La historia de la estatua mendocina de San Martín
Uno de los principales íconos urbanos de la ciudad de Mendoza es la estatua ecuestre del general José de San Martín, inaugurada en la plaza homónima en 1904, más de cincuenta años después del fallecimiento del Padre de la Patria. Con su heroico porte y cabalgando hacia el oeste, la figura en bronce del Libertador sigue provocando orgullo en los mendocinos.
Réplica de otros dos monumentos inaugurados anteriormente en la Argentina, esta figura representó el saldo de una deuda histórica que la sociedad mendocina de principios del siglo XX mantenía con el prócer y que daría pie a la edificación de una ‘impronta sanmartiniana’ que se reforzaría diez años más tarde con el Monumento al Ejército de los Andes en el Cerro de la Gloria.
En una época donde el desarrollo urbanístico y las aspiraciones económicas eran moneda corriente, la escultura de San Martín coronó los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo en 1910, ocasión que fue aprovechada por el gobierno de turno y las élites como un instrumento de reivindicación política frente a la inestabilidad ocasionada por las revoluciones populares.
El emplazamiento de la estatua ecuestre en la entonces denominada Plaza Cobo no fue casual. Ubicado en el por entonces sector más cosmopolita de la capital provincial, dicho espacio verde concentraba buena parte de las actividades políticas, económicas, sociales y culturales de la Mendoza de 1900. Así, la figura de San Martín quedaría como “protectora” de una provincia pujante que propiciaría un ‘dichoso’ porvenir para sus habitantes.
De Plaza Cobo a “Plaza del Reloj”
Los orígenes de la Plaza Cobo, ubicada en el cuadrante circundado por las calles Necochea, 9 de Julio, Gutiérrez y España (anteriormente Suipacha), se remontan al diseño de la “Nueva Ciudad” propuesto por el agrimensor francés Julio Jerónimo Ballofet en 1863, para la reconstrucción de Mendoza tras el terremoto que destruyó el anterior casco urbano dos años antes.
Su denominación original fue en homenaje al español Juan Francisco Cobo Azcona, que introdujo las estacas de álamo y otros árboles exóticos a Mendoza en 1808. Siendo uno de los primeros extranjeros asentados en la provincia que obtuvo la carta de ciudadanía, Cobo ejerció durante más de veinte años como notario eclesiástico de la Vicaría Foránea de Cuyo y fue uno de los pioneros en la horticultura urbana, utilizando su quinta en las afueras de la ciudad como un vivero para la distribución de ejemplares.
Ya en 1879, durante la gestión provincial de Elías Villanueva y la municipal de Manuel Cruz Videla, se compró un ostentoso reloj de cuatro esferas y ocho campanas para ser montado sobre un basamento de torre en el centro de la plaza Cobo. La construcción de la estructura comenzó ese mismo año y luego se avanzó con el armado de la relojería. En 1884 la pieza fue inaugurada en un solemne acto.
También se había proyectado erigir una estatua de mármol en honor a Cobo, declarado “Benemérito de la Patria” por la Legislatura provincial el 29 de septiembre de 1874, pero dicha iniciativa nunca llegó a concretarse.
Con el paso de los años, la popularidad del reloj y su torre opacaron el nombre oficial de la plaza, siendo llamada coloquialmente como “Plaza del Reloj” por los mendocinos y estableciéndose como uno de los puntos de encuentro preferidos por los vecinos y visitantes.
Proyecto y construcción
Con la consolidación institucional y territorial de la Argentina, las autoridades gubernamentales nacionales y de las provincias comenzaron a homenajear a los próceres de la Patria con monumentos y esculturas. La primera estatua ecuestre en honor a José de San Martín fue inaugurada en Buenos Aires el 13 de julio de 1862, más precisamente en la plaza homónima ubicada en el barrio de Retiro. Se trató de una obra hecha en bronce por el escultor francés Louis-Joseph Daumas, quien se basó en otra de su autoría que estaba por levantarse en Santiago de Chile.
Mendoza no sería ajena a esa estrategia y buscaría ahincadamente conseguir su propia estatua del Libertador. Según el historiador Salvador Laria, en 1888 se esbozó un proyecto para erigir una estatua ecuestre de San Martín en la plaza Cobo, que fue defendido en el Congreso nacional por los diputados Estanislao Severo Zeballos y Emilio Civit.
Sin embargo, según reseñas periodísticas posteriores, el último impulsor de la iniciativa fue el padre José Pacífico Otero (posteriormente fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano), al pronunciar en el Tedeum realizado en Mendoza el 25 de mayo de 1902, un crítico sermón sobre la falta de una estatua de San Martín: “Cuando pisé el suelo de esta ciudad querida, [...] busqué en sus plazas, en sus alamedas y en sus parques, el bronce en que el artista hubiese cincelado la figura del Intendente de Cuyo, del héroe un día desconocido en Yapeyú y al triunfador de San Lorenzo, y al vencedor de Chacabuco y de Maipú; pero su sombra no surgía a mi vista”.
“[Termino este sermón] invocando la gratitud nacional y el cariño que Mendoza profesa al primero de nuestros héroes, formulando una plegaria republicana, una plegaria argentina -si así me es lícito expresarme-, para que no tarde en sonar la hora en que podamos contemplar la estatua ecuestre de San Martín, señalando con el dedo los desfiladeros andinos, por donde un día bajaron sus legiones para llevar el estandarte de la libertad hasta la línea del Ecuador en América”, añadió el párroco.
Ese año, y tras arduas negociaciones, el gobierno provincial consiguió los recursos necesarios para la construcción de la estatua, y formó dos comisiones encargadas del proyecto: una en Mendoza, dirigida por Melitón Arroyo, y otra en Buenos Aires, a cargo de Agustín Álvarez y en la que también participó Pacífico Otero.
La fundición del bronce fue solicitada al ingeniero santafesino José García, que usó los moldes de la estatua ecuestre inaugurada ese mismo año en la ciudad de Santa Fe, una figura que contaba con ligeras modificaciones respecto a las erigidas en Buenos Aires y Chile. El costo de la escultura ascendió a 14.000 pesos, una cifra bastante onerosa para la época, teniendo en cuenta además que la Legislatura mendocina había dispuesto una partida extra especial de 15.000 pesos para los festejos inaugurales y la acuñación de monedas recordatorias en oro, plata y bronce.
Por otro lado, en las mismas fechas, se demolió la torre de la Plaza Cobo y el reloj y su carillón fueron desmantelados y embalados con el objetivo de ser reubicados en la Basílica de San Francisco, proyecto que finalmente no prosperó. Ese reloj recorrió un camino bastante tortuoso hasta que finalmente terminó erigido en el patio de la escuela Patricias Mendocinas, a pocas cuadras de su emplazamiento original.
Entre finales de 1903 y mayo de 1904, los trabajos fueron intensos. El pedestal de roca natural (granito de los Andes), semejante al que sostiene la estatua ecuestre de Pedro el Grande en la ciudad rusa de San Petersburgo, fue el primer objeto instalado en la plaza, sustituyendo al de mampostería diseñado en el proyecto original.
Debajo del monumento se construyó un jardín custodiado por ejemplares arbóreos de palmera canaria, que a su vez fue rodeado por un cerco octogonal formado por una cadena de hierro sostenida a su vez por diez columnas tipo cañón (de las cuales hoy solamente quedan seis). También se cortaron los árboles situados en el centro de la plaza, con el objeto de resaltar el avistaje de la estatua; además se abrió un paseo central bordeado por ligustrum japoneses, se instalaron postes de luminarias y se colocaron plátanos en los bordes exteriores de la plaza.
Inauguración a toda pompa
La estatua ecuestre de San Martín fue inaugurada el 5 de junio de 1904 en un pomposo acto encabezado por el gobernador Carlos Galigniana Segura y el ministro de Guerra de la Nación Pablo Ricchieri, quienes estaban acompañados por otras autoridades nacionales, provinciales y municipales. Además miles de mendocinos y foráneos participaron de los festejos.
Por decisión oficial, se modificó el nombre de la plaza, pasándose a llamar, en lo sucesivo, General San Martín. Y mediante la ley provincial 278, se declararon feriados los días lunes 6 y martes 7 de junio de 1904 para que los vecinos pudieran disfrutar de las actividades recreativas en el marco de la inauguración.
Para las celebraciones, la empresa ferroviaria Buenos Aires al Pacífico (BAP) dispuso la llegada a Mendoza de dos trenes expresos: uno desde Buenos Aires, al que se agregaron dos vagones en Villa Mercedes y San Luis; y otro proveniente de San Juan. Fueron tantos los visitantes que para muchos resultó un verdadero problema conseguir alojamiento, puesto que en los hoteles, casas de huéspedes, fondas y posadas no quedó un solo sitio sin ocuparse.
La programación de los actos inaugurales inició a las 6 de la mañana con disparos de bombas y prosiguió a las 10 con un almuerzo popular en la Alameda. En los alrededores de la Plaza San Martín, mientras tanto, la policía establecía un cordón en las calles circundantes para impedir que ésta fuera invadida por el público antes del arribo de las familias invitadas y la comitiva oficial.
Más de 10.000 personas participaron del acontecimiento. Para el mediodía, informaba un artículo del diario Los Andes, se hacía muy difícil transitar por las inmediaciones de la plaza, por lo que cientos de asistentes trepaban a los balcones del Teatro Municipal (situado en la esquina de Gutiérrez y España) y a las azoteas de las casas vecinas para conseguir una mejor vista.
A eso de las dos de la tarde, la comitiva oficial salió de la sede de Gobierno (ubicada entonces frente a la Plaza Independencia) conduciendo la Bandera de los Andes. Las tropas del Ejército que se encontraban estacionadas en los alrededores, al avistar la enseña, presentaron sus armas y una pieza de artillería saludó su presencia con una salva de cañonazos, mientras las bandas de música entonaban el Himno Nacional. El público, apiñado en las veredas próximas, saludaba respetuosamente.
Al llegar a la plaza San Martín, las fuerzas militares tomaron sus posiciones en las calles mientras la comitiva se instalaba en la tribuna emplazada frente a la estatua, que aún estaba tapada con una tela. Luego el presidente de la Comisión de Fiestas hizo entrega formal del monumento al gobernador Galigniana Segura, quien inmediatamente pronunció un discurso calificado como “emotivo” por las crónicas de la época.
Según la cobertura periodística del diario Los Andes, Galigniana Segura tiró la cuerda del velo, y cuando el monumento quedó al descubierto, “la multitud estalló en aplausos y vítores, mientras los niños arrojaban flores y coronas a los pies de la estatua”. Finalmente se entonó por segunda vez el himno nacional y las tropas realizaron un breve desfile, por lo que la comitiva aprovechó para regresar a la Casa de Gobierno con la Bandera de los Andes.
Por la noche los festejos continuaron con fuegos artificiales en la plaza San Martín, ciclos de cine en la plaza Independencia y un baile de gala en el Club Social.
El lunes 6, primer feriado, se disputaron carreras en el hipódromo Andino y se realizaron desfiles de carruajes en el flamante Parque del Oeste (hoy General San Martín). El martes 7, segundo feriado, se llevó a cabo un picnic dentro del campamento histórico de Los Tamarindos (actual El Plumerillo) y se ejecutó un simulacro de combate. Otras actividades también se desarrollaron en la Alameda y el Teatro Municipal.
Centenario de la Revolución de Mayo
Seis años más tarde, en plena efervescencia nacional por las celebraciones del Centenario de la gesta revolucionaria, Mendoza vivió sus fiestas patrias y, como no podía ser de otra manera, la plaza San Martín y su flamante estatua del Libertador fueron parte de las actividades oficiales.
El domingo 22 de mayo de 1910, autoridades provinciales y grupos de beneficencia colocaron placas conmemorativas en el monumento. El acto oficial fue presidido por el Ministro de Gobierno, Eduardo Puebla (en reemplazo del gobernador Rufino Ortega), acompañado por ministros y asociaciones civiles y de beneficencia.
Uno de los discursos de esa jornada que fueron reproducidos en el Álbum del Centenario 1810-1910, editado por el gobierno provincial ese año, fue el de la presidenta de la sociedad “Pro Patria”, Lola Villanueva, la cual estuvo sumamente influenciada por el sentimiento progresista de una Argentina que vivía una época de porvenir económico y ascenso internacional, añadiendo una sensación de superación de los conflictos revolucionarios que estallaron en los años anteriores.
“Señor Ministro; señoras y señores: Lo grande, lo trascendental, lo sublime del hecho verificado por los próceres de Mayo, no necesitáis que yo os lo demuestre, porque tenéis la prueba, si consideráis la importancia del lugar que ocupa la República Argentina, en el concierto de las naciones civilizadas del mundo, está en la vanguardia, teniendo ante sí horizontes lisonjeros hacia un grandioso porvenir.
Tenemos patria y libertad, conservamos, pues, esa preciosa herencia que nuestro próceres nos legaron y ya que a las damas de 1910 no nos es dado ofrecer nuestras joyas para ayudar a la lucha por la libertad, ni fortalecer el espíritu de nuestros padres y hermanos para que defiendan el honor o la integridad nacional, puesto que atravesamos una era de paz y progreso, imploramos al Todo Poderoso (sic), para que el grito de la libertad, lanzado por los patricios de 1810, repercuta por siempre en el alma argentina y su eco, mantenga latente el sagrado fuego del patriotismo, cuyo calor hará que la patria sea tan grande y poderosa, la cual imaginaron los héroes de la epopeya nacional”.
Al día siguiente se desarrolló un desfile cívico-militar en las calles del centro de la ciudad, que entre otros sitios recorrió el costado norte de la plaza (calle Necochea), donde se agolparon miles de personas. A la noche se dispuso la iluminación total de la plaza San Martín, los frentes de Casa de Gobierno y del Teatro Municipal.
Hechos críticos y trágicos
Más allá de los festejos y los actos gubernamentales, la plaza San Martín y su estatua no fueron ajenos a los vaivenes políticos y económicos que afectaron a la Mendoza de inicios del siglo XX.
A solo un año de inaugurarse el monumento al Padre de la Patria, estalló en la Argentina la Revolución de 1905, que enfrentó a las autoridades nacionales y provinciales adheridas al Partido Autonomista Nacional (que comandaba las instituciones gubernamentales desde fines del siglo anterior) con las fuerzas revolucionarias de la Unión Cívica Radical, dejando sangre y destrucción en varias ciudades del país, incluyendo Mendoza.
Una cruda crónica periodística del diario Los Andes refleja ese escenario de muerte, horror e histeria. En la jornada subsiguiente a los combates en las calles (5 de febrero de 1905), los vecinos salieron para curiosear las consecuencias de los enfrentamientos. Sin embargo, en la plaza San Martín, una detonación de arma de fuego provocó pánico entre la multitud, quedando el lugar desierto en pocos minutos. El proyectil surgió de una pieza de artillería abandonada en la plaza: aparentemente uno de los presentes, sin conocerse sus motivos, tomó la cuerda que accionaba sobre el percutor y disparó.
Al volver la calma, los transeúntes comprobaron el terror con sus propios ojos. En la esquina de 9 de Julio y Necochea yacían tres caballos destripados con dos de sus jinetes muertos y otro gravemente herido. Sobre otro sector de la plaza, el cadáver de una mujer tendida boca abajo presentaba la parte superior del cráneo destrozada y la masa encefálica a la vista.
El cuerpo de otra mujer tenía la mandíbula inferior destrozada y varias heridas de bala en la cabeza. También se encontró a un niño de unos diez años “despedido en dos pedazos, quedando en el suelo con los intestinos afuera”. Más de una docena de personas habían muerto y otros tantos estaban heridos.
Una hora después nuevamente el pánico se apoderó de los vecinos, aunque en esa ocasión fue el disparo accidental de un fusil máuser que poseía un revolucionario civil, que solo dejó un vecino herido.
Diez años más tarde, Mendoza atravesaba una severa crisis económica originada por la retracción del comercio internacional a raíz de la Primera Guerra Mundial, provocando la caída del precio del vino y su consumo interno, lo que arrojó a miles de mendocinos a la pobreza e indigencia absoluta.
Para intentar paliar la gravedad del asunto, grupos de beneficencia, con apoyo de autoridades provinciales, terminaron instalando una “olla popular” sobre calle Gutiérrez, frente a la plaza San Martín, dándoles un sustento alimenticio a los más necesitados.
Bibliografía
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Mendozantigua. Imágenes varias [blog]. Recuperado de https://mendozantigua.blogspot.com/