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Historia y Futuro: Alfonsín, Llaver y Argentina

Un spot televisivo en Mendoza mostraba a Alfonsín sentado junto a Felipe Santiago Llaver, con quien el candidato presidencial había coincidido políticamente desde mucho tiempo antes de constituido el movimiento interno “Renovación y Cambio” en 1972.

De memoria. Pasaron 39 años y en cada ocasión que se presenta reaparece aquel pretendido imitador. Se subirá a una silla improvisando un estrado. Impostará la voz buscando ser contundente en la simulación que esconderá un homenaje. Un gesto ampuloso, exagerado, extiende un brazo acompañando la remembranza. El movimiento en semicírculo se dibuja por el aire con la mano abierta como estimulando el aliento partidario y termina señalando al auditorio que delira. Ayer de decenas de cientos de miles; hoy de un puñado de amigos que solo ven en el sano pretexto reivindicativo la posibilidad de volver a sentirse cautivados, apasionados.

Todo es gestual, simbólico, como que el tiempo se hubiera detenido ingenuamente. De repente mágicamente en el aire flotará aquella foto inmortal. Mirada altiva y saco gris oscuro; camisa clara con la corbata en tonos bordó y el nudo flojo. Una cámara que muestra un rostro convencido mientras una gota de sudor surca su cara, en tanto, el dedo índice parece tocar el cielo. Es él. Está ahí. Ya no importa el imitador, ni el homenaje, ni el reiteradísimo chiste trillado del que pide un médico, ni los cuatro o cinco nostálgicos que nos seguimos emocionando en torno a esa mesa plaga de las mismas anécdotas y del único discurso. “He convocado en toda la República a todos los compatriotas sin distinción de partidos y les he dicho que los radicales ya estamos en marcha; y al frente de nuestra columna van nuestros grandes muertos: Yrigoyen, Alem, Pueyrredón, Sabattini y Lebensohn; Larralde, Balbín, Illia. Los que estén a nuestra derecha pueden inspirarse si lo desean en Sáenz Peña o en Pellegrini; los demócratas progresistas en Lisandro de la Torre o Luciano Molina; los socialistas en Juan B. Justo o Alfredo Palacios; los peronistas en Perón o en Evita, pero todos juntos los argentinos”.

Esa estrofa era una parte central del discurso de campaña de Alfonsín en 1983. Nunca faltó en las tertulias de amigos durante aquellas noches de recuerdos militantes. Siempre hubo “cruces”, acuerdos, debates, desencuentros, y nunca faltó tampoco “una chicana”, pero religiosamente hasta nuestros queridos “compañeros” sin sustraerse de la escena ni perder por un instante su comprometido sesgo partidario, adherimos todos a la ponderación de un momento histórico: 30 de octubre de 1983 cuando volvió la democracia para siempre a la Argentina.

“¡Pero todos juntos!” terminaba el párrafo. Y al grito de “Alfonsín; Alfonsín”, tras las risas, los aplausos, los gritos y los malos imitadores que cada vez están más gastados llegaba la pausa realista. Y nos miramos como estúpidos porque a pesar de los años, afortunadamente, aquel tiempo del advenimiento democrático nos sigue emocionando. Hay alguno que siempre llora; hay otros que se han marchado.

“Felipe Llaver, amigo de toda la vida”

Felipe Llaver; el que vivió y murió en la misma casa de siempre sobre Boulogne Sur Mer 552 de San Martín junto a la cordobesa Tereza Persello por casi 60 años.

En ese 1983 los radicales de Mendoza habían consagrado la fórmula de Felipe Llaver y José “Pepé” Genoud. Así pues, ese abogado recibido en la universidad cordobesa e hincha fanático del “chacarero y albirrojo” Atlético Club San Martín se aprestaba para llegar a la gobernación mendocina.

Con su imagen de bravo y tozudo encarnaba a los políticos de estirpe. “El Turco” como todos lo llamaban, aunque sus padres hubieran llegados desde Líbano representaba “la intransigencia radical”.

Integró en 1958 una fórmula como vice gobernador junto a Leopoldo Suárez y terminaron siendo derrotados por el frondizista sanrafaelino Ernesto Ueltschi. ¡Pero mira si a un político de buena cepa lo va achicar un resultado adverso! Fue diputado provincial (1960 – 1962) y diputado nacional entre 1963 y el infundado golpe de estado a Arturo Illia en 1966. Fundó una escuela secundaria, fue profesor y su director.

En 1983 empezaba otra disputa electoral. Tras siete años y medios de dictadura los ciudadanos del país volverían a las urnas. Mientras tanto, la figura de Raúl Alfonsín logró instalarse como el garante de la consolidación democrática después de la noche más oscura que el pasado argentino recordará.

Un spot televisivo en Mendoza mostraba a Alfonsín sentado junto a Felipe Santiago Llaver, con quien el candidato presidencial había coincidido políticamente desde mucho tiempo antes de constituido el movimiento interno “Renovación y Cambio” en 1972.

Ahí estaba Alfonsín al lado de Felipe diciendo muy pocas palabras con voz franca mientras palmeaba el brazo del correligionario: “¡Felipe Llaver, amigo de toda una vida!”. En esa frase había un sincero traslado de confianza que nunca mezcló los intereses públicos provinciales con los caros afectos personales. Una anécdota pintará la personalidad de Felipe cuando siendo gobernador quiso ocupar el Complejo Hidroeléctrico Los Nihuiles que pertenecía a la Nación haciendo “calentar” a Alfonsín como pocas veces lo habían visto. Llaver expresó que venía a tomar posesión del complejo en defensa de los intereses provinciales. Fue un escándalo. “Soy su correligionario y amigo, pero primero soy el gobernador de Mendoza”. Ese era Felipe Llaver.

“Ahora Alfonsín”

El 18 de agosto de 1983 comenzó oficialmente la campaña y un mes después la Junta Militar decretó la Ley de Pacificación Nacional. Dicha ley representaba una amnistía para todos los crímenes cometidos entre el 25 de mayo de 1973 (día que asumió la Presidencia Héctor Cámpora) hasta el 17 de junio de 1983. Desde ese momento dos posiciones signaron el derrotero de la campaña. El candidato justicialista, Ítalo Luder, declaró que respetaría esa ley. Por el contrario, Alfonsín anunció que la vetaría y juzgaría a los responsables.

Como recuerdo histórico agregaremos que Luder fue el firmante del decreto de aniquilamiento a la subversión cuando fue presidente interino (1975) tras el pedido de licencia de María Estela Martínez de Perón. Mientras que Alfonsín fue Miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos firmando cientos de pedidos de habeas corpus ante la Junta Militar requiriendo información sobre detenidos desaparecidos y poniendo a disposición su estudio jurídico en forma gratuita para los familiares de las víctimas.

Por entonces el padrón electoral 1983 era de 18 millones de votantes y la época mostraba fenómenos asombrosos para tiempos actuales: el PJ tenía 2.795.000 afiliados y la UCR 1.400.000. Los actos partidarios de cierre de campaña reunieron más de un millón de personas en torno al Obelisco y la 9 de Julio, mientras los actos provinciales convocaban 400.00 personas en Rosario, 300.000 en Córdoba, 200. 000 en La Plata, 120.000 en Mendoza, 70.000 en Tucumán y más de 60. 000 en Tandil o Mar del Plata.

“Ganaron no más los radicales”

La Lista 3 de la UCR logró consagrarse con 7.724.559 votos (51.7%) contra 5.995.402 votos (40.16%) del PJ. Se debían cubrir 14.512 cargos electivos entre ellos 254 diputados y 46 senadores. La Constitución que regía entonces establecía que el voto a presidente era “indirecto” pues se votaba a 600 “electores presidenciales” que debían reunirse y decidir quién ganaría salvo que alguno de los candidatos obtuviera la mayoría (50 % más 1) siendo lo que ocurrió al obtener Alfonsín 318 electores. Mientras tanto en Mendoza, Felipe Llaver llegaba a la gobernación venciendo a la fórmula peronista de Motta – Spano.

Tras el triunfo empezó otra historia: el gobierno. Alfonsín cumplió con una parte de su postulado: “tenemos la responsabilidad de asegurar para los tiempos la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en Argentina".

Es cierto que no concluyó su mandato y le “achacaran” indefectiblemente la obediencia debida y la hiperinflación. Pero será también el presidente que soportó 13 paros generales y levantamientos “carapintadas”. Más aún, costara recordar que se peleó con “Clarín” y la Sociedad Rural. Y durante su gobierno se juzgó sin precedente en el mundo a las juntas militares como una película de vigente actualidad (“1985”) refleja en parte.

Con aciertos y errores, pero en los actuales momentos que transcurren su figura se agranda. Murió con los mismos bienes con los que llegó al poder, vivió en una misma casa siempre y no soportó ningún juicio en su contra tras su paso por la presidencia. Igual pasó con Llaver.

Recuerdo aquel 30 de octubre. “Ganaron no más los radicales”, gritó un querido amigo peronista de mi familia. Lo felicitó a mi padre con un fraterno abrazo y a mí me dio la mano con la actitud cabal de un hombre de bien. Me miró y dijo: “Ojalá sea pa’ mejor ‘mijito”.

Ya pasaron 39 años. Hace mucho que ninguno de esos dos viejos está entre nosotros. A veces me cuesta (seguramente como a muchos de ustedes) ocupar ese lugar y decirle convencido lo mismo a mí hijo.

Pero hay que seguir corriendo como cuando un acto juvenil convocaba. Con el entusiasmo de ayer enfundados en banderas argentinas, rojas, blancas, moradas o con el color que elijan. “Y si alguien distraído al costado de camino cuando nos ve marchar, nos pregunta: ¿cómo juntos?; ¿por qué luchan? Tenemos que contestarle con las palabras del Preámbulo. Que marchamos. Que luchamos: para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”. Como cerraba su alocución Alfonsín y con la responsabilidad ineludible de quienes creemos férreamente que debemos y podemos construir una Argentina “que sea pa’ mejor” como auguraban aquellos viejos.