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La sortija de la calesita

Hay personas con habilidades para la precisión. Otras que no tienen las mismas facultades. Pero lo importante es lo que se aprende en el proceso, como a perseverar. Es lo que ocurre cuando, sin suerte, se intenta atrapar la sortija en una calesita. Una historia mínima, con una enseñanza enorme.

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Pasaba cientos, miles de minutos, observando a mi padre en sus rutinas cotidianas cuando era chica. Me impresionaba la precisión perfecta de esos movimientos que él reiteraba cuando pelaba una fruta, o cuando entraba a la casa y acomodaba su abrigo, sus llaves, el portafolio, cada cosa en su lugar y jamás en otro lado.

Así, algunas pocas veces lo vi llenarse la cara de espuma de jabón, como un Papá Noel de pelo negro ruludo y una barba nívea y esponjosa. Después la hojita nueva de la Gillete barría con el jabón y el pelo. El filo de la cuchilla le irritaba la piel, así es que la mayoría de los días usaba una máquina eléctrica, con la que sus manos imitaban gestos de cirujano: mecánicos, muchas veces ensayados, que resultaban perfectos. A mí me hipnotizaba, como cuando lo seguía a los montureros para encontrar esa misma precisión quirúrgica en la elección de riendas, peleros, estribos y pellones, que colocaba con cuidado y dedicación sobre su caballo favorito. Ponía en esas rutinas el mismo esmero que su madre, cuando acomodaba los almohadones de plumas de sus sillones, o cuando organizaba las flores en alguna de las vasijas de su departamento.

Durante cinco años fui su única hija, y salíamos a pasear juntos primero, y más adelante con mi hermano más chico, los tres. Me enseñó a andar en triciclo, en bicicleta, en patines, a cruzar la calle, y muchísimos años después, a manejar un auto: era un Fiat 600 color beige.

Era una mañana fresca de domingo de primavera en el predio con juegos que rodea a la calesita del Parque General San Martín. La ternura del colchón de pasto en el círculo central invitaba a bucear, a encontrar pelotas o trompos en ese mar esmeralda; pero no. Yo tenía apenas un poco más de dos años, y en esas semanas recién aprendía a andar en triciclo. Hacía muy pocos días que había dejado de empujarme con los pies contra el piso y finalmente había logrado pedalear, para adelante y también marcha atrás, para felicidad de mi padre -que ya se estaba empezando a preocupar porque no me salía-. Mis zapatillas flecha y los pedales del triciclo parecían haber nacido para combinarse en un movimiento rítmico, casi de ballet. La felicidad, ese día, tenía tres ruedas.

Durante varios años mi papá me llevó -como a un turno en el odontólogo- a esa calesita mágica y a los juegos que la acompañan. Mis preferidos eran, sin dudas los columpios, que no me exigían gran esfuerzo físico. Él sin embargo, seguía atento el avance de mis aprendizajes, los logros que me permitieron superar el miedo a las alturas en los toboganes, y con mucha atención la destreza que requería trepar y colgarse de esas estructuras cúbicas de caño.

Sin embargo había una frontera que aún no conquistaba, todavía no lograba agarrar la sortija desde arriba de alguno de los asientos de la calesita. Ese premio en forma de anillo metálico que se insertaba dentro de una pieza de madera con forma de calabaza, esa sortija que el calesitero agitaba desde abajo de esa plataforma giratoria, para que alguno de los niños que dábamos vueltas y vueltas, intentáramos conseguir. Engancharla con el dedo o con la mano, y robársela a ese adulto que jugaba a entregarla y a ocultarla, significaba ganar otra vuelta gratis en la calesita.

La sortija era la cumbre del Everest, una empresa casi imposible para una nena chiquita, que a duras penas podía sostenerse sobre el caballito. Esos caballos de madera pintada además, agregaban una dificultad adicional: subían y bajaban. Eso me obligaba a sujetarme con las dos manos. La sortija era algo completamente inalcanzable, un objetivo alejado de la realidad. Cuando parecía que a lo mejor esa vuelta la iba a agarrar un par de centímetros separaban mis dedos del anillo, o justo bajaba cuando mi mano subía.

Los libros, los relatos, las historias en cualquier formato ocupan un lugar estelar en mi vida, desde siempre, incluso desde mucho antes de saber leer. Una de las frases que más repetía desde que aprendí a hablar -y antes de que la señorita de primer grado me introdujiese en ese universo fabuloso de la lectoescritura- era: -“leeme”. Leeme, leeme, le pedía a cualquier adulto que se me acercaba, y le extendía un libro de cuentos. Y justamente creo que eran los relatos, las historias, y no las vueltas o la sortija, lo que más me atraía de la calesita. Es que el centro de ese carrusel estaba ilustrado. A lo largo de la vuelta se podía apreciar toda la secuencia de ese gran cuento clásico de todos los tiempos, esa narración universal: nena tiene una misión, nena desobedece, se pone en peligro, la rescatan. Así es, Caperucita Roja, el Lobo, la Abuela y el Leñador, me saludaban desde el círculo central y me invitaban a recrear el cuento en mi cabeza. Me atraían irremediablemente y yo, en lugar de mirar a la sortija, miraba para el otro lado.

La sortija, esquivo objeto de deseo.

La música era, también, un gran distractor en la calesita. Es que los caballos, un avión, un par de leones y unos autos antiguos -que formaban parte de las opciones que los niños teníamos para elegir dónde nos sentábamos- se movían al compás de las notas y la voz de la única, inimitable e inigualable, María Elena Walsh. Sus canciones, y también sus cuentos -que narraba con maestría y una voz imposible de confundir con ninguna otra-, formaban parte del repertorio muchas veces repetido en el carrusel. Era la música que adoraba cada niño a miles de kilómetros a la redonda. Esos sonidos familiares, conocidos y reiterados en la calesita y en el tocadiscos Winco de mi casa, eran una fuente constante de una alegría en el cuerpo que yo no entendía. El estremecimiento que me provocaban el Twist del Mono Liso o La Reina Batata era inexplicable: ganas de bailar, le digo hoy.

La calesita y sus distracciones ocupaban todos mis sentidos y me producían una sensación de encantamiento, de caminar sobre nubes. Es que el olor a almíbar de las manzanas con pororó, a praliné de maní, y ese rosa chicle Bazooka del algodón de azúcar, me mareaban tanto como las vueltas que daba sobre el lomo del león -mi preferido-. Y quería bailar, quería comer maní, quería escuchar un cuento, pero no tanto intentar con la sortija, que me costaba mucho.

El reproductor de música de la época.

Cada vez que pasaba cerca del calesitero sin prestarle atención a la sortija miraba esos ojos a veces marrones, a veces grisáceos de mi padre, y recordaba que algo me había olvidado. En cambio cada vez que intentaba agarrarla, incluso todas las veces que no lo lograba, él aprobaba con una sonrisa enorme, que le ocupaba la cara entera -y que conserva hasta hoy-. Así entendí que lo tenía que seguir intentando una vez, otra vez, otra más, cien veces más. Estaba claro que no había heredado esa precisión de movimientos milimétricos, esos ademanes prolijos y cuidadosos. No me salía y no me salió por meses, no lo logré por años. Lo conseguí, después de varias pruebas, cuando llegó el momento, no antes. Mi padre estaba más contento que yo: su primogénita, la primera sobrina y nieta de nuestra Tribu, incorporó uno de los aprendizajes que más le importaba a él transmitir. Que es importante esforzarse, que es importante intentar.

De él aprendí a no rendirme, a intentar cuantas veces sea necesario. Me enseñó que el esfuerzo por superar las adversidades regala una sensación indescriptible cuando se consigue vencer el obstáculo. Me mostró que esos logros son más valiosos que los que llegan fácil. Más de cuarenta años después todavía me impresionan su sonrisa, su buen humor inalterables -a pesar de la tormenta más endiablada-. Me conmueve reconocer la misma precisión en cada uno de sus movimientos, en esas mismas rutinas, la prolijidad, la tranquilidad con la que sus manos trazan el camino para lograr lo que se proponen.