La fórmula de la crianza: firmeza, amor y límites
Escucho muy a menudo en padres y madres de 40/50 años la afirmación de que "antes era distinto". "En mis tiempos mis padres me miraban, levantaban una ceja y no hacían falta palabras, solo con eso yo sabía lo que tenía que hacer. Y si no entendía, ahí estaba mi padre con el cinto amenazante, y ¡pobre del que se resistiera! Hoy los chicos tomaron el control, los padres han perdido autoridad".
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A ésto se suma, en otro plano de cosas, la voz de una diputada que pide la vuelta del Servicio Militar Obligatorio para reencauzar a la "juventud perdida".
Quiero y debo decir que ni una cosa ni la otra. Ni zapatillas correctoras, ni cinturones, ni militares que eduquen a nuestros jóvenes.
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La rigidez en la crianza y el autoritarismo no educan, no suman, solo restan y generan dolor psíquico.
Esta generación de padres y madres tiene tantas dificultades para acompañar a sus hijos en la crianza debido también a querer diferenciarse justamente de ese modelo de violencia más o menos implícita que existió en sus propias crianzas.
El límite es amor, es cuidado, es una palabra firme y amorosa que ordena el escenario del vivir y dice "ésto no, pero todo ésto otro sí". El grito es el resultado de la impotencia de los adultos. El "chirlo" o golpe esporádico, mucho más. No educan, solo paralizan la acción.
El castigo sistemático genera problemas, no soluciones. Tenemos que enseñar a nuestros hijos que lo que hacemos tiene consecuencias, y eso se educa desde la palabra. Cualquier manifestación violenta está siendo semilla de traumas que nuestros hijos deberán desarmar en espacios terapéuticos, o bien cargar de por vida.
Escribí en uno de mis libros: "Hijos tiranos, padres rehenes, un juego en el que todos pierden". Cuando los adultos no asumen su lugar desde una posición clara, firme y desde el amor responsable, los hijos comienzan a intentar distintos tipos de reclamos en la búsqueda de obtener lo que necesitan de sus padres. Cuando ésto no resulta, y a partir de la combinación de distintos factores, el vínculo se desnaturaliza y la violencia se apodera de la escena: la violencia en manos de los hijos, el miedo del lado de los padres.
Hijos tiranos, padres sometidos. Pero hijos también sometidos a su propia tiranía que los toma de rehenes a ellos mismos. El juego del sinsentido, el juego del disparate, el juego de padres e hijos que pelean como perros y gatos. Y se olvidan de quererse, de cuidarse, de ser padres y de ser hijos.
Estamos en presencia de padres que han sido hijos temerosos, y que en el esfuerzo porque sus hijos no sufran sus propios padecimientos, se pasan al extremo de la híper-permisividad.
Los límites alivian. No son ni deben ser penitencias, castigos, revanchas ni nada que se instrumente desde lo punitivo. Son medidas de cuidado. Y la sobreprotección genera una dependencia y una modalidad de vínculo que a veces suele ser riesgosa.
"Ni tan calvo, ni con dos pelucas", dicen en España.
Se trata entonces de:
- Ser coherentes en nuestro decir, hacer y pensar como adultos responsables de la crianza de los hijos.
- Intentar manejar nuestras emociones para no taponar con ellas las de nuestros pequeños.
Si sentimos ira frente a una situación cotidiana con ellos tenemos que respirar, contar hasta 20, y recién ahí proceder.
Mi padre decía: "Sea tan amable de poner las neuronas en funcionamiento antes que la lengua en movimiento".
Y de eso se trata. Nuestros hijos nos necesitan, los tiempos cambiaron pero la esencia sigue siendo la misma. Pidamos ayuda, sumemos recursos, eduquemos para la empatía y el buen trato. Podemos hacerlo, debemos hacerlo.
Así de sencillo, así de complejo. Difícil, sí, pero no imposible.
*Alejandro Schujman es psicólogo especialista en familias, Director de la Red Asistencial de Psicología y columnista en MDZ radio.