinador de la Pastoral de Calle de la Arquidiócesis de Mendoza, área de la iglesia católica que nuclea a ocho parroquias que desde distintos frentes abordan las problemáticas de las personas que viven en situación de calle. El punto en común que une el trabajo voluntario consiste en llevar un plato de comida a espacios donde las personas que están inmersas en esa realidad extrema puedan acercarse y comer algo. Hace unos años, desde la pastoral inauguraron el Patio Callejero, un espacio al que al menos cien personas asisten para recibir alimento. En invierno, por lo general, en las ollas se preparan guisos y en el verano los menúes son más frescos. Todo se realiza con aportes solidarios de la propia comunidad y el objetivo, siempre, es llevar más que un plato de comida.

En el Patio Callejero los voluntarios de la Pastoral dan comida a decenas de personas. 

"Lo que se busca siempre es poder ayudar a las personas a buscar herramientas para poder salir de esa realidad; tienen perfiles muy variados y en general sus vidas están marcadas por situaciones de abandono, vínculos familiares que se rompieron y situaciones extremas de marginalidad. También hay otros casos de personas que han tenido un techo, familia e incluso una profesión pero que por diferentes causas han terminado en la calle. Entonces ahí está nuestro trabajo", destaca Cristian, quien eligió hace tiempo este rol como una opción de vida en la que se ha comprometido de manera profunda más allá de sus labores cotidianas. Es un convencido de que la única forma de cambiar realidades es justamente, apoyando, conteniendo, escuchando y aportando algo positivo.