Presenta:

Bar El Silencio, un cuento para cortar la semana

Cada tanto es recomendable tomarse unos minutos, hacer un alto y leer un relato literario.
El título explicaba con gran claridad que era un bar de Buenos Aires como cualquier otro, con su propia dinámica, propuesta gastronómica -por breve que fuera- y estética. Foto: Archivo MDZ
El título explicaba con gran claridad que era un bar de Buenos Aires como cualquier otro, con su propia dinámica, propuesta gastronómica -por breve que fuera- y estética. Foto: Archivo MDZ

"Nobles discretos varones,

que gobernáis a Toledo,

en aquestos escalones

desechad las aficiones,

codicias, amor y miedo.

Por los comunes provechos

dejad los particulares,

pues vos fizo Dios pilares

de tan riquísimos techos,

estad firmes, y derechos"

En la confluencia entre la calle del Respeto y la Avenida de la Caridad, se encuentra el bar El Silencio.

Una doble puerta de entrada con un llamador en cada hoja.

En la izquierda cuelga un cartel: “golpee tres veces para ser atendido”. De la derecha, otro que anuncia: ”Sólo Tres Veces; Cuatro es innecesario; Cinco es ofensivo; y Seis es el doble de Tres”.

Mientras leía, llegó un grupo de hombres de mediana edad, y como si se tratara de un reflejo, un acto involuntario, llamaron tres veces. Era evidente que conocían el lugar, tanto como que la leyenda era literal. No pasaron dos minutos hasta que alguien abrió la puerta.

Por lo que vi de reojo, los recibió un hombre que con gesto de anfitrión los saludó respetuosa y sobriamente a la vez. Tomé nota de ese gesto, me gustó el balance.

Me sentí tentado a probar el “seis”, al fin y al cabo, nada tan malo podría suceder. No es grave no ser recibido, aunque tampoco agradable, y menos aun si la curiosidad se agota en la puerta. Fin de la aventura.

Antes de entrar miré por una de las ventanas, simulando buscar a alguien que me esperase. No estoy seguro, pero no creo que nadie haya reparado en mí.

Lo llamé a Manuel, amigo de toda la vida, y siempre dispuesto a un café o un vaso de whisky. Tan porteño era como sus  inagotables reclamos sobre el ruido, el smog, la gente, los precios, las excepciones al código de edificación urbano o el mismísimo recorrido de la línea 152. Un cliché al que me había acostumbrado. Yo conocía la sucesión al detalle y era capaz de reconocer cualquier cambio en el discurso. El caso es que este Jeremías actual jamás se hubiese ido ni se iría de Buenos Aires. No existe otro lugar en el mundo en el que el lamento tenga música y triunfe en el mundo.

Tan porteño como el mismísimo recorrido de la línea 152.

Dio Manuel los tres golpecitos y entramos nomás al lugar. Lo primero que me llamó la atención fue que todas las mesas eran redondas. Sólo las más grandes, que eran pocas, tenían forma ovalada.

Al recibirnos nos aclararon muy cortésmente que no era costumbre del lugar ocupar mesas para dos personas. Reservaban solo una para los novatos.

Respecto a la arquitectura, la decoración y el estilo en general, se había logrado un efectivo balance -luego entendí que cuidadosamente buscado- como para que los protagonistas fueran las personas, no las cosas.

Dentro de este equilibrio, cierto es que era un lugar alegre, luminoso, fresco, casi etéreo. Sin ninguna pretensión, al menos visible, de conjuros energéticos, influencias galácticas, feng shui o desesperado minimalismo según último número de revista mensual de decoración de barrios cerrados.

Mi porteño Jeremías no pudo quedarse más de veinte minutos, le faltaba terminar un escrito para presentar al día siguiente en un juzgado de la Ciudad de Buenos Aires, que como no podía ser de otro modo, y según su particular optimismo, tenía jueces propios “de la Ciudad de los Niños”.

Ya solo en la mesa, excepción de la excepción, me dediqué a estudiar un poco la “fauna” del lugar.

Resultaba claro que había algunas definiciones previas, los golpecitos, las mesas redondas, la mesa de novatos, el anfitrión, la decoración y hasta el menú, al que todavía no me he referido.

Continuando la lógica del ambiente, la carta era sencilla, breve. Café, algunas bebidas, el típico tostado, alguna porción de torta, medialunas y tostadas por la mañana, y no mucho más que eso. No había mayores pretensiones. Todo era simple, y bien ejecutado.

Nadie viajaría media hora por una porción de Rogel de El Silencio, pero tampoco nadie se iría decepcionado por esa u otra elección de la carta. Insisto, de la breve, sencilla y acertada carta.

Nadie viajaría media hora por una porción de Rogel de El Silencio.

El horario era de 8 a 13 y de 16 a 20.30, de martes a domingos. Reconozco que tuve que repetirlo un par de veces para figurármelo. Parecía un poco caprichoso, pero en definitiva estaba en sintonía con alguna lógica que según podía inferir, dominaba el carácter del lugar.

Pasado un rato, y supongo también que por ello mismo, se acercó el anfitrión con una hoja impresa. Mismo concepto que el todo, sin pretensiones de incunable ni tampoco en un sobre de cuerina con huellas de dedos grasosos.

Amablemente, aunque siempre con una respetuosa distancia, me ofreció el papel, naturalmente titulado Bar El Silencio.

Reconozco que emprendí la lectura con el prejuicio de una lacrimógena historia de dos generaciones de inmigrantes que habían comenzado con un almacén de ramos generales, y luego de ochenta años de labor ininterrumpida, “una vida dedicada al servicio de los amigos clientes”, habían heredado a esta tercera generación, con la seguridad que sabrían preservar la tradición y cha cha cha…”.

Había también otro riesgo. Un texto tipo charla Ted, con la foto de tres treinteañeros con barba de cuatro días y gesto de emprendedores, que habrían desarrollado “este formato de negocio, con una misión, valores y visión muy claros”. Debajo de la página web, el FB, el IG el LI, X, YT y otras RS, se podría leer el contacto para abrir franquicias de este “nuevo concepto
en gastronomía”.

El último escalón del terror hubiera sido la pretensión de una propuesta espiritual que según su entender y parecer habría inspirado el “start up de “El Silencio”.

En la confluencia entre la calle del Respeto y la Avenida de la Caridad, se encuentra el bar El Silencio.

El título explicaba con gran claridad que era un bar de Buenos Aires como cualquier otro, con su propia dinámica, propuesta gastronómica -por breve que fuera- y estética.

La diferencia, según explicaba el texto, radicaba en que casi espontáneamente, y a partir de dos grupos de amigos que habían sido pioneros en la idea, el bar estaba dirigido a aquellos que deseaban, no necesariamente necesitaban “compensar”.

Aclaraba también que no era un refugio de víctimas, un grupo de oración, o de contención espiritual.

Pero qué compensaban, evidentemente no eran una delegación de la ANSES, una mutual, cooperativa, ni una caja de jubilaciones

El Silencio compensaba la prepotencia, el egoísmo, la envidia, la necedad, la vulgaridad y otras miserias que ocurren para menosprecio de la palabra hablada.

La compensación se materializaba en generar las condiciones mínimas y promover las necesarias para alcanzar la mayor riqueza de un virtuoso intercambio.

En el Bar El Silencio no existía una norma, aunque sí, algunas costumbres.

No quisiera extenderme, para lo cual me permitiré una presentación esquemática de lo que magistralmente encontré escrito.

  • Los silencios son sagrados, se respetan los propios y ajenos.
  • No se levantaba la voz por sobre quien habla, no obstante lo cual son siempre bienvenidos los más vibrantes debates.
  • Se mantiene una mirada respetuosa sobre quien tiene la palabra, sabiendo que lo contrario es un gesto de desprecio.
  • Se respeta la autoría de las ideas, y en lo posible, si éstas se tratan en una reunión posterior, se cita la fuente tal como corresponde.
  • Se escucha, y en lo posible, se repregunta, se demuestra genuino interés, por respeto y caridad.
  • No hay temas prohibidos, solo hay temas que no son apropiados. Y otros, que son esperados.
  • No son momentos de paz acordada, es caballerosidad pura.

Así conocí El Silencio, nunca fue el lugar preferido de Manuel, pero yo me convertí en un habitué.

Tres golpecitos, una mesa redonda, conversaciones profundas y de las otras, debates, acuerdos, caballerosidad, y sobre todo respeto y caridad.

Una compensación de 8 a 13 y de 16 a 20.30, de martes a domingos.

Mariano D’Onofrio.

* Mariano D’Onofrio, docente. [email protected]