Paz Armada en Europa: la antesala de la muerte y destrucción

Paz Armada en Europa: la antesala de la muerte y destrucción

Ese arco histórico abarca desde 1871 a 1914 y se caracterizó por haber anulado los conflictos bélicos en el viejo continente, un escenario inédito para un territorio que se había acostumbrado a tener algún enfrentamiento armado al menos una vez por década.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

La máxima romana 'Si vis pacem, para bellum', que puede traducirse como “si quieres la paz, prepárate para la guerra”, ha sido utilizada comúnmente por los historiadores para calificar la tensa situación que vivió Europa durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros 14 años del siglo XX, periodo se conoce popularmente como la Paz Armada y que definió el contexto previo a la Primera Guerra Mundial.

Ese arco histórico abarca desde 1871 a 1914 y se caracterizó por haber anulado los conflictos bélicos en el viejo continente, un escenario inédito para un territorio que se había acostumbrado a tener algún enfrentamiento armado al menos una vez por década. Sin embargo, esa tensa calma se tradujo en una imparable carrera armamentista, un auge del expansionismo colonial, de las intrigas y alianzas políticas, un desarrollo económico y tecnológico signado por la Segunda Revolución Industrial y el bienestar social de la Belle Époque y una sucesión de brotes revolucionarios de corte obrero y nacionalista.

Dichos factores eran realmente la preparación hacia un estallido que se volvía inevitable, y nada mejor que el asesinato del sucesor de un Imperio en junio de 1914 para lo que dio origen a la peor calamidad que le ocurriría a la humanidad.

La sombra de Bismarck

Aunque dependió de la voluntad de todos los estados europeos, la Paz Armada fue diseñada por un solo hombre: Otto von Bismarck, el canciller prusiano que prácticamente fundó el Segundo Imperio Alemán (II Reich), y que es considerado como el político más importante de su época. 

Durante su gobierno que se extendió de 1870 a 1891, Bismarck logró armar un esquema geopolítico al servicio de los intereses de Alemania, pero que paradójicamente también marcó el rumbo de cada país de Europa, ya que cada Estado terminó armando su camino en función de lo que predisponía Prusia en la suerte del continente.

Otto von Bismarck.

En julio de 1870 estalló la guerra entre Prusia y Francia, que en ese entonces se encontraba gobernada por el emperador Napoleón III. Bajo las órdenes de Bismarck, que logró encolumnar al resto de los estados alemanes, el régimen prusiano le asestó una dura derrota a las fuerzas francesas en 1871, lo que al mismo tiempo aceleró la caída de Napoleón III y la proclamación de la Tercera República.

La victoria prusiana le permitió a Bismarck consolidar la unificación de la mayoría de los países alemanes, con la clara excepción de Austria-Hungría que había sido desplazada en 1866, bajo el dominio indiscutido de Prusia, por lo que Guillermo I fue proclamado como cabeza absoluta del flamante imperio.

Durante las dos décadas siguientes, Alemania vivió un crecimiento económico y militar sin precedentes, lo que estuvo acompañado por el desarrollo de un nacionalismo fervoroso que se apoyaba en pensamientos sociopolíticos y filosóficos que bregaban por el ‘pangermanismo’ y la grandeza del pueblo alemán por sobre el resto de las etnias europeas.

Aprovechando que el Reino Unido se encontraba enfocado en su expansionismo colonial ultramarino, y que Francia era marginada por su cambio al sistema republicano, Alemania generó un acercamiento con Austria-Hungría y Rusia, con el objetivo de alejar a ambas potencias de cualquier posición que pudiera ser favorable a los franceses.

Bismarck intentó varias veces organizar una alianza continental para aislar a Francia y mantener a Europa fuera de todo conflicto bélico. La primera coalición surgió en 1873 con la creación de la Entente de los Tres Emperadores entre el alemán Guillermo I, el austrohúngaro Francisco José I y el ruso Alejandro II, pero el estallido de las revueltas nacionalistas en los Balcanes, ocupados en su mayoría por el Imperio Otomano, sacó a la luz la rivalidad entre austríacos y rusos, que tenían intereses contrapuestos en esa región.

La situación se calmó en 1878, cuando Berlín decidió reconocer la independencia de Serbia, Rumania, Montenegro y Bulgaria, mientras que Bosnia-Herzegovina fue ocupada por Austria-Hungría, Rusia se quedó con parte de Armenia y el Reino Unido se hizo con Chipre. Sin embargo, la repartija de los territorios arrebatados a los otomanos no convenció a los rusos, debido a que no pudieron garantizarse una salida directa al mar Mediterráneo.

La Guerra franco-prusiana marcó la consolidación del poder de Bismarck e inició la Paz Armada en Europa.

De todas formas, Bismarck logró superar la reticencia rusa en 1881, cuando el zar Alejandro III (que asumió tras el asesinato de su padre ese mismo año) volvió al pacto previamente firmado entre Alemania y Austria-Hungría, mientras que al año siguiente se sumó Italia, que recelaba de Francia, lo que dio una base a la futura Triple Alianza. Pero este segundo intento también terminó en la nada: la mediación austríaca en la guerra serbo-búlgara de 1885 cayó muy mal en Rusia y provocó su salida de la coalición.

En su afán de mantener cercada a Francia y propiciar la estabilidad continental, Bismarck negoció un pacto secreto con Rusia para asegurar su neutralidad ante un eventual ataque francés. Luego suscribió alianzas similares con el Reino Unido, Austria-Hungría e Italia para mantener el status quo en el Mediterráneo. Así evitaba el expansionismo tanto ruso como francés, cumpliendo con sus dos objetivos primordiales.

Pero la situación favorable para el canciller prusiano cambiaría rotundamente en 1888, con la coronación del nieto del fallecido Guillermo I, Guillermo II. Férreo opositor a las tácticas diplomáticas de Bismarck, el emperador despidió al viejo político en 1890 y no renovó el pacto secreto con Rusia, lo que provocó un retroceso en la red de alianzas armadas por Prusia.

La expansión colonial

A diferencia de Bismarck, que prefería enfocarse al igual que Austria-Hungría en una estrategia de contención europea por sobre una expansión ultramarina, otras potencias como el Reino Unido, Francia, Italia e incluso Rusia dieron rienda suelta a su apetito colonizador en África, Asia y Oceanía, con el fin de obtener recursos naturales, abrir mercados para sus productos industriales y trasladar las ansias de guerra por el poderío económico y naval que no podían aliviarse en la tranquila Europa.

El país que llevaba la delantera en esa materia era el Reino Unido. Tras un periodo de aislamiento signado por su expulsión de Estados Unidos, renovó su auge imperialista y para 1910 había formado un sistema colonial que abarcaba prácticamente todos los continentes, ya sea mediante el sometimiento de reinos locales o el arrebatamiento a otras potencias europeas, destacándose la India, Sudáfrica, Hong Kong, Malasia, Canadá y Australia

Por su parte, la Francia republicana también amplió sus dominios, especialmente en África, donde llegó a dominar la mitad occidental del continente. También reforzó su presencia en el Caribe y el sudeste asiático.

Italia también se enfocó en la conquista de otras tierras, aunque en forma tardía y con un radio de acción limitado a la cuenca mediterránea: Tripolitania y Cirenaica, junto con algunos enclaves africanos en Eritrea y Somalía.

El colonialismo impulsó las economías de las potencias europeas y amplió la capacidad bélica.

Con el desplazamiento de Bismarck, Alemania revirtió su política europeísta, por lo que consiguió algunas posesiones en África, Oceanía y China. En el caso de Rusia, durante ese periodo se expandió hacia el este y el sur, llegando al Pacífico norte y Asia Central, aunque en esta última región colisionó con los intereses británicos y la solidez territorial de Persia.

Por su parte, España y Portugal, antiguas potencias ultramarinas que ya estaban en franca decadencia, vieron disminuir su presencia en el concierto colonialista. Los portugueses perdieron varios territorios asiáticos, quedando reducidos a pequeños enclaves como Macao y Timor Oriental, aunque conservaron sus posesiones africanas, mientras que los españoles quedaron arruinados tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 a manos de Estados Unidos.

Lo cierto es que el afán imperialista condujo a varios enfrentamientos armados entre las potencias europeas, principalmente entre el Reino Unido y Francia, aunque también hubo riñas entre los británicos y Rusia en Asia Central. El Congreso de Berlín (1884-1885), que diagramó el reparto de África, estableció que un territorio pasaba a ser de dominio efectivo cuando el país ocupante se apoderaba de él, lo que le permitía extender sus dominios hasta que se encuentre con el dominio efectivo de otro europeo.

Carrera armamentista

Alentadas por el exceso de recursos económicos obtenidos de las colonias y territorios ocupados, las metrópolis europeas iniciaron un inédito proceso de desarrollo militar. Esta carrera armamentista fue protagonizada principalmente por el Reino Unido y Alemania, que se habían convertido en las dos mayores economías del mundo.

Si bien aún ostentaba su estatus de primera potencia mundial, el Reino Unido recelaba del crecimiento alemán y, en principio, del expansionismo ultramarino francés, por lo cual destinó una importante parte de sus fondos económicos al desarrollo de nuevas tecnologías de guerra y a la formación de un ejército multipropósito que incorporaba paulatinamente nuevos reclutas oriundos de las colonias.

Por su lado, y gracias a la férrea estructura de poder creada por Bismarck, Alemania profesionalizó y modernizó su ejército hasta convertirlo en uno de los más poderosos de Europa. Al igual que los británicos, el II Reich también destinó sumas importantes de dinero al desarrollo tecnológico de armas y transporte, centrándose principalmente en el aspecto naval.

Aunque marchaba rezagada respecto a sus vecinos, Francia no quiso atrasarse más en la carrera bélica. Impulsado por el sentimiento antigermánico que aún recordaba la humillación sufrida tras la Guerra Franco-prusiana de 1870, la República francesa sumó nuevo equipamiento y aumentó el número de combatientes, provenientes en su mayoría de las colonias ultramarinas y numerosos jóvenes que vivían en la metrópolis.

La modernización de armamento y la profesionalización de los ejércitos, fueron las principales características de la Paz Armada.

Fin de la Paz Armada

Tras la partida de Bismarck en 1890, la situación geopolítica de Europa se reacomodó rápidamente. Los recelos hacia Alemania por parte del Reino Unido iban en aumento, mientras que Austria-Hungría había reforzado su alianza con el II Reich y no cedía en sus presiones sobre los Balcanes, lo que provocaba mayores rivalidades con Rusia. 

Este enfrentamiento diplomático entre Rusia y Austria-Hungría hizo que Alemania revalidara su alianza con Francisco José I e Italia, reflotando la Triple Alianza aunque esta vez sin los Romanov.

Por su parte, Rusia y Francia firmaron un pacto en 1893, mientras que Francia y el Reino Unido suscribieron en 1904 el tratado denominado Entente Cordiale que ponía fin a sus disputas coloniales. Finalmente el Reino Unido y Rusia suscribieron un acuerdo similar al anterior en 1907. Todo esto hizo que se formara una singular red de alianzas que posteriormente se denominó la Triple Entente.

La finalización de la época de paz en Europa era prácticamente un hecho, y si bien se celebró una conferencia de alto nivel en la ciudad neerlandesa de La Haya en 1907, una nueva guerra continental estallaría en cualquier momento, por lo que solo faltaba saber cuándo ocurriría.

Tanto la Primera Guerra Balcánica (1912-1913), que supuso una derrota del Imperio Otomano contra Grecia, Serbia, Bulgaria y Montenegro, como la segunda guerra homónima (1913), que provocó la derrota búlgara frente a sus antiguos aliados, Rumania y los otomanos, fueron un pequeño anticipo de lo que ocurriría después, aunque la no intervención directa de las potencias en estos conflictos evitó una escalada bélica mayor.

Pero esa tensión sin guerra terminó el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque y sucesor al trono austrohúngaro Francisco Fernando fue asesinado por radicales serbios en la ciudad bosnia de Sarajevo, lo que provocó la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia. Los mecanismos de alianzas diagramados en los años anteriores se activaron consecutivamente y desembocaron en el peor conflicto mundial que la humanidad había vivido hasta entonces.

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