¿Por qué hay tantos caballos? La pregunta de una maestra para llegar al corazón de sus alumnos

¿Por qué hay tantos caballos? La pregunta de una maestra para llegar al corazón de sus alumnos

Tiene 56 años, pasó más de la mitad de su vida en un aula de primaria y fue seleccionada entre los 50 mejores maestros del mundo. Le importa que sus alumnos aprendan a leer pero más aun que adquieran la capacidad de hacer cosas que les gusten, ponerse metas y esforzarse para alcanzarlas.

Florencia Rodríguez Petersen

Florencia Rodríguez Petersen

“Desde chiquita quería ser maestra. Nunca pensé en otra profesión. Me gustaba la idea de poder enseñar, ayudar a los demás a que aprendan cosas. A todos nos da felicidad saber hacer algo”, sentencia Ana María Stelman, la docente platense seleccionada entre los mejores maestros del mundo

Pasó por distintas instituciones y hace tres años decidió que quería terminar su carrera acompañando a niños y niñas vulnerables por lo que pidió el traslado a una “escuela de la periferia”. Las palabras aplican a la cuestión geográfica, ya que el edificio queda en el barrio Hipódromo de La Plata, bastante alejado del centro, pero también a la situación social de sus alumnos. “Sabía cómo era la escuela y era consciente de que me iba a encontrar con muchas situaciones complejas: los chicos tienen muchas carencias, las situaciones familiares, las experiencias que viven son difíciles”, relata y agrega: “Pero es un desafío que a mí me gusta, enfrentarme a situaciones en las que pueda ayudar a los chicos”. 

Lo que importa es saber leer algo, comprenderlo y usarlo para lo que uno necesita.

Entra a la escuela a las 8 de la mañana y vuelve a su casa a media tarde. “Estoy 100% dedicada a lo que más me gusta hacer”, dice. Aunque su favorito es tercer grado, porque es el que cierra el primer ciclo de la enseñanza, este año está trabajando con alumnos de 4º. “La pandemia requirió que nos adaptáramos. No podía hacer pasar a los alumnos a 4º si no los iba a acompañar”, confiesa. 

Justamente esta preocupación tan personal por sus alumnos es la que destacaron los especialistas de Fundación Varkey al seleccionarla entre más de 8.000 candidatos como una de las 50 mejores docentes del mundo: a pesar de la virtualidad y de que muchos de sus alumnos en un barrio vulnerables de la provincia de Buenos Aires no tenían conexión a Internet o dispositivos para seguir una clase o hacer su tareas logró que los 37 siguieran vinculados a la escuela. 

La prioridad de Ana María durante la cuarentena fue que sus alumnos no perdieran la vinculación con la escuela. 

“Fue mi gran desafío. En algunos casos costó más que en otros. A los que tenían teléfono los llamaba, con los que tenían WhatsApp hacía videollamadas o nos mandábamos audios. Tenía que ir encontrando el tiempo para cada uno. Fui corriendo mi horario, esperando a que llegara el teléfono a la casa de los alumnos. A veces eran las 9 de la noche y seguía dando clases pero era la hora a la que ellos podían”, cuenta. Destaca el caso de dos hermanitos, aun sin alfabetizar, que tenían clase con un teléfono que les prestaba su abuela. “Carecían de dispositivos. A algunos de ellos los llamaba por teléfono. Ellos me leían y yo les dictaba. De repente me preguntaban cómo era una letra, por ejemplo. Lo importante era que no perdieran el contacto con la escuela”, repite. 

Si bien el ministerio imprimió cuadernillos y muchos docentes adaptaron este material a sus alumnos, estos resultaban de poca utilidad cuando las familias, sin estar alfabetizadas o sin tiempo y conocimiento, no podían acompañar a los niños. 

Captar el interés, la clave para educar

Según Stelman, la cocinera de la escuela en la que trabaja dice que siempre está haciendo “cosas raras”. Y se justifica. “Trato de buscar cosas que le llamen la atención a los chicos No voy al contenido. Doy vueltas para llegar a lo que quiero enseñar. Cuando llegué a esta escuela iba esquivando caballos por la calle porque a la mañana están todos los vareadores con los caballos: van al hipódromo, vuelven, los sacan a pasear. Y yo les tengo pánico a los caballos. Pero me dí cuenta de que tenía que hacer algo con caballos, sobre todo después de que otros maestros me dijeran que cuando hablan de caballos los chicos se súper interesan en la conversación”. 

Sin saber nada de animales -su proyecto anterior había sido de astronomía- fue a la Facultad de Veterinaria de la Universidad nacional de La Plata y les contó que quería trabajar con caballos, que no conocía nada de ellos y que incluso le daban miedo. Allí la contactaron con Mariana, una profesora que estaba llevando a cabo un proyecto llamado “Mi amigo el caballo”. Trabajó con ella en el desarrollo de su propio proyecto pedagógico l que llamó “¿Por qué hay tantos caballos en el barrio?

Ana María convirtió el hipódromo en un aula especialmente atractiva para los alumnos de un barrio vulnerable en la periferia platense. 

“En ese proyecto hilé los contenidos que quería dar poniendo como centro a los caballos. Los chicos se engancharon porque veían a los animales todo el tiempo. Algunos estaban asustados, pero otros viven dentro de un stud o tienen un familiar que trabaja en el hipódromo. Empezamos a ver dónde estaban los studs, usamos como referencia sus casas e hicimos un mapa del barrio, visitamos el hipódromo, armamos una maqueta en el patio”, comenta. 

Pedagogía asistida por animales

Una pequeña historia, entre tantas, destaca el valor del proyecto. “Tenía un alumno no alfabetizado que vivía en un stud y creía que no iba a aprender a leer nunca. Cuando fuimos al hipódromo se sintió super empoderado porque pudo contarles a los demás todo lo que sabía relacionado con los caballos. Todos lo escuchaban: era ‘el que sabía’. Pasado un tiempo Mariana le mandó un video en el que le mostraba un libro a un caballo y diciéndole: ‘¡Mirá Pancho! Encontré un libro que habla de vos, querés que se lo demos a Juan así él te lo lee?’ y cuando Juan vió el video me dijo emocionado: ‘Pancho dijo mi nombre’. A lo que respondí que Pancho (el caballo) necesitaba que se lo leyeran. Era un libro de lectura simple, con mayúsculas e íconos. Juan se esforzó un montón y lo pudo leer”. 

Caballos y perros despertaron el interés de los alumnos y se convirtieron en facilitadores pedagógicos. 

En el marco del proyecto “¿Por qué hay tantos caballos en el barrio?” trabajaron también con perros. Los animales se convirtieron en facilitadores de la enseñanza. “Si tenés dificultades delante de otras personas, podés sentirte juzgado. Pero los animales no te juzgan. Les podés hablar de lo que sea, leerles un cuento e incluso contarles cosas personales. Salen historias bastante crudas a veces. Más aun en un contexto de pandemia, con aislamiento, sin contacto con los compañeros y los amigos”, revela Stelman. “Es clave tener empatía, darles a los chicos la oportunidad de que sean escuchados. Ellos siempre tienen esperanza, un brillo en los ojos”. 

El encuentro con un alumno que vale todo el esfuerzo del mundo

“En una época trabajaba en una escuela rural y en una fotocopiadora. Les avisaba que a la tarde podían ir y los ayudaba con las fotocopias. Mucho tiempo después de que dejé esa escuela entró un chico, que pensé que venía a hacer fotocopias, y me dijo: ‘No, vine a verte a vos, seño’. Ahí cuando ví su sonrisa recordé quien era: un nene que siempre se sentaba adelante. Y me dijo: ‘Vine a avisarte que terminé el secundario’. Para mí fue muy importante porque sembré una semilla y creció”, recuerda Ana María. Feliz de haber dejado una huella. 

Su misión en el aula va mucho más allá de la lectoescritura y las matemáticas. “Siempre les digo que hagan lo que hagan, tienen que tratar de ser los mejores y buscar la felicidad haciendo lo que les gusta”, explica y sigue: “Por supuesto que el estudio da mejor salida laboral, pero tienen que apuntar a vivir felices. A veces uno carga tanta fichas en los chicos que los termina agobiando y con el mandato del deber ser se pierde la cuota de sentirse bien con lo que uno es, hace o puede hacer”.

 

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