Brochero: el cura que construyó caminos y mateaba con la gente

Brochero: el cura que construyó caminos y mateaba con la gente

José Gabriel del Rosario Brochero fue su nombre de bautismo, aunque hoy simplemente lo conocemos como el cura Brochero. Murió un día como hoy, a los 74 años, solo y enfermo, un modo muy distinto de como había vivido.

Giza Almirón

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Brochero nació el 16 de marzo de 1840 en Carreta Quemada, un paraje cordobés de Villa de Santa Rosa, al norte de la provincia. Fue el cuarto de los diez hijos que tuvieron Petrona Dávila e Ignacio Brochero. A pocos días de cumplir sus 16 años, ingresó en el seminario de la ciudad de Córdoba. En ese entonces, quienes se preparaban para el sacerdocio asistían a la Universidad de Trejo y Sanabria. Ahí conoció a Ramón J. Cárcano, futuro gobernador de Córdoba y primer biógrafo del Cura.

Fue también en esa época que Brochero conoció la Casa de Ejercicios Espirituales de los jesuitas (religiosos de la Compañía de Jesús) y realizó el retiro que creó san Ignacio (fundador de los jesuitas) en el siglo XVI, colaborando luego con los sacerdotes que los guiaban.

El Cura Brochero

A un año de haberse ordenado, el Cura Brochero vivió y acompañó la realidad del primer brote de cólera de Córdoba en 1867, que provocó más de 4.000 muertes. Dos años más tarde fue enviado a Traslasierra y es esta parte de la vida del sacerdote la que probablemente más se conoce. Además de los cuatro departamentos del oeste de Córdoba, ciertos pueblos de San Luis y La Rioja también estaban bajo su cuidado. En 1875, inició la construcción de la Casa de Ejercicios en Villa del Tránsito (actualmente llamada Villa Cura Brochero) con la ayuda de la gente del pueblo. También levantó una escuela para niñas, construyó un acueducto, así como caminos, canales de riego y diques, además de capillas. Su corazón solidario lo llevó a levantar ranchos para familias o enfermos de cólera que los necesitaran. Es que Brochero tenía claro que las personas tenían tanto necesidades espirituales como materiales.

Los Ejercicios Espirituales impactaron profundamente en su vida, por lo cual decidió compartirlos con los demás. A la casa que construyó especialmente para eso asistieron más de 40 mil personas mientras él estuvo ahí, para hacer esos retiros. Se dice que los hasta los gauchos “más malos” invitaba Brochero y ellos aceptaban. Quizá lo que convencía de este Cura era su cercanía, su modo de hablar (que incluía malas palabras), sus mates compartidos, la sencillez con la que hablaba de Dios. Iban tandas de 200 o 300 personas que debían atravesar las sierras de casi 2 mil metros de altura, sin caminos (o, en el mejor de los casos, de barro).

Al estilo de Jesús, Brochero escandalizaba con su forma de evangelizar, de hablar del Reino de Dios. A bordo de su mula Malacara, proclamaba que "Dios es como los piojos: está en todas partes, pero prefiere a los pobres". Mientras fumaba un cigarrillo, afirmaba: “¡Te jodiste, Diablo! ¡Cuántas almas se salvarán detrás de los muros de esta casa!”, al comenzar la construcción de la Casa de Ejercicios.

En Villa Cura Brochero, a bordo de su mula Malacara

En su peregrinación diaria, en su compañía para con los más pobres, en su deseo de servir se podía ver encarnada esta frase suya: “Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego”. Y fue ese caminar de cerca con sus hermanos y hermanas lo que le trajo la lepra. Fueron los mates compartidos con quienes más lo necesitaban. “¡Ahí también hay un alma!” decía sobre esas personas a quienes le aconsejaban cuidarse.

A comienzos de 1914 se situación se volvió más grave. La ceguera y la pérdida del olfato generaron que no pudiera darse cuenta de que una mosca entró en su nariz y sus huevos le provocaron una miasis, que se le sumó a la lepra. Los dolores de cabeza que aparecieron entonces no le debieron doler tanto como lo que se empezó a decir de él: que “estaba agusanado”. Poco a poco, la gente comenzó a alejarse aún más. En sus últimos días lo acompañó el padre José Pío Angulo.

El Cura Brochero murió  el 26 de enero de ese año, con los ojos del alma bien abiertos y el corazón lleno de rostros.

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