Presenta:

La escuela: uno de los últimos refugios para el cerebro de nuestros hijos

En un mundo saturado por las pantallas, la escuela sigue siendo esencial para el desarrollo físico, intelectual y social de los niños y adolescentes.

Si queremos cuidar el cerebro y el futuro de nuestros hijos, necesitamos defender la escuela.

Si queremos cuidar el cerebro y el futuro de nuestros hijos, necesitamos defender la escuela.

Archivo MDZ

Mientras crecen las críticas al sistema educativo, la escuela sigue siendo uno de los pocos lugares donde niños y adolescentes desarrollan tres pilares esenciales para su cerebro: vida saludable, actividad intelectual y vida social.

Hace poco escuché una entrevista al médico español Manuel Sans Segarra, cirujano y ex jefe del Servicio de Cirugía Digestiva del Hospital Universitario de Bellvitge, en Barcelona. En un momento dijo algo que me quedó resonando: “ Lo peor que puede hacer un ser humano es quedarse sentado frente a una pantalla y ‘tragar’ todo lo que sale de allí”. Según explica, para que el cerebro se desarrolle bien —para que exista neuroplasticidad, es decir, la capacidad de generar nuevas conexiones neuronales, y neurogénesis, la posibilidad de generar nuevas neuronas— hacen falta tres cosas fundamentales: vida saludable, actividad intelectual y vida social.

Mientras escuchaba esa explicación me di cuenta de algo que, como rector de un colegio, veo todos los días pero que muchas veces la sociedad olvida: la escuela es uno de los pocos lugares donde niños y adolescentes realizan sistemáticamente esas tres cosas. Y sin embargo, es una institución que hoy suele ser criticada con enorme facilidad.

pantalla
Para que el cerebro  genere nuevas neuronas. hacen falta tres cosas fundamentales: vida saludable, actividad intelectual y vida social.

Para que el cerebro genere nuevas neuronas. hacen falta tres cosas fundamentales: vida saludable, actividad intelectual y vida social.

Una vida saludable

En primer lugar, la escuela es uno de los pocos ámbitos donde ciertos aspectos de la vida saludable están organizados y protegidos. Cuando existen comedores escolares, por ejemplo, los menús deben ajustarse a normativas y estar supervisados por profesionales de la nutrición. Además, la escuela es uno de los lugares donde el deporte forma parte estructural de la vida cotidiana. Cuanto más deporte tenga una escuela, mejor para los chicos. En muchos colegios los alumnos practican más de una disciplina: fútbol, hockey, rugby, básquet o atletismo, una actividad muy presente tanto en escuelas públicas como privadas.

También están los recreos, ese espacio aparentemente simple pero profundamente importante donde los chicos corren, juegan, se mueven y se encuentran con otros. Sin embargo, en algunos lugares empieza a aparecer una tendencia preocupante: limitar el juego por miedo a accidentes o a eventuales demandas judiciales. El resultado es paradójico: chicos cada vez más quietos en un mundo donde ya pasan demasiadas horas sentados frente a una pantalla.

Vida intelectual

La segunda condición que menciona Sans Segarra es la actividad intelectiva. Y aquí la escuela sigue siendo prácticamente insustituible. Es uno de los pocos lugares donde los niños y adolescentes son desafiados intelectualmente de manera sistemática. Donde tienen que estudiar, memorizar, comprender, resolver problemas, aprender matemáticas, dominar el lenguaje, conocer la historia, interpretar textos o pensar científicamente.

En definitiva: usar la cabeza

Además, muchas escuelas promueven otras formas de desarrollo intelectual y creativo. La música es un ejemplo claro. En algunos colegios los alumnos pueden aprender distintos instrumentos —violín, viola, trompeta, trombón, guitarra o teclado— además de participar en actividades de canto o ensamble. Todo eso es cerebro trabajando.

celulares
La escuela es uno de los lugares donde el deporte forma parte estructural de la vida cotidiana.

La escuela es uno de los lugares donde el deporte forma parte estructural de la vida cotidiana.

Vida social

La tercera condición es la vida social. En los medios solemos escuchar sobre la escuela cuando ocurre algo negativo: bullying, conflictos o situaciones de violencia. Es correcto que esos problemas se visibilicen. Pero pocas veces se habla de lo más habitual: la enorme vida social que ocurre todos los días dentro de una escuela. La pertenencia a un grupo de compañeros de la misma edad. Los recreos compartidos con chicos más grandes o más chicos. Las conversaciones, las discusiones, las amistades que nacen. Las habilidades sociales que se desarrollan casi sin que nadie lo note. Muchas de esas amistades, de hecho, duran toda la vida.

La paradoja de las pantallas

En los últimos tiempos se ha impulsado —con razón— la restricción del uso de celulares en las escuelas. En la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, se han tomado medidas para limitar su presencia en el ámbito escolar. Es un paso importante. Pero como rector de un colegio —y también como padre— no puedo evitar hacerme una pregunta incómoda: ¿qué ocurre durante todo el tiempo en que los chicos están fuera de la escuela?

Existe una frase muy repetida: que los chicos pasan más tiempo en el colegio que en sus casas. Pero si uno hace las cuentas, eso simplemente no es cierto. Un alumno que sale del colegio a las dos de la tarde —o incluso a las cuatro y media— tiene todavía varias horas por delante en su casa antes de irse a dormir. Y eso suponiendo que se acueste a las diez de la noche, algo que muchas veces tampoco sucede. Si a eso le sumamos los fines de semana, las vacaciones de invierno y las largas vacaciones de verano, el tiempo que los chicos pasan en casa es ampliamente mayor que el que pasan en la escuela. Y es precisamente allí donde ocurre la mayor parte del consumo de pantallas. Diversos estudios muestran que muchos niños y adolescentes pasan entre tres y cinco horas diarias frente a dispositivos, principalmente en el hogar.

Defender la escuela

Por eso me gustaría hacer una invitación a las familias que lean estas líneas. En una época en la que abundan las críticas hacia la escuela —algunas justificadas, otras exageradas— quizás convenga detenernos un momento y reconocer algo evidente: la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios que la sociedad conserva para proteger el desarrollo integral de niños y adolescentes. Podemos —y debemos— mejorar la educación. Siempre habrá pedagogías que revisar, métodos que actualizar, ideas que perfeccionar. Pero no perdamos de vista algo esencial. En un mundo dominado por las pantallas, la escuela funciona todavía como una especie de ciudad amurallada que protege tres bienes fundamentales para el desarrollo del cerebro y de la persona: vida saludable, vida intelectual y vida social.

celular
Existe una frase muy repetida: que los chicos pasan más tiempo en el colegio que en sus casas.

Existe una frase muy repetida: que los chicos pasan más tiempo en el colegio que en sus casas.

No sé si lograremos hacerlo perfectamente

Pero sí sé algo con claridad: si queremos cuidar el cerebro —y el futuro— de nuestros hijos, necesitamos defender la escuela.

* Juan Francisco Reinoso. Rector del Colegio Los Robles y padre de 4 hijos.