El caso del padre que le pidió perdón a su hija que decidió emigrar
“Mi hija se fue a vivir a España y lo último que le dije, antes de subir al avión, fue perdón”. Con esta frase, Gustavo Goyeneche resumió su sentimiento ante la inevitable partida de María, una argentina más que decidió emigrar.
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Fue hace seis días, en Ezeiza, en una escena que, en estos últimos tiempos, se repite con dolorosa frecuencia.
“Cuando la vi embarcar, en ese momento que desapareció de mi vista, me dije para adentro, no vuelve más” contó a MDZ, con la voz quebrada, del otro lado del teléfono.
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Las lágrimas lo acompañan desde entonces. Las primeras salieron, sin consuelo, en ese último abrazo, cuando, en forma de susurró, salió esa disculpa íntima. Las otras, se asoman cada vez que habla del tema.
“Quedate tranquilo, papá. No es por vos” respondió María rodeada por unos brazos que no querían soltarla.
La historia de esta familia es como la de tantas otras de clase media que luchan en un país que no es generoso con las recompensas.
Gustavo es divorciado. Tiene 60 años, es diseñador gráfico y fotógrafo. De ese primer matrimonio, tiene dos hijos. María, de 30 años, y Jorge, de 28, que también vive fuera del país pero, en este caso, enviado por la empresa en la que trabaja. Con la pareja actual, tiene otro hijo de siete.
Cuenta que la idea de hacer una experiencia en el exterior siempre fue un tema en la familia. “Con mi hija lo hablábamos, pero nunca nada concreto” explica.
El año pasado, con la cuarentena y los problemas de trabajo, María tomó la decisión de probar suerte en exterior. “Es arquitecta, se recibió a los 25 años, pero nunca consiguió un trabajo estable. En 2020, con el encierro, se cansó y dijo me voy” agrega Gustavo.
Un año antes, una amiga había tomado esa decisión. Rápidamente, consiguió trabajo en un estudio de diseño y le empezó a ir bien. Ese fue el detonante para que María decidiera seguir sus pasos.
“Acá todo es muy difícil. Mi hija estaba pagando un Volkswagen Up, por plan de ahorro, y de un día para el otro la cuota se le fue de $6.000 a $12.000. No pudo seguir pagándola. Ni un auto te podes comprar siendo laburante” dijo con impotencia el padre.
España fue el lugar elegido, por el idioma y por algunos contactos que, por ejemplo, le permitieron viajar con un contrato por seis meses en un estudio gráfico.
“Para empezar, al menos, ya tiene algo” se consuela Gustavo.
Reconoce que ese pedido de perdón no fue algo planeado. Brotó, sorpresivamente, en ese último adiós y surgió de la angustia y desolación que lo había atrapado en ese instante.
“Siento que tendría que haber sido distinto, tendría que haber hecho algo más” se reprocha.
Militante radical desde 1982, participó de distintas formas, en aquellos años alfonsinistas, para hacer un país mejor. Las ocupaciones y obligaciones de la vida, le fueron quitando tiempo para seguir en ese objetivo. Hizo lo que millones de argentinos, como si fuera poco, hacen para sacar al país adelante: trabajar.
Hoy, con el dolor por la partida de su hija, encuentra una nueva energía para dar aquella batalla: “Voy a empezar a militar otra vez, a meterme de nuevo, porque hay que cambiar esta realidad. Esto es una pelea de pobres contra pobres que nos va destruyendo. Tengo un hijo de siete y quiero dejarle un país mejor. Que él no tenga que irse como María.”

