Tragedia y milagro de los Andes: 50 años del hecho que azoró al mundo
Hay historias que nacen con la fortaleza suficiente como para pelear con el olvido. Por lo común, los hechos que narran hacen foco en la naturaleza humana y sus diálogos con la vida, el amor y la muerte, así, logran interesar a las audiencias, que las viven en primera persona, porque no hay ser humano que no se haya enfrentado, alguna vez, con la vida, con el amor y con la muerte. Hablaremos de un caso emblemático que sucedió en Mendoza, Argentina, hace exactamente 50 años.
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El 13 de octubre de 1972, un avión uruguayo con 45 personas cayó en la cordillera de los Andes, en Malargüe, sur mendocino. Quienes lograron sobrevivir tuvieron rescate el 23 de diciembre de ese año, luego de 72 días de dura supervivencia, conviviendo con la muerte, el frío, el hambre, la incertidumbre y el desasosiego, pero también con la esperanza, el compañerismo, el afán de superación, la hazaña y la resolución ansiada, en el caso de quienes vivieron para contarlo.
Algunos definen los hechos como “la tragedia de los Andes ” y otros prefieren llamarlo “el milagro de los Andes ”. Lo cierto es que 16 personas sobrevivieron y 29 murieron.
Hoy se cumplen 50 años de aquella caída y es mucho lo que se ha dicho al respecto. Tanto interés suscita esta historia que, desde hace décadas, se organizan expediciones de protagonistas, familiares, cronistas, turistas, viajeros y curiosos que quieren llegar hasta el lugar, para conocerlo de primera mano. Mdz Online no escapó a tal influjo y, el año pasado, quien firma esta nota realizó la excursión de tres días y llegó hasta el lugar de los hechos.
El error y el accidente
El avión era Fairchild Hiller FH-227D, operado por la Fuerza Aérea Uruguaya. Debido al mal tiempo, la aeronave pasó una noche en Mendoza, por lo cual, aterrizó en el aeropuerto de El Plumerillo. Los viajeros aprovecharon para comprar diversas botellas de vino de Mendoza y algunas cosas para comer, que serían vitales para la primera semana, luego del choque.
En el momento del impacto la nave era conducida por el copiloto, quien creyó que ya estaban del lado chileno, en Curicó. Por ello, entre nubes que impedían la buena vista, empezó a descender hacia lo que creía era el Aeropuerto de Pudahuel y dio contra la montaña, en el origen del glaciar del Valle de Las Lágrimas, en Malargüe.
El copiloto uruguayo decidió la maniobra, hay que decirlo, aunque los instrumentos indicaban lo contrario. Incluso, agonizando ya, reiteró a los sobrevivientes que ya estaban en Chile, para luego pedir un revólver que tenía, pues quería suicidarse, cuestión que le fue negada y, luego, al igual que sus compañeros tripulantes, murió.
Este error fue determinante en la comprensión de la situación de los sobrevivientes, en su gran mayoría jóvenes de alrededor de 19 años, de muy buen pasar, jugadores de rugby del Old Christians Club y estudiantes de universidades privadas, “nenes de papá y mamá”, como dijo uno de los sobrevivientes en el documental “La sociedad de la nieve”, que poco y nada sabían de altas montañas y no contaban con abrigos propicios para las lides que les esperaban y, es más: la mayoría nunca había visto la nieve. Algunos de ellos, estaban acompañados por familiares, aunque de los 16 sobrevivientes, ningún familiar lo logró.
Al chocar el avión contra la montaña, el piloto consiguió elevar la nariz del avión por encima de una cresta de piedra negra del cerro "Seler", que se les presentó de la nada. El resto de la aeronave no consiguió evitar la colisión. Así, se partieron ambas alas y la parte trasera del fuselaje, quedando el cilíndrico tronco en caída libre a más de 300 kilómetros por hora, durante más de 700 metros, por una canaleta de hielo en el nacimiento mismo del glaciar, hasta chocar violentamente contra un banco de nieve.
El accidente, se ha dicho, se produjo porque el copiloto evaluó tan mal la situación, que, en realidad, estaban 80 kilómetros más hacia el este de lo que él creía.

La supervivencia
Ya en este punto, los muertos eran 12 –incluyendo casi todos los tripulantes y el médico del equipo– y los sobrevivientes, con heridos de máxima gravedad, eran 33: había piernas quebradas, pulmones perforados y cabezas rotas. Sólo la primera noche, murieron cinco personas más.
Entonces, entre los que aún conservaban sus latidos, comenzó una tenaz lucha por la supervivencia, mientras miraban y escuchaban al cielo, porque, evaluaban, en cualquier momento llegarían los helicópteros a rescatarlos, cuestión que, se sabe, no fue así, porque a nadie en Mendoza o Chile se le ocurrió ir a buscarlos tan lejos de la ruta prevista y en una especie de ollada escondida de los andes malargüinos.
Los 27 sobrevivientes convirtieron lo que quedaba del fuselaje en un refugio de 3 por 3 metros y allí se apiñaron para darse calor, mientras afuera, sobre la nieve, crecía el jardín de la muerte de sus seres queridos y las noches llegaban con muchos, muchos grados bajo cero, aunque ya se había iniciado la primavera.
La poca comida, aún racionada al máximo, se acabó a la semana y, entonces, tras concluir en que ya no eran buscados, el grupo, luego de debatirlo bajo las ópticas de sus formaciones católicas, recurrió a la antropofagia.
Vivir a cualquier precio
Con restos del parabrisas del avión, Roberto Canessa, uno de los líderes, fue el primero en cortar un trozo de carne humana y comerlo. El resto, lo imitó. Cuentan las crónicas que otro de los líderes, Nando Parrado, protegió los cadáveres de su madre y su hermana y nunca fueron comidos. El propio Parrado llegó a contar en su libro “ Milagro en los Andes ”, que, al comienzo, sólo se atrevieron a comer piel, músculo y grasa, pero, a medida que ya no había en los cuerpos disponibles, comieron corazones, pulmones y también cerebros.
Otra tragedia les esperaba: los días iban siendo más calurosos y el glaciar comenzaba a derretir sus capas superiores, por lo cual –sin que ellos, por supuesto, lo supieran– el peligro de avalanchas se acrecentaba y, el 29 de octubre, una de ellas se llevó el fuselaje glaciar abajo, con los sobrevivientes dentro, que dormían.
La nieve los tapó casi totalmente y, luego de tres días, consiguieron zafar de esa prisión y hacer el recuento de daños: la avalancha había matado a ocho personas más.
Ya el 15 de noviembre, tres sobrevivientes –con gangrena en sus heridas– murieron. Y por una radio que consiguieron hacer funcionar escucharon que, en efecto, ya no había operativos de búsqueda de sobrevivientes. Las cosas no podían estar peor, si bien los días se volvían cada vez más calurosos.

Finalmente, decidieron organizar una expedición hacia el oeste, naturalmente, según los datos recibidos del copiloto moribundo. No sabían entonces, los sobrevivientes, que a apenas un día o dos de dura caminata aguas abajo, se llega al río Atuel, donde, desde el siglo XIX, viven puesteros trashumantes que crían animales, haciendo sus “veranadas” a partir de noviembre y se quedan hasta mayo. No lo sabían, no tenían por qué saberlo.
El rescate
Por eso, luego de cortas exploraciones previas, el 12 de diciembre, los tres más fuertes –Parrado, Canessa y Antonio Vizintín – emprendieron camino hacia el oeste, eligiendo una vía directa casi 1600 metros más alta que su vecina, en el sudoeste. Iban tan abrigados como podían y llevaban un saco de dormir fabricado con restos, en el que cabían los tres; según sus cálculos, sería suficiente llevar carne para sólo tres días.
Lograr la cima sobre la que se recuesta el glaciar, les llevo tres días. Fueron tres días en los que subían muy lentamente, bajo la atenta mirada de los sobrevivientes, en el lecho del glaciar, viéndolos como en una película en cámara lenta y casi muda. Al fin, Parrado llegó a la cima y quedó sorprendido al comprobar que, en lugar de los verdes valles que esperaba, había más montañas.
Entonces, surgió también la duda, al mirar hacia el este, que la ruta fuera otra: allí abajo, vieron que los cerros se abrían y dejaban paso a una especie de autopista: era el río Atuel y, junto a él, la posibilidad de ser rescatados. No obstante, continuaron con el plan inicial. Caminaron 38 kilómetros durante diez días, hasta que fueron hallados por unos arrieros chilenos.
La tragedia de los Andes se convertía, así, también en el milagro de los Andes.
El operativo de rescate se activó en Chile y, finalmente, el 22 de diciembre, los helicópteros chilenos entraron a Argentina y rescataron a los sobrevivientes.
La memoria
Comenzaba a gestarse, entonces, otro capítulo de estos extraordinarios hechos: los relatos de lo sucedido, que inundaron las redacciones periodísticas de todo el mundo y aún continúan ofreciendo visiones al respecto, con libros, documentales, películas de ficción y documentales, entrevistas, crónicas y onerosos cursos dictados por sobrevivientes para empresas y público en general.
Desde entonces, los supervivientes alcanzaron la categoría de héroes y la mayoría de ellos, da habituales charlas sobre lo ocurrido, en las que nunca están ausentes el asombro, la épica, la empatía, la resiliencia y el reconocimiento por la fortaleza de salir adelante, a pesar de todo.
En el lugar de los hechos, ya no se observa el fuselaje, pues cayó por una grieta, pero aún hay muchos restos distintos del avión y también un Memorial, en homenajes a quienes allí murieron. La memoria colectiva, por cierto, decidió acogerlos en su seno. Es imposible estar en ese lugar y no emocionarse, ante las evidencias de la vida y de la muerte y ante los desgarros de la tragedia y los banderines del milagro.

Ulises Naranjo.



