De qué hablamos cuando hablamos de integridad
No en todos los ámbitos se habla de integridad, pero sí en el empresario y en el de la función pública, como efecto de la Ley 27.401. Sin embargo, haciendo memoria es posible reconocer que los hispanoparlantes solíamos hablar de “honestidad”, y más formalmente de “rectitud o probidad” para referirnos a estas cuestiones.
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Ahora bien, integridad y honestidad no son exactamente lo mismo. La integridad subraya un aspecto específico: el de sostener con las acciones aquello que se dijo con la palabra. Íntegro, entonces, no es cualquier comportamiento honesto, sino aquel que da solidez a las relaciones sociales, a los intercambios en el mercado, a las instituciones públicas y privadas, reduce riesgos y costos, hace las cosas más previsibles, genera confianza e incluso futuro y esperanza.
A nivel individual, uno de los significados posibles de la integridad es la coherencia. Pero este no es el más distintivo: sabemos que se puede ser un corrupto coherente. En los ámbitos mencionados, en cambio, integridad significa cumplir las promesas, los acuerdos, los compromisos hechos con el otro, con la organización, con el mercado, con la sociedad.
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La dificultad es que, a veces, no se es muy consciente de las promesas que implícitamente se asumen cuando, por ejemplo, se ingresa a trabajar en una organización. Ya sea como cajero en un supermercado o gerente de compras en una empresa, ya sea como profesor en una institución educativa o director médico en una clínica, se asume un puesto que conlleva una promesa.
Es decir, la relación laboral no constituye un mero intercambio de mano de obra por un salario, o de un servicio por un honorario, sino un compromiso que tiene impacto en el otro, en la organización, en el mercado, en la sociedad.
Alguien podría decir que esto es más evidente en el caso del político o del funcionario público que quizás hizo una promesa explícita en campaña. Sin embargo, es aplicable a todo rol que se asume libremente: maestro, director de una empresa, deportista, productor, proveedor, distribuidor, vendedor. Siempre hay una promesa en juego. Sostener dicha promesa en los hechos, en las decisiones es lo que se denomina integridad.
A nivel grupal, es más difícil referirse a una organización o a un equipo como “honesto”. La honestidad se dice mejor y más propiamente de las personas. En cambio, integridad se aplica muy bien. Una escuela, una empresa, una oficina pública pueden ser íntegras en el sentido de que, por estar bien conducidas y administradas, cumplen con sus compromisos de educar, de producir, de gestionar, de curar, de informar, etc.
Ahora bien, si integridad es sostener con hechos y decisiones la palabra dada, no todos “sostenemos” lo mismo. No todos ponemos nuestras energías, nuestra fortaleza -incluso valentía- en hacer que ciertas cosas sigan en pie, no tambaleen, no se desequilibren, no se pierdan, mantengan su calidad, lleguen a su término o se concreten.
Es decir, el significado de la integridad varía. Varía, en primer lugar, según el rol, función o cargo que se asume. El maestro, enseña, el gerente de compras provee a la empresa de los mejores insumos al menor precio posible, el médico, cura, el funcionario público se ocupa de aquello que es una parte del bien común.
En segundo lugar, varía de acuerdo con el nivel de nuestra conciencia social. Muchas veces nuestros esfuerzos limitan su alcance a la propia familia. Loable, por cierto, pero puede ir en detrimento de la promesa asumida frente a la sociedad a través de la organización en la que estamos insertos. Sea en una universidad, un hospital, una ONG, un ente público o una empresa, allí ejercemos un rol social y no solo obtenemos los medios necesarios para la supervivencia.
El significado de la integridad es, entonces, lo que elegimos como propósito y da sentido a nuestros esfuerzos cotidianos para sostener hoy ciertas realidades sociales valiosas de las que veremos su impacto en el mañana.
*María Marta Preziosa es doctora en Filosofía por la Universidad de Navarra (España) e investigadora principal de la Pontificia Universidad Católica Argentina.