Cuentos de verano: Ramiro Tapiz
Tatacombo
Por la mañana observando las pimpantes lechugas del huerto advertí que dos caracoles se comían mis lechugas en gustosa armonía. Así es que decidí construir un espantapájaros para que cuidase el huerto y lo llamé Tatacombo en honor al gran poeta Oliverio. Al otro día volví al huerto y los caracoles no solo se habían comido la lechuga sino también la albahaca y el perejil, dejando una huella brillante de baba seca que tornasolando se mecía con la brisa matinal, entonces hablé con el espantapájaros y le dije: -Tatacombo, te quedaste dormido anoche- y Tatacombo me miró con sus ojos de paja y comprendí que su naturaleza era la de espantar pájaros no caracoles, del mismo modo que los caracoles no se asustaron de Tatacombo porque ellos no tienen alas.
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Como quisiera yo también que algún día, cuando me vaya, pudiera dejar detrás mío un sendero frágil y brillante de iridiscentes hebras bajo el sol de enero.
Por Ramiro Tapiz