Risorgimento: el arduo camino de la unificación en Italia

Risorgimento: el arduo camino de la unificación en Italia

Durante gran parte del siglo XIX, los nacionalistas italianos tuvieron que enfrentarse a las traiciones de las potencias continentales, los recelos de las autoridades de los distintos Estados peninsulares y la propia oposición de la Iglesia y la nobleza.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

Italia fue uno de los últimos grandes países de Europa que logró unificarse en un Estado centralizado, acabando con siglos de fragmentación política que desgarraron la península a costa de una identidad nacional que, sin embargo, nunca menguó. Pero dicho proceso no fue sencillo. Durante gran parte del siglo XIX, los nacionalistas italianos tuvieron que enfrentarse a las traiciones de las potencias continentales, los recelos de las autoridades de los distintos Estados peninsulares y la propia oposición de la Iglesia y la nobleza, que se negaban a ceder su poder que habían cimentado con tanto ímpetu gracias a ese juego político.

Desde que finalizó el Imperio Romano en el siglo V, Italia estuvo dividida en diversos dominios que respondían a los esquemas feudales de la época pero que, en algunos casos alcanzaron cierta evolución política a lo largo de la Edad Media, como Génova y Venecia, que se vieron favorecidas por el dominio del comercio marítimo en el Mediterráneo. También surgieron algunos reinos más o menos constituidos, como Nápoles y Sicilia, que sin embargo estuvieron casi continuamente bajo tutela francesa o española. Otras regiones, como Siena, Florencia y Milán, prosperaron durante la época del Renacimiento debido a su impronta como sedes financieras o mecenas de las corrientes artísticas.

Sin embargo, estos países estuvieron subordinados en mayor o menor medida a los intereses y caprichos de las potencias de Europa. De hecho, recién con el desarrollo del concepto Estado-nación a partir del siglo XVII y, sobre todo, con el estallido de la Revolución Francesa en 1789, el nacionalismo italiano vio la oportunidad de avanzar hacia la creación de un Estado unificado que fuera lo suficientemente sólido como para lograr un lugar en el concierto geopolítico del viejo continente.

Los primeros intentos

Curiosamente, el puntapié inicial del Risorgimento italiano lo dio un extranjero: Napoleón Bonaparte. En su cruzada por extender los ideales de la Revolución francesa al resto de Europa, y dominar al continente implantando su propio imperio personalista, Bonaparte fundó pequeñas repúblicas en el norte de la península a finales del siglo XVIII que luego, ya como emperador, unificó bajo el efímero Reino de Italia en el que se coronó él mismo.

Tras la caída del dominio napoleónico y el reparto establecido por el Congreso de Viena, Italia volvió a la fragmentación política, con Austria consolidando su hegemonía en el norte (Milán y Venecia), los Estados Pontificios dominando la región central y Nápoles retomando el control en el sur, pero la mecha nacionalista no se apagó, especialmente en el Piamonte-Cerdeña, que se transformó en el epicentro del Risorgimento. Escritores como Alessandro Manzoni, Giacomo Leopardi y, sobre todo, Giuseppe Mazzini, fogonearon la causa unificadora desde sus distintas posturas. También fue muy importante la sociedad secreta de los Carbonarios, nacida durante la ocupación napoleónica.

Algunas pequeñas rebeliones entre 1820 y 1835 en distintas ciudades italianas fueron fácilmente repelidas por las autoridades, sobre todo Austria, que había logrado mantener una tácita alianza con la Iglesia y otras monarquías italianas para sostener sus posesiones y actuar como árbitro de las disputas internas, a costa de debilitar su propia posición entre los Estados alemanes cada vez más influenciados por Prusia.

Napoleón Bonaparte

Las guerras contra Austria

La primera guerra de Independencia en Italia ocurrió en 1848, en el marco de la nueva Revolución que cundió gran parte de Europa ese mismo año. Varias ciudades italianas como Milán y Venecia, se rebelaron contra los austríacos, lo fue la excusa perfecta para que el reino de Piamonte-Cerdeña, bajo el mando del rey Carlos Alberto, declarara la guerra a Austria para comenzar su proyecto de unificación.

A pesar de las victorias iniciales y la debilidad austríaca, los piamonteses no pudieron mantener la ventaja militar, sobre todo por la retirada de las tropas pontificias y del Reino de las Dos Sicilias, que temían una avanzada de Carlos Alberto sobre sus dominios. Gracias a los tejes y manejes de los intereses sectoriales eclesiásticos y nobiliarios, Austria ganó la contienda y sofocó las rebeliones.

Sin embargo, un año más tarde los insurgentes italianos volvieron a la carga bajo el mando de Giuseppe Garibaldi (quien había retornado a la península tras su participación en las guerras civiles de Sudamérica), logrando tomar Roma mientras el papa Pío IX huía de la ciudad. Pero la intervención de Francia, donde la monarquía fue restaurada bajo la dinastía Borbón, puso fin a la insurrección. Lo mismo ocurrió en Venecia, que cayó nuevamente bajo el yugo austríaco.

El impulso nacionalista del Conde de Cavour

El panorama dio un giro importante en 1852. Previamente, la derrota ante Austria hizo que Carlos Alberto abdicara en favor de su hijo Víctor Manuel II, que quería retomar la iniciativa de la unificación a toda costa. Para ello, y con una reforma constitucional que amplió las capacidades del gobierno civil, el nuevo monarca confió la administración a Camillo Benso, conde de Cavour, un aristócrata liberal que modernizó el reino y lo preparó para una eventual guerra unificadora.

De todos modos, Cavour reconoció que los anteriores intentos nacionalistas fueron un fracaso por la falta de apoyo de otras potencias europeas. Para ello, buscó aliados que pudieran hacer frente a los austríacos, que mantenían sus alianzas con el Papa y los borbones de Nápoles-Sicilia.

El conde de Cavour fue el principal promotor del Risorgimento.

Con ese objetivo, Piamonte-Cerdeña participó junto a Gran Bretaña y Francia en la Guerra de Crimea contra Rusia, y gracias a la victoria aliada, Cavour logró convencer al emperador francés Napoleón III de apoyar la causa piamontesa en una eventual guerra contra Austria. Sin embargo, Francia pidió a cambio un precio muy alto: Víctor Manuel II debía ceder las regiones de Saboya y Niza, la Toscana y Dos Sicilias pasarían a ser protectorados franceses y la ciudad de Roma conservaría el gobierno papal.

Acordados estos puntos, Piamonte-Cerdeña inició una serie de provocaciones por las que Austria le declaró la guerra el 23 de abril de 1859, dando comienzo a la Segunda Guerra de Independencia. Con la neutralidad de Gran Bretaña, Rusia y Prusia, que querían ver debilitada la monarquía de los Habsburgo, la alianza franco-piamontesa logró importantes victorias contra los austríacos.

Sin embargo, Napoleón III comenzó a visualizar varias amenazas: las cada vez más intensas insurrecciones populares en el centro de la península, las cuantiosas pérdidas que sufría en el campo de batalla y la amenaza de que Prusia (enemiga de Francia) pudiera intervenir en el conflicto. Por ende, Francia apresuró los planes y firmó la paz sin consultar con sus aliados italianos, quienes tuvieron que aceptar a regañadientes la capitulación.

El Tratado de Zúrich a fines de 1859 estableció la cesión de Lombardía a Piamonte-Cerdeña, mediante una triangulación con Francia. Pero Austria conservó Venecia y las posesiones en Dalmacia (actual Croacia); además se restituyeron a los príncipes del norte que habían sido depuestos. Por su parte, Víctor Manuel II tuvo que cumplir sus promesas y entregó Saboya y Niza a Francia, lo que provocó la renuncia de Cavour y un resentimiento antifrancés entre los italianos.

La Segunda Guerra de la Independencia italiana (1859) supuso avances territoriales para Italia, pero aún quedaba mucho por recorrer.

Giuseppe Garibaldi, el rebelde que finiquitó la unificación

Al año siguiente, y por pedido expreso del rey Víctor Manuel II, Cavour volvió al gobierno piamontés, pero decidió cambiar su estrategia. En vez de fomentar una guerra directa, Piamonte-Cerdeña apoyó activamente nuevas insurrecciones en el centro peninsular, facilitadas gracias al tácito apoyo del Reino Unido, que recelaba del poder de Francia. Así, para marzo de 1860, Víctor Manuel II logró anexar, mediante una serie de plebiscitos, la Toscana, Módena y Parma, lo que le permitió iniciar una nueva fase del Risorgimento.

Mientras tanto, la delicada situación política y social en el Reino de las Dos Sicilias había dejado al descubierto el pobre liderazgo del rey Francisco II, que ansiaba mantener el modelo absolutista a toda costa. Por ende, en abril de 1860 estallaron varias insurrecciones populares contra la monarquía borbónica, lo que fue aprovechado por los piamonteses para alentar una nueva rebelión.

Al mes siguiente, y por encargo de Cavour, Garibaldi reapareció con una expedición militar de más de 1.000 hombres, conocida popularmente como la Expedición de los Camisas Rojas, que desembarcó en Sicilia y logró someterla en pocos días. Desde esa isla ingresó a la Campania, epicentro del reino borbónico, donde arrasó con las tropas enemigas e ingresó triunfante a Nápoles el 7 de septiembre de 1860. Un plebiscito confirmó la anexión de las Dos Sicilias a Piamonte-Cerdeña, aunque recién al año siguiente Francisco II se rindió en la ciudad de Gaeta y partió al exilio. 

Garibaldi quiso continuar su avanzada hacia los Estados Pontificios y tomar Roma, una cuenta pendiente tras la fracasada insurrección de 1849, pero Cavour lo instigó a abandonar sus planes por miedo a encarar una guerra contra Francia, que custodiaba los dominios papales. De todos modos, los insurgentes tuvieron que contentarse con la liberación de Umbría y Las Marcas, anexadas a la unificación mediante sendos plebiscitos.

El 14 de marzo de 1861, un Congreso reunido en Turín renombró a Piamonte-Cerdeña como Reino de Italia y proclamó a Víctor Manuel II como su soberano. Esto supuso una derrota para Garibaldi y los republicanos, que deseaban una democracia plena en el flamante Estado, aunque la nueva Constitución garantizó el parlamentarismo con acceso de civiles. Gran Bretaña, primero, y Francia, después, fueron los primeros países en reconocer a la nueva nación. Así se cumplió uno de los principales objetivos de Cavour, quien falleció tres meses después.

Giuseppe Garibaldi.

Lo que faltaba: Venecia y Roma

A pesar del éxito indiscutido, Víctor Manuel II quería terminar con el proceso de unificación y avanzar sobre las únicas regiones italianas que aún no estaban bajo su dominio: Venecia y Roma. Un acontecimiento externo le dio una oportunidad: a mediados de 1866, las tensiones entre Prusia y Austria en la Confederación Germánica derivaron en la Guerra de las Siete Semanas (o guerra Austro-prusiana), situación que Italia aprovechó para aliarse con los prusianos y arrebatarle el Véneto a los austríacos.

Sin embargo, la invasión italiana cayó en una suerte de punto muerto. Las sucesivas pero débiles victorias de Víctor Manuel II fueron contrarrestadas con estrepitosas derrotas en batallas de suma relevancia. De todos modos, la victoria definitiva de Prusia garantizó la desventaja de los austríacos en la mesa de negociaciones, cuyo patrocinante fue el propio Napoleón III.

Tras la finalización de la guerra Austro-prusiana, que significó la consolidación del poder en la nueva Alemania bajo el mando del canciller prusiano Otto von Bismarck, Italia logró la ansiada anexión de Venecia y su zona de influencia, incluyendo las antiguas posesiones de la república veneciana en Dalmacia.

Solo faltaba Roma, la verdadera ‘joya’ de Italia. En 1870, aprovechando que Francia había retirado sus tropas de los Estados Pontificios para combatir contra Prusia en la Guerra Franco-prusiana, los ejércitos de Víctor Manuel II marcharon hacia la ciudad para forzar la rendición de la Iglesia. Sin embargo, el papa Pío IX se negó rotundamente a las condiciones impuestas por los italianos.

Finalmente, y luego de algunas escaramuzas en los alrededores, el 20 de septiembre de 1870 las tropas italianas ingresaron a Roma y se adueñaron de la ciudad. Sin embargo, Pío IX no cedió y se declaró prisionero en la ciudadela del Vaticano. Como sucedió con otros territorios, se celebró un plebiscito que ratificó la anexión de la ciudad a Italia, por lo que en 1871 fue declarada capital del reino.

Con ello, se consolidó un proyecto de raíces muy antiguas pero que recién pudo materializarse varios siglos después gracias a la habilidad estratégica y diplomática de Víctor Manuel II y el conde de Cavour, que supieron interpretar correctamente las alianzas con sus vecinos, aunque algunas veces se pagaron costos desproporcionadamente elevados.

Las fronteras italianas fijadas en 1870 se mantienen en la actualidad con algunos cambios. Las regiones de Trentino y Alto Adigio, conocidas anteriormente como Tirol del Sur y con una significativa población de habla alemana, fueron obtenidas de Austria tras la Primera Guerra Mundial, al igual que la estratégica ciudad de Trieste. Pocos años después, en 1929, Italia firmó con la Santa Sede los denominados Pactos de Letrán, que significaron la normalización de relaciones entre ambos países y la instauración de la soberanía papal en la Ciudad de Vaticano.

Sin embargo, el sueño irredentista de una Gran Italia que abarque también Saboya, Niza, Córcega, la costa croata y Malta, antiguas posesiones que en algún momento pertenecieron a los reinos italianos, no pudo verse concretado. Lo más cerca que estuvo de cumplirse fue bajo el régimen fascista de Benito Mussolini (1922-1945), pero quedó definitivamente pulverizado tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

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