Ir a la escuela a calentar la silla

Ir a la escuela a calentar la silla

Nadie piensa en la educación. No es una novedad. Y quienes deberían pensar en mejorar la escuela, resuelven medidas que acaban perjudicando a los estudiantes.

Ángeles Reig

Ángeles Reig

Que la escuela ha quedado obsoleta es, a esta altura, un tópico en el ambiente académico de la educación. En cualquier charla sobre el tema aparece siempre el recurso de imaginar una persona que despierta de un coma hoy, 40 años después de un accidente. ¿Qué reconocería de aquél mundo de los ´80 en el que se durmió? No sabría lo que es Internet, los teléfonos celulares o el trabajo remoto. Tampoco las redes sociales, el home banking ni ninguno de los recursos tecnológicos que utilizamos en nuestra vida cotidiana. También descubriría que la conformación de las ciudades e instituciones está muy modificada. Ni hablar de la moda, los estilos de vida o las relaciones sociales. Sin embargo, si entrara a una escuela, se encontraría con lo mismo que hace cuatro décadas: un espacio con un pizarrón, un docente al frente, y bancos con alumnos que miran, escuchan y anotan lo que se les va indicando. 

En otras palabras, en casi todos los órdenes de la vida las cosas han cambiado, sin embargo en las escuelas sigue vigente aquel modelo enciclopedista, en el que los alumnos escuchan, recepcionan y acumulan un montón de información que el docente les dicta. En el mejor de los casos, los más interesados adquieren algunos contenidos y los que no, simplemente “calientan la silla”..

Sin embargo, mientras en los círculos académicos y pedagógicos se critica este modelo por obsoleto y se proponen nuevos paradigmas de enseñanza proactiva donde el rol del maestro es más bien de acompañar y delinear el trabajo de un alumno protagonista de su propia educación, las políticas públicas aspiran simplemente a alcanzar la peor parte del modelo anterior: garantizar que los alumnos “calienten la silla”.

Desde hace varios años, y bajo las banderas de inclusión e igualdad de oportunidades, se viene planteando una baja en la calidad y la exigencia académica en favor de una (supuesta) lucha contra la deserción y el abandono escolar.

Así la mayoría de las iniciativas propuestas en las distintas provincias buscan que los chicos permanezcan en la escuela, independientemente de si aprenden algo o no. Como si estar y aprender se excluyeran mutuamente y no fueran dos aspectos imprescindibles de la misma realidad.

Como sucedió en distintos ámbitos, la pandemia no hizo más que poner en evidencia o profundizar un modelo decadente que ya llevaba años funcionando de esa manera.

Hace tiempo que “garantizar la educación” no es otra cosa que evitar la deserción. Si repasamos las últimas medidas tomadas por distintas provincias, se confirma la hipótesis:

Casi ninguna provincia respetó la ya flexible resolución del Consejo Federal de Educación que establecía un mínimo del 70% de los contenidos priorizados para pasar de curso

En Santa Fe, por ejemplo, la ministra de Educación Adriana Cantero anunció un proyecto denominado de “avance continuo”. Según afirmó, “es parecido a lo que los jóvenes se van a encontrar cuando ingresen en las universidades y los institutos terciarios. Además, permite seguir con el mismo grupo de pares mientras avanza el año”. Sin embargo, el proyecto genera más dudas que certezas sobre cómo garantizarán los aprendizajes. El énfasis pareciera estar puesto en pasar de año, no en aprender. El paso previo que justifica esta hipótesis fue la promoción automática que se realizó a principio de este año y que se comunicó con una circular un par de semanas antes del comienzo de las clases.

Si miramos la provincia de Santa Cruz, el panorama es similar: por una resolución del Consejo Provincial de Educación firmada el 2 de marzo de este año, todos los alumnos pasaron de grado, independientemente de las asignaturas aprobadas.

La provincia de Formosa, por su parte, eligió hablar de Promoción Asistida y en una tardía disposición administrativa del Ministerio de Educación publicada el 2 de mayo en el Boletín Oficial, se permitía a alumnos ingresar al ciclo lectivo 2022 debiendo todas las materias del 2020 y hasta tres del 2021. Las clases habían comenzado en marzo ¿dónde estuvieron los alumnos en situación irregular durante esos dos meses? Vaya uno a saber.

Por su parte, la provincia de Buenos Aires cambió el régimen de promoción y, en vez de ser por materias, pasó a ser por áreas. Cada área abarca unas tres materias y se pueden tener previas hasta dos áreas, lo que hace un total de 6 materias.

Y podríamos seguir enumerando. Casi ninguna provincia respetó la ya flexible resolución del Consejo Federal de Educación que establecía un mínimo del 70% de los contenidos priorizados para pasar de curso. Cabe aclarar que dicha resolución fue firmada, también, por los mismos ministros provinciales que luego hicieron otra cosa. La coherencia sigue en cuarentena.

El énfasis pareciera estar puesto en pasar de año, no en aprender

Pero hay algo más grave aún: todos sabemos que estas medidas no mejorarán el rendimiento educativo de los alumnos. Más bien, parece generar el resultado contrario. La falta de incentivos hace que asistir a la escuela pierda sentido. ¿Para qué voy a ir si total paso igual de grado?

Calentar la silla no parece ser un programa atractivo. Quizás sea hora de replantear la estrategia: una escuela que enseña, que exige, que desafía, una escuela que despierta la curiosidad, que brinda herramientas y fortalece la autoestima al ayudar a adquirir habilidades es una escuela que nadie quiere abandonar. 

Pero no todo está perdido. Aunque el sistema patee en contra, la Argentina está llena de casos de éxito en medio de la adversidad. Directivos y docentes que no se conforman con alumnos calentadores de sillas. El desafío es grande. Pero esa es otra historia. 

 

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