Así es la expedición hasta el Memorial del avión de los uruguayos
La montaña mendocina, cuando se trata de caminarla, tiene valor en sí misma, como todas. Subir cerros es una experiencia con la intimidad y con el entorno, un contacto vital con la naturaleza. No hay que buscarle mayor significado al hecho de subir un montículo, para luego, sin más, bajarlo.
Ir a la montaña se justifica en sí mismo, no obstante, hay ciertos hitos que hacen que esas caminatas nutran sus pasos con aspectos históricos, geográficos, culturales, artísticos, sociológicos y que provocan que muchas personas deseen realizar determinados circuitos.
En Mendoza, se dan dos casos singulares: el del Aconcagua, muy visitado por ser el más alto del continente y la caminata hasta el glaciar del Valle de Las Lágrimas, lugar donde, el 13 de octubre de 1972, hace justamente 50 años, cayó el llamado “avión de los uruguayos ”, que dio origen a “La tragedia de los Andes ” o, como prefieren llamarlo otros, “El milagro de los Andes ”.
Al trekking hasta el avión se anotan, cada año, cientos de personas, en la temporada que va desde noviembre y hasta marzo, movidos por el afán de estar en el lugar que alguna vez, hace medio siglo, logró conmover a todo el planeta.
Primero: entrenarse
Digamos ya mismo que no se puede ir así, sin más, hasta ese lugar. Hay que estar entrenados, lo suficiente como para caminar unos veinte kilómetros cuesta arriba en total, durante dos días. Claramente, no es como subir el Aconcagua, pero tampoco como un paseo por una peatonal urbana.
Para llegar hasta el glaciar, hay que contratar una empresa por varias y valiosas razones: ser guiado por una persona preparada, contar con los servicios completos de los campamentos generales, contar con arrieros y caballos para un par de cruces de río, que pueden hacerse a pie, pero con la seguridad de quedar empapados y tener apoyo directo ante cualquier emergencia.
No obstante, habrá quienes prefieran hacerlo por su cuenta y están en su ley. También están los que pagan bastante más caro y van a caballo, pero en este caso, puede que se pierda buena parte del sentido de esta aventura.
Quienes van con empresas, por ejemplo, entre las más conocidas y con más experiencia, están Inka Expediciones y Tuiti Trekking, tienen servicio completo: guiada, cruces de ríos y dos días en un campamento general con pensión completa. Incluso, suelen llevar algunos caballos de asistencia para quienes no soportan la caminata o sufren algún contratiempo, sobre todo, durante el segundo día. El costo estimativo aún no está determinado, pero se calcula que sólo de la expedición costará unos $60.000, aunque hay variables que lo encarecen, como el traslado hasta el sitio de inicio de la caminata o si la expedición ha de durar en lugar de tres, más días.
Así las cosas, contaremos a continuación cuál es el itinerario de esta aventura por demás recomendaba, pues no exige una mayor aclimatación a la altura (la mayor a lograr son 3.700 msnm) y puede concretarse en tres días, no más.

El viaje
El itinerario se inicia con el traslado en vehículo, yendo por la Ruta 40, hasta El Sosneado, donde se toma un camino de tierra en estado irregular, durante 60 kilómetros, remontando el valle del Atuel Superior y su, por allí, generoso río. Si bien la mayoría va en camionetas, cierto es que muchos también van en autos, incluso pequeños, más despacio y con mayor cuidado y llegan igualmente.
Hay que pasar el abandonado Hotel Termas El Sosneado y, pocos kilómetros más allá, detener el vehículo en el puesto de la familia Araya, a los pies del río Atuel, desde donde las expediciones parten caminando.
El río divide los departamentos de San Rafael y Malargüe. A poco de empezar a caminar, hay que hacer el cruce del Atuel y, dado el fuerte caudal que tiene en la época veraniega, se recomienda hacerlo sobre un caballo tirado por un arriero, servicio que las empresas ofrecen.
Luego de cruzar el río se remonta montaña arriba por una quebrada hermosa. Al final de esa quebrada, a sólo 20 kilómetros y 1000 metros de desnivel, al pie del glaciar, están los restos de quienes allí murieron y también los restos que quedan del avión.

Primer día
La primera jornada lleva al grupo, desde el puesto de los Araya hasta el campamento “El Barroso”. En total, se demora unas cinco horas de tranquilo tránsito por sitios preciosos.
En el camino hay dos arroyos enérgicos, de agua bien fría, que hay que pasar caminando: el Barroso y el Rosado.
Al final, luego de un nuevo cruce a caballo, sobre una vega hermosa, espera el campamento el Campamento 1, “El Barroso”, donde las empresas disponen de carpas comedor, carpas para el pernocte y buena comida y bebida.
La noche es inmensa e indeciblemente hermosa en ese lugar. Salir a mirar ese cielo, ya justifica toda la aventura, sin embargo, hay que dormir, pues la segunda jornada será más intensa.

Segundo día
El segundo día es el más largo: se asciende, luego de unas seis horas de marcha tranquila, hasta el lugar de los hechos, donde, además de los restos, hay un Memorial que recuerda a las víctimas.
De esas horas, la última es la más difícil, pero sólo es cuestión de tomarlo con paciencia. Finalmente, se llega a ese espacio en el que el tiempo de algún modo parece estar detenido y la emoción se apropia de los visitantes. El respeto ha de primar allí, lugar de tragedia y milagro, que exige dejar de lado la actitud turística y rendir homenaje a la memoria de los que allí dejaron sus latidos.
Está el sitio a 3.600 metros, al pie de un esplendoroso circo glaciario, que llega a los 4.600 metros y da inicio al Valle de las Lágrimas, en el límite mismo entre Argentina y Chile.

El regreso hasta el campamento “El Barroso” involucra unas 4 horas. En total, se trata de una jornada de 10 horas de marcha, que, hasta donde comprobamos, es tradición que culmine coronada con un chivo a las brasas hecho por los arrieros y, si hay una guitarra a mano, pues, mejor.
El día siguiente, tras el desayuno, impone tres horas de caminata hasta los vehículos y, de ellos, a casa, aunque muchos optan por el baño en las aguas termales del hotel abandonado, que son gratuitas y, al fin, sanadoras.
El silencio en el Valle de las Lágrimas
Hablamos de homenajear en silencio, sin selfis, sin comentarios estúpidos, sin risotadas: eso es lo que impone el lugar. Hay allí, como testigos de lo vivido, un montón de piedras, una cruz de metal, recuerdos con frases sentidas, rosarios por doquier, vírgenes de yeso, carteles con mensajes, cruces con cristos, pequeñas lápidas, banderas uruguayas, pelotas y camisetas de rugby y trozos de avión que nadie, bueno, casi nadie osa llevarse.

Tantas cosas hay que debió ponerse un cartel pidiendo a la gente que dejen de llevar cosas hasta allí y que, de paso, tampoco las sustraigan.
Está también el “Memorial”. Fue erigido allí por militares uruguayos que visitaron el sitio poco después del hallazgo de los supervivientes. Ellos fueron los encargados de enterrar los restos, prácticamente óseos, que hallaron. Los dejaron, se sabe, en una fosa común: el “Memorial”.

Hay también una pirámide de mármol truncada con los nombres de las 45 personas, colocada en el lugar por los dueños de “Las Leñas”, pues, a fin de cuentas, ese lugar, según sus títulos, les pertenece.
Es, reiteremos, un lugar para hacer silencio, aunque pueda resultar difícil, dada la gran cantidad de gente que sube hasta allí. Hecho el silencio, se percibe, entonces, que la montaña habla: lo hacen las piedras, las grietas, el hielo y el cielo. Dicen nombres, unos tras otros, como en un mantra contra el olvido. Nombres tatuados en el hielo del glaciar del Valle de las Lágrimas.

