ver más

Formidable es elegir libremente, no ser agredido y adoctrinado

La reflexión de Alejandro Finocchiaro, exministro de Educación, sobre lo sucedido en la Escuela Técnica N°2 de Ciudad Evita, La Matanza, entre la profesora Laura Radetich y su grupo de alumnos de Política y Ciudadanía merece, al menos, dos planos de análisis.

El primer plano es el individual. En mi cuarto de siglo en la docencia y mis años de funcionario en los ministerios de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la provincia de Buenos Aires y la Nación, nunca he visto un ejemplo tan flagrante de adoctrinamiento. En las imágenes que se multiplicaron por redes sociales se ve una persona exaltada, con un lenguaje verbal y corporal inapropiado frente a un curso; que no se comporta como una docente, que imparte una serie de creencias y valores que configuran una verdad y mirada únicas del mundo. Que además lo hace con una carencia de recursos intelectuales llamativa, de un modo que parece extraído del manual del militante kirchnerista más que una apelación al razonamiento, con tratos impropios para con los alumnos y fuerte carga de violencia. 

Académicamente, Radetich también incurre en faltas inaceptables. En uno de sus intercambios con los chicos responde enfáticamente: “Obvio que no”.  También soy profesor de Historia. Como en toda ciencia, salvo los hechos comprobados, todo está sujeto a discusión, revisión y debate. No hay respuestas “obvias”. El disenso es la base de la lógica escolar. No solo está bien disentir, sino que la búsqueda del criterio propio es precisamente aquello que debe incentivarse. Aprendemos, progresamos, discutiendo la ciencia que entrega nuestro tiempo. 

Todo esto que señalo no debe ser interpretado a favor de que la política no llegue a la escuela. Por supuesto que todas las cuestiones que impactan en la comunidad ingresan en el aula. Eso es bueno, pero el docente debe guiar el debate, plantear interrogantes para que surjan ideas.  Es una falla, también, abrir una discusión para cerrarla luego desde el criterio de autoridad.

 

Y en segundo lugar debemos ir a un plano general. Esto, aunque extremo, no es un hecho aislado. El kirchnerismo tiene una posición profundamente antidemocrática de la vida en general que cancela voces alternativas. Como uno de los tantos ejemplos, recordemos los cuadernillos educativos oficiales producidos durante la cuarentena. En esos contenidos pudimos ver, entre otras cosas, sesgo ideológico; exaltación de la figura presidencial, de la vicepresidente, de algunos ministros del poder ejecutivo; la instalación favorable de políticas públicas mientras denostaban autoridades de otros signos políticos. El kirchnerismo, como todo populismo, no solo defiende estas acciones, sino que las produce sistemáticamente. 

Ctera, como brazo kirchnerista específico, impulsa a sus miembros a tareas que, además de vulnerar el derecho a la educación, impactan sobre sus colegas no ideologizados. Estos verdaderos docentes, la gran mayoría, los que encaran su vocación con actitud profesional en lugar de asumir la escuela como una cantera de militantes y acumulación de poder político-partidario, se ven acosados intensamente. Lo mismo sucede sobre los equipos directivos que no claudican en el afán de enseñar y aprender. Eso, el aprendizaje de los chicos, debe ser el objetivo prioritario de la escuela. Todos conocemos las consecuencias de estas dos décadas, con excepción de los 4 años de Cambiemos, que ha dejado el cterismo educativo en varias generaciones de estudiantes. El caso Toyota, de dos semanas atrás, es una muestra de la decadencia a la que arrastraron al sistema entero.

Por si todo esto fuera poco, el presidente Alberto Fernández evaluó lo sucedido como “formidable”.  Además de probar que no se trata de un ejemplo excepcional, evidencia que nuestro primer mandatario sigue en lo suyo: pensar que “adelantarse en la fila” para recibir vacunas no es delito; que las fiestas clandestinas en Olivos son un “error” y que esta obscena bajada de línea y abuso de poder “abre la cabeza”.

No son errores, esta es su verdadera esencia. En estas elecciones, está en cada uno la oportunidad de cambiar. El modelo de país y el educativo, que nosotros proponemos, son opuestos. Ellos persiguen votos, nosotros deseamos estimular el desarrollo de ciudadanos libres. La cualidad medular de la democracia es la posibilidad de elegir.

 

*Alejandro Finocchiaro, exministro de Educación y precandidato a diputado nacional por Juntos