Congreso de Viena: cuando Europa quiso aniquilar la democracia (y no pudo)

Congreso de Viena: cuando Europa quiso aniquilar la democracia (y no pudo)

Con la derrota de Napoleón, las monarquías de Europa intentaron erradicar cualquier vestigio revolucionario y restaurar el orden previo a través del absolutismo. Para ello, fue clave la realización del Congreso de Viena, donde las potencias diseñaron un nuevo esquema del viejo continente.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

Sin dudas, las políticas expansionistas del emperador francés Napoleón Bonaparte provocaron un absoluto cambio de paradigma en la Europa de comienzos del siglo XIX. Los ideales de la Revolución Francesa de 1789 que estallaron en París se propagaron con fiereza por el resto del continente gracias a las actuaciones bélicas del líder galo, quien nunca ocultó sus deseos de amasar grandes cuotas de poder, ya fuera mediante anexiones territoriales o la instauración de gobiernos títeres favorables a sus intereses.

Con la doble derrota de Napoleón en 1814 y 1815, las monarquías europeas se vieron en la necesidad de erradicar cualquier vestigio revolucionario e incluso democrático, restaurando el orden previo a través del absolutismo. Para ello, fue clave la realización del Congreso de Viena, donde las potencias diseñaron el futuro del continente.

Napoleón Bonaparte, declarado Emperador de los Franceses en 1804, había conquistado con sus ejércitos buena parte de Europa. Para principios de 1812, Francia tenía bajo su dominio, directamente o a través de gobiernos títeres, un territorio que se extendía desde España hasta Polonia, a los que se sumaron países aliados como Dinamarca, Baviera y Suiza.

Sin embargo, la Guerra de Independencia en España (donde gobernaba su hermano José), iniciada en 1808, y la desastrosa intervención militar en Rusia entre 1812 y 1813, supusieron un punto de inflexión en las campañas francesas y marcaron el comienzo del fin para la hegemonía de Napoleón.

Las derrotas en Leipzig (19 de octubre de 1813) y Waterloo (18 de junio de 1815), con una abdicación y recuperación del poder (el llamado periodo de los Cien Días) de por medio, supusieron la derrota definitiva de Francia y la restauración monárquica de la Casa Borbón, con la renuncia definitiva de Napoleón al trono el 4 de abril de 1814.

Napoleón Bonaparte.

La caída del sistema napoleónico fue posible gracias a una serie de siete coaliciones consecutivas lideradas principalmente por Prusia, Austria, Gran Bretaña y Rusia, a los cuales se sumaron paulatinamente las fuerzas absolutistas de España, Portugal y los Estados italianos.

Tras la derrota napoleónica y la asunción de Luis XVIII el 6 de abril de 1814, los aliados firmaron con el nuevo gobierno monárquico francés un tratado en París. A pesar de ser vencida en el campo de batalla, Francia no padeció severas consecuencias: apenas vio cercenados algunos territorios de frontera y tuvo que pagar una indemnización de 700 millones de francos, además de tener como condición un ejército reducido en personal y armamento.

Esta tibieza de las potencias vencedoras se debió a que no querían una reacción francesa frente a una posible humillación por la derrota, teniendo en cuenta el deseo (sobre todo del Reino Unido) de mantener un equilibrio de poderes y una paz lo más duradera posible.

La reunión en Viena

Los representantes de todas las monarquías europeas se reunieron en la capital austríaca a partir del 1 de octubre de 1814, después de la firma del Primer Tratado de París, bajo el patrocinio de las cuatro potencias vencedoras: Reino Unido, Austria, Prusia y Rusia.

Los objetivos principales del evento eran alcanzar un acuerdo que permita una restauración del absolutismo y subyugar los movimientos democráticos y liberales que explotaron en la etapa napoleónica. Asimismo, se buscó delimitar un equilibrio de fuerzas a nivel continental y poner fin a las incertidumbres políticas entre los Estados.

Los países europeos se reunieron en Viena para decidir el futuro de Europa.

Aunque las negociaciones comenzaron con el pie derecho, no pasó mucho tiempo para que las potencias mostraran sus desacuerdos. Por ejemplo, Rusia exigió la anexión completa del entonces Gran Ducado de Varsovia, sucesor de la antigua Mancomunidad de Polonia-Lituania, mientras que Prusia reclamó Sajonia. Ambos planteos no fueron del agrado de Austria, que no quería una Prusia más fuerte que pudiera amenazar el equilibrio alemán ni una Rusia que ejerciera de contrapeso en el este europeo. Tampoco eran bienvenidos por el Reino Unido, que recelaba de los Romanov y desconfiaba de los prusianos. Gracias a ello, Francia pudo reforzar su débil posición en las negociaciones.

En medio del congreso, el Reino Unido, Austria y Francia firmaron un tratado secreto para aliarse en caso de ir a la guerra contra Rusia y Prusia. Ante esto, los representantes rusos debieron ceder en sus pretensiones y se conformaron con una Polonia más reducida (la llamada Polonia del Congreso), al igual que los prusianos hicieron con Sajonia.

Dichas debilidades fueron percibidas por Napoleón, recluido desde su derrota en 1814 en la isla de Elba. Al escaparse de la prisión y posteriormente tomar París a principios de 1815, el general francés puso en aprietos a las potencias, que tuvieron que acelerar las negociaciones para alcanzar un acuerdo de manera más rápida.

Los resultados

Con la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, las potencias aliadas encaminaron las conversaciones a terrenos más conciliatorios y el 9 de junio de 1815 firmaron el documento final que dio por finalizado el Congreso de Viena.

Tal como podría suponerse, las potencias vencedoras fueron las más favorecidas. El Reino Unido resultó el gran ganador: obtuvo el reino de Hannover como posesión personal del rey Jorge III, la isla alemana de Helgoland, el archipiélago de Malta y las colonias ultramarinas de El Cabo y Ceilán. Así afianzó su poderío marítimo socavado por la guerra anglo-estadounidense (1812-1814) y se ganó el mote de primera potencia mundial.

Mapa de Europa tras el cierre del Congreso de Viena.

Otro de los grandes beneficiados fue Rusia, que obtuvo gran parte de Polonia, Finlandia (antigua posesión sueca) y Besarabia, esta última arrebatada al Imperio Otomano. Con estas ganancias, los zares Romanov se convirtieron en un árbitro internacional de la política europea e incrementaron su “padrinazgo” sobre los pueblos eslavos que estaban bajo dominación turca.

Por su parte, Prusia se anexionó casi toda Sajonia y los territorios polacos no concedidos a los rusos. También aumentó su influencia sobre los antiguos estados de la Confederación del Rin. En tanto, Austria amplió sus dominios sobre los Balcanes, con la incorporación de la península de Istria, recuperó las posesiones italianas de Lombardía-Milanesado y sumó el antiguo territorio de la República de Venecia.

Además, Austria y Prusia crearon la Confederación Alemana, que aglutinaba a 38 estados germánicos y fungía como reemplazo de la napoleónica Confederación del Rin, para mantener un equilibrio en la región que de todas formas no dudaría demasiado tiempo.

El Imperio Otomano, aliado de la Francia napoleónica, conservó la mayoría de sus posesiones en los Balcanes, pero a costo de perder definitivamente los territorios perdidos que habían sido ocupados por Rusia y Austria. Tampoco pudo conseguir algún tipo de apoyo en la batalla contra los serbios, quienes finalmente consiguieron cierto grado de autonomía como un Principado pocos meses después.

Por otro lado, en España y Portugal fueron restituidas las casas de Borbón y Braganza, respectivamente. Sin embargo, hasta ahí llegó la benevolencia de las potencias. España no consiguió apoyo internacional para sofocar las rebeliones independentistas en sus colonias americanas y la corona portuguesa se vio amenazada por la corriente liberal, por lo cual permaneció radicada en Brasil tal como lo estaba desde 1808.

Pese a recuperarse tras la intervención napoleónica, España no consiguió apoyos para combatir la causa patriota en sus excolonias americanas.

Además, aprovechando que grandes extensiones territoriales quedaron fuera de los repartos territoriales de las potencias, el Congreso de Viena amplió pequeños Estados y reinstauró otros, con el objetivo de crear países “tapones” que protegieran las fronteras de Europa central y oriental ante un hipotético nuevo avance francés.

Los Países Bajos recibieron la actual Bélgica (ex territorio austríaco que había sido arrebatado por Napoleón) y retomaron el sistema monárquico bajo la dinastía Orange; se garantizó la independencia de Suiza que además amplió sus dominios con la anexión de Ginebra, Valais y Neuchatel. Además, Dinamarca perdió Noruega, que fue entregada a Suecia, pero recuperó Holstein.

De todos modos, los mayores cambios ocurrieron en la península italiana. El Reino de Cerdeña recuperó el Piamonte e incorporó Liguria y la antigua República de Génova, convirtiéndose en el Estado más poderoso de la región. Por otra parte, se restablecieron los Estados Pontificios y el Reino de las Dos Sicilias, además que se reincorporaron los ducados de Toscana y Parma, donde gobernaron nobles austríacos.

En resumen, el Congreso de Viena resultó beneficioso para las potencias vencedoras y cumplió uno de sus principales objetivos: la restauración del absolutismo en Europa. Sin embargo, los ideales democráticos y republicanos nunca se silenciaron e incluso fueron factores de presión hacia las monarquías, que se vieron acorralados y tuvieron que realizar sustanciosas concesiones a la burguesía.

Pese a esos intentos, las revoluciones de 1830 y 1848, además de los movimientos nacionalistas en Europa oriental, terminaron por sepultar el absolutismo y obligaron a rediseñar todo un aparato político más volcado hacia los derechos de los ciudadanos y a nuevos conceptos de gobierno.

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