"En la ruina y profundamente endeudado": así murió, hace 100 años, Mehmed VI, el último sultán del Imperio otomano
Mehmed VI Vahideddin había llegado al poder, en 1918, tras la muerte de su hermano. Ante sí, tenía un imperio, de casi 600 años de historia, que se tambaleaba.
"No me senté en el cojín de plumas del trono, me senté sobre las cenizas del fuego", dijo Mehmed VI Vahideddin, el último sultán del Imperio otomano.
Había llegado al poder en 1918, tras la muerte de su hermano Mehmed V Reshad.
Ante sí, tenía un imperio que se tambaleaba, que iba dejando atrás aproximadamente 600 años de historia de la dinastía osmanlí.
Fue el último emperador de la que fue una superpotencia que, en su máximo apogeo, se expandió por tres continentes.
"Le tocó un mal momento para ser sultán", le dice a BBC Mundo el escritor turco Kaya Genç.
Es difícil imaginar los últimos días de Mehmed VI en el Estambul de 1922.
"Es un momento realmente conmovedor y trágico para él, en el sentido de que está solo, no tiene amigos, su palacio está vacío", le cuenta a BBC Mundo el historiador Ryan Gingeras.
"Y se sube a un barco británico y simplemente se marcha, sin necesariamente tener un destino claro".
Para algunos resulta más difícil imaginar que el último sultán de una dinastía que tuvo a líderes tan poderosos como Solimán "el magnífico", Mehmed II "el conquistador" o Selim I "el severo", muriera tan endeudado que su ataúd fue confiscado hasta que las cuentas quedaron saldadas.
Y eso ocurrió hace 100 años.
Buscando fondos
El 16 de mayo de 1926, tras sufrir de un problema cardíaco, Mehmed VI murió en Italia, país donde se exilió.
El sitio de noticias Türkiye Today publicó, en 2025, el artículo titulado "Recordando al sultán Mehmed VI Vahideddin: El último monarca otomano".
Según el académico turco Ekrem Bugra Ekinci, quien es citado en el texto, el sultán se había quedado "sin dinero", e incluso tuvo que vender sus medallas.
"Debajo de su almohada había recetas de medicamentos que no pudo costear".
Debido a las deudas que contrajo, "los acreedores embargaron su ataúd", lo cual retrasó su funeral y entierro.
Pero una de sus hijas, Sabiha Sultan, logró recaudar suficiente dinero y consiguió que su padre fuese trasladado a Damasco, donde fue enterrado, le cuenta Genç a BBC Mundo.
Las finanzas se habían convertido en un problema para el círculo íntimo de Mehmed VI.
"No tenían patrocinadores ni nadie que les mandara dinero".
Y cuando la muerte llegó, lo encontró "en la ruina y profundamente endeudado", escribió Genç en el ensayo "La larga sombra del último sultán otomano", publicado en New Lines Magazine.
"Fue una muerte triste y solitaria", dice.
Duda, miedo
Mehmed VI nació en enero de 1861 y ese mismo año perdería a su padre, el sultán Abdulmecid I. Pocos años después moriría su madre.
Tras ser criado bajo una tutela especial, "se convirtió en un hombre de intelecto, moderación y profundo conocimiento religioso", indica el reportaje de Türkiye Today.
Llevaba "una vida tranquila" en una mansión en Cengelkoy, que le había obsequiado su hermano, el sultán Abdul Hamid II.
Pero las épocas de serenidad quedarían en el pasado cuando tuvo que asumir el poder.
"Mehmed VI hereda una situación muy difícil que tampoco supo gestionar muy bien", le indica a BBC Mundo Darina Martykánová, profesora de Historia y de Estudios Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid.
"No estaba preparado para lo que le tocó. No era que estuviese al margen de la política cotidiana o que fuera un hedonista".
Tampoco era una persona "hambrienta de poder". Fue alguien que, de repente, se encontró con lo que parecía ser una bomba de tiempo.
"Se nota mucho desde el inicio, porque incluso dudó si aceptar. Era el heredero asignado, pero no estaba nada entusiasmado con esa opción. Aceptó, pero era muy consciente de que el Imperio otomano se encontraba en una situación horrible".
Además, el nuevo sultán tenía fresco el recuerdo de lo que le pasó a Abdul Hamid II, quien fue un sultán neoabsolutista que primero fue reducido a monarca constitucional en 1908 por la revolución de los Jóvenes Turcos y luego fue depuesto en 1909.
Tras restablecer la monarquía constitucional, los Jóvenes Turcos, nombraron a Mehmed V, hermano de Abdul Hamid II, como nuevo sultán.
Los Jóvenes Turcos, que constituyeron un partido nacionalista y reformista, gobernaron entre 1908 y 1918.
"Creo que (Mehmed VI) quedó traumatizado con lo que los Jóvenes Turcos le hicieron a su familia, temía lo que podían hacer", indica Genç, quien es autor de varios libros, entre ellos Under the Shadow: Rage and Revolution in Modern Turkey ("Bajo la sombra: Ira y revolución en la Turquía moderna").
El imperio que recibió
En julio de 1918, Mehmed VI tomó posesión como monarca constitucional.
El Imperio otomano estaba devastado por la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que se alineó con las potencias centrales (el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro).
Ryan Gingeras es profesor en la Naval Postgraduate School, en Estados Unidos, y autor de varios libros, entre ellos "Los últimos días del Imperio otomano".
Cuenta que cuando Mehmed VI ascendió al trono, tenía dos cosas muy claras: "Que se estaba haciendo cargo de un imperio que se tambaleaba al borde del colapso y que él realmente no tenía mucho poder".
Genç nos recuerda que meses después de iniciado su reinado, el Imperio otomano concedió la derrota en la Primera Guerra Mundial.
Días después, el gobierno en funciones se disolvió y el Comité de la Unión y del Progreso, el partido de los Jóvenes Turcos, se desintegró.
Ese cambio de circunstancias le dio al nuevo sultán un poco de margen de maniobra para intentar influir en los asuntos del Estado.
Pero no fue fácil, no solo se había perdido la guerra, sino que la sociedad estaba devastada.
"Estambul estaba al borde del caos, los alimentos básicos escaseaban, había racionamiento de combustible y cortes de electricidad frecuentes", escribió Genç en su ensayo.
A eso se sumaba la presencia de las potencias aliadas.
"Durante unos años, los soldados británicos, italianos, franceses, están en Estambul y hay mucha confusión sobre lo que quiere el sultán: ¿quiere ceder, colaborar con los británicos u organizar algo en su contra?", le dice el autor a BBC Mundo.
Una decisión
Gingeras cuenta que Mehmed VI, con el respaldo de un pequeño número de aliados en la capital, intentó equilibrar dos desafíos: por un lado, la ocupación extranjera y, por el otro, una rebelión creciente contra la misma.
"No se rinde totalmente a la ocupación, pero tampoco ve necesariamente a la rebelión como su aliada, especialmente por el hecho de que está liderada por miembros de la antigua junta de gobierno, específicamente, los Jóvenes Turcos".
En ese contexto, Mustafá Kemal Atatürk se convirtió en una figura fundamental en el movimiento nacionalista de liberación que apostó por la lucha armada contra fuerzas extranjeras.
En 1920, el sultán autorizó a los delegados otomanos para que firmaran el Tratado de Sèvres junto a las potencias aliadas vencedoras de la Primera Guerra Mundial.
"Lo firma por dos razones: una es que pensaba que, como mínimo, resolvería la cuestión de la guerra y la otra es que pondría fin a lo que él consideraba era la base de la rebelión liderada por Mustafá Kemal", apunta el historiador.
"Pero acaba siendo una decisión realmente trágica para él".
De acuerdo con el experto, no había manera de que ese tratado se llegara a implementar.
Esa decisión "lo deslegitimó totalmente no solo a los ojos de los rebeldes, sino también ante la mirada de gran parte de la población, porque básicamente se rinde, entrega la gran mayoría de lo que queda del Imperio otomano a Gran Bretaña, Francia, Italia, Grecia, Armenia".
El tratado nunca se ratificó y se reemplazó por el Tratado de Lausana de 1923, que reconoció el territorio de la República de Turquía.
Días contados
La posición de Mehmed VI se volvió realmente insostenible, especialmente cuando condenó al movimiento nacionalista.
Muchos, en su país, lo veían como un traidor con una clara afinidad por el imperio británico.
Sin embargo, hay otras interpretaciones que ven su deseo por proteger el Estado otomano.
"Con la esperanza de evitar una mayor ruina, el sultán intentó cooperar con los británicos, creyendo que era el único camino hacia la paz", señala Türkiye Today.
En 1922, la rebelión liderada por Kemal triunfó y expulsó a las potencias extranjeras.
El 1 de noviembre de ese año, los nacionalistas reunidos en una Asamblea Nacional, en Ankara, decidieron deponer al sultán y abolir el sultanato.
Ante el temor de cómo sería tratado, Mehmed VI decidió irse del país, el 17 de noviembre, con ayuda de los británicos.
Junto a su hijo y otros allegados, se llevó lo que pudo en el buque en el que lo sacaron y, en diciembre, llegó a Malta.
"Vive el resto de su vida en la Riviera italiana, como una sombra de sí mismo", indica Gingeras.
"No es un exilio dorado", señala la profesora Martykánová.
Y es que Mehmed VI era muy religioso y pidió que le permitieran vivir en un país de mayoría musulmana.
"Pero los británicos se negaron porque pensaban que les podía traer problemas, que quizás podía iniciar una rebelión".
Y él mismo se dio cuenta de que su deseo de estar cerca de los lugares sagrados del islam podría llevar a que lo percibieran como un "títere de los británicos" o, incluso, a convertirse en uno.
Genç cree que la decisión de dejar que el sultán se exiliara fue "un movimiento calculado" por parte del nuevo liderazgo turco.
No hubo juicios, encarcelamientos, derramamiento de sangre de la familia real, "simplemente se les permitió escapar de forma civilizada".
"Pero también dejaron claro que no podían regresar porque legalmente no poseían nada en un país republicano".
"Todos sus bienes y propiedades fueron confiscados, no pudieron transferir su dinero".
"Fue un momento difícil para el último sultán, que sufrió el destino de una familia que vivió con gran riqueza durante muchos siglos".
"Hay quienes lo pueden ver como una especie de justicia histórica, mostrarle al último sultán, cuyos antepasados vivieron con tanta gloria, cómo era vivir con modestia".
El 29 de octubre de 1923 nació la República de Turquía.
En su nuevo hogar, Mehmed VI vivió por un tiempo bajo la protección de Benito Mussolini, quien lo llamó: "Majestuoso emperador otomano".
Pero nunca se sintió realmente seguro.
"Llevaba un revólver en el bolsillo, creo que tenía un miedo constante de ser asesinado porque era una época en que había un sentimiento antimonárquico en todo el mundo", cuenta Genç.
La costumbre que se perdió
Que el último sultán del imperio otomano muriera endeudado respondió a múltiples factores.
Uno de ellos tiene su origen varios siglos atrás, cuando los sultanes dejaron de hacer algo: casarse con princesas de otras dinastías.
Esa costumbre, señala Martykánová, se fue perdiendo en los siglos XVI, XVII y XVIII, "cuando se convierten en un gran imperio".
La profesora explica que, en los primeros siglos del estado otomano, cuando estaba en expansión, hubo matrimonios entre sultanes y princesas, por ejemplo, bizantinas, de los Balcanes, musulmanas de los pequeños estados en Anatolia.

En algunas uniones hubo motivaciones políticas y estratégicas. Por ejemplo, para crear o reforzar alianzas, se escogían como esposas las hijas de otros líderes de la región.
Así nos lo contó Ebru Boyar, historiadora y profesora en la Universidad Técnica del Medio Oriente, en Turquía, en un reportaje de 2023 sobre el rol de las esclavas y las concubinas en el proceso de sucesión del Imperio otomano.
Pero llegó un momento en que los sultanes empezaron a preferir que las mujeres del harén fuesen las madres de sus hijos.
Y así, señalaba Boyar, fueron dejando de lado las mujeres que tuvieran conexiones, "una ventaja política" por pertenecer a ciertas familias, como, por ejemplo, ser hija del gobernante de un principado.
Y eso, explica Martykánová, tendría consecuencias a largo plazo.
Cuenta que en las dinastías que estaban interconectadas, como en Europa, a un rey le parecía humillante que alguno de sus parientes, por ejemplo, sus primos segundos, tras haber gobernado otro país y caer en desgracia, vivieran mal.
"Entonces les financiaba el exilio para que vivieran con cierto esplendor".
Pero, la familia otomana ya no estaba conectada con las dinastías europeas, "ya no tenían primos que estuviesen reinando o gobernando en algún lugar que les pudieran mandar dinero".
"Cuando llega el exilio no tienen a nadie que los auxilie".
Cuando Mehmed VI salió de Turquía, junto a su familia, no tenía parientes en posiciones de poder en otras partes.
Sin embargo, para Martykánová es importante poner la situación del sultán en perspectiva.
"Su pobreza era relativa, nuestros antepasados en esa época vivían de una forma más pobre", dice la profesora.
Era pobreza para un exemperador que ya no tenía acceso al dinero que provenía de su estatus de gobernante y tuvo que endeudarse para mantener a su familia.
Pero reconoce que "la última fase de su vida fue muy triste, muy complicada".

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FUENTE: BBC

