El análisis de un experto que explica la trágica caída en la producción de uva
Las heladas tardías, el granizo, la falta de agua para riego y métodos adecuados para el aprovechamiento hídrico, se sumaron este año al exceso de lluvias que opacó el adecuado crecimiento de brotes y racimos de las uvas en los oasis más importantes de Mendoza. De hecho la previsión que realizó el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) en relación a la capacidad de producción del fruto más importante para la provincia, no es tomada al azar. Su relación insoslayable con las condiciones ambientales es una de las que más peso tiene -junto con numerosas problemáticas ligadas al sector- a la hora de evaluar las causas y generar planes de mitigación y prevención de los daños ocasionados por el cambio climático y el calentamiento global.
Francisco Antivilo es doctor en biología e ingeniero agrónomo. Explica que en el caso de la uva, el ciclo desde que brota la planta de parra hasta que la uva comienza a madurar, existe un plazo de seis meses, que por lo general comienza en setiembre y finaliza en marzo; justamente en la época de la Vendimia. “En ese tramo de tiempo pueden ocurrir muchas cosas a la planta. En principio, la planta requiere de sus hojas, que son las que gracias a la fotosíntesis va a permitir darle la energía necesaria para dar lugar a los racimos”, explica Antivilo.
Lo cierto es que este año, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca declaró la situación de emergencia y desastre agropecuario para lanzar una serie de beneficios para los agricultores afectados. Los daños en las plantaciones han sido de una gravedad pocas veces vista y los pequeños y medianos productores hacen lo posible para poder mantener sus tierras.
De hecho, justo a la época en la que los brotes de parra comienzan a crecer casi al llegar la primavera, heladas tardías extremadamente intensas se hicieron sentir en miles de hectáreas que impactaron en la calidad de los cultivos de los sectores agrícolas, tanto del oasis Este como del Valle de Uco. “El 14 de setiembre se registró una helada muy fuerte, justo en el período de brotación de la vid y luego continuaron los primeros días de octubre. Todo eso influyó en el crecimiento porque en realidad la planta necesita homogeneidad para crecer y si hay un desbalance con un brote que crece y otro que no, entonces baja la producción”, explica Antivilo.
El profesional profundiza que de cada brote de la vid crecen dos racimos. Así, de los brotes secundarios que tiene la planta esos traerán nuevos racimos. De lo contrario, si una afecta a esos nuevos brotes, la producción se reducirá a la mitad. “Si eso pasa en hectáreas de cultivo extensas, entonces las pérdidas son masivas, tal como ha ocurrido este año”, insiste Antivilo y describe que la complejidad de esta temporada de cosecha ha sido muy compleja porque a esta situación de heladas se sumaron las granizadas que generan un destrozo en la vid.
“Lo que hace el granizo es que debilita de tal manera a la planta que luego no puede crecer del mismo modo hacia el año siguiente”, puntualiza el profesional y agrega que la diferencia con el impacto de las heladas en este caso, es que el destrozo es puntual y directo en un sector del territorio; en tanto que el exceso de bajas temperaturas se extienden sobre grandes hectáreas de territorio.
Exceso y escasez de agua: la doble afectación para los cultivos
Las lluvias, copiosas e intensas que se hicieron sentir cuando ya los granos de uva empezaron a madurar en los racimos, terminaron generando hongos en las plantaciones como consecuencia de los altos niveles de humedad en los suelos.
La escasez de agua en las zonas de cultivo que principalmente genera grandes pérdidas entre los propietarios de tierras cultivadas que riegan con métodos tradicionales (es decir, por manto y de acuerdo a la “oferta” de agua disponible según el turno que les toque) se sumó este año a la problemática ligada a los aspectos biológicos que provocaron la estrepitosa caída de la producción de uva en Mendoza.
En ese sentido, Antivilo explica que la sequía y la falta de riesgo es tanto o más dañina para los cultivos como el exceso del recurso vital. Si a ello se le suman las altas temperaturas ocasionadas por las diferentes olas de calor, el resultado es que la planta sufre de un estrés prologado y eso genera que los granos de los racimos no crezcan con la suficiente cantidad de agua. La consecuencia, es que la cosecha es definitivamente, mucho menor en cuanto a su peso. “En ese caso, lo que pasa es que la planta no hace una buena fotosíntesis”, aclara el ingeniero agrónomo y recalca que todos los eventos climatológicos que este año afectaron los cultivos de vid fueron masivos y se produjeron en oasis clave. “Ocurrieron en oasis clave, en mucha cantidad y sobre superficies muy extensas”, concluye su análisis el especialista.