Dossier secreto: cómo y por qué explotó la AMIA
El tema no deja de ser incómodo, aunque es increíblemente persistente. Tiene que ver con el atentado a la AMIA, ocurrido el 18 de julio de 1994 a las 9.53 de un frío lunes.
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La oposición legislativa se ha abroquelado para criticar ese documento, al tiempo que acusó al gobierno argentino de querer encubrir a los iraníes acusados.
Al mismo tiempo, el oficialismo insiste en negar lo innegable: que se firmó un pacto para culminar con la investigación de ese atentado.
Lo que nadie dice en voz alta —y que se rumorea en los corrillos de Casa de Gobierno— es que no hay una sola prueba contra Irán respecto a su eventual participación en el hecho de marras. Las acusaciones que suelen esgrimirse se basan en documentos secretos de la CIA y el Mossad que nunca han sido mostrados al fiscal especial del tema AMIA Alberto Nisman, pero que el funcionario menciona como dogma de fe una y otra vez.
Entonces, si no fue Irán ¿quién fue? ¿Cómo y por qué ocurrió lo que ocurrió?
A continuación, toda la verdad.
Siria, drogas y acuerdos non sanctos
Pocos recuerdan que Carlos Menem viajó a Siria en 1988 para entrevistarse con el dictador Hafezz Al Assad en el marco de la interna justicialista para las elecciones presidenciales argentinas y a efectos de solicitar fondos frescos para su campaña.
Nadie apostaba en esos días a que Menem pudiera ganar las elecciones internas y eso provocaba que este último no pudiera conseguir financistas que apoyaran su candidatura.
Al Assad, presidente de un país que sobrevive gracias al tráfico de drogas producidas en el sur del Líbano, pidió a Menem dos favores: que lavara parte del gran caudal de dinero que producía por la venta de estupefacientes y que le consiguiera tecnología nuclear.
Menem, en ese momento obnubilado por los millones de dólares que estaba recibiendo por parte de Siria, dijo a todo que sí, sin darse cuenta de que estaba sellando un pacto con una de las peores mafias del mundo. Estaba tan feliz que incluso prometió visitar Siria ni bien asumiera como presidente, como primer destino oficial.
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Con el poder en sus manos, Menem comenzó a abrir las fronteras a una sospechosa y cuantiosa inmigración siria y colocó a Ibrahim Al Ibrahim —un coronel de Inteligencia de esa nacionalidad íntimamente relacionado con Al Assad— en un alto puesto de la Aduana para permitir el ingreso de valijas con narcodólares tal cual había pedido Siria.
Pero no todo sería color de rosa. Los primeros meses de Gobierno menemista traerían de su mano las decepciones más inesperadas. Por presiones políticas varias, el reactor nuclear prometido a Siria nunca llegaría a destino y las valijas repletas de dólares esperando ser blanqueados serían descubiertas por investigadores españoles. Al mismo tiempo, Menem viajaba a Israel como presidente —enemigo declarado de Siria—, a pesar de lo que había asegurado a Al Assad.
Ante lo sucedido y a pesar de sus elocuentes promesas, Menem sólo atinó a soltar la mano de los sirios para proteger su propia imagen. Al Assad, quien finalmente tuvo que comprar pésima tecnología nuclear a China, estaba furioso. Al Ibrahim había sido procesado y Al Kassar escapaba de Argentina debido al comienzo de un largo proceso por radicación irregular en nuestro país. Era el comienzo de una venganza personal que culminaría con la muerte del hijo de Menem, el 15 de marzo de 1995.
Venganza perseguirás...
El 17 de marzo de 1992 estallaba la Embajada de Israel, mientras el entonces ministro del Interior, José Luis Manzano, recibía un documento de la SIDE que aseguraba que Al Kassar estaba en Buenos Aires y que podría estar relacionado con el atentado.
Manzano sólo atinó a cajonear la carpeta y asegurar —falazmente— que la explosión había sido producto de un coche bomba: una Ford F-100 cargada con Exógeno C-4. Lo único real era el explosivo, la camioneta no existía.
Menem, por su parte, denunció algo insólito: “este atentado me lo hicieron a mí”. Nunca explicó estas palabras y sólo dedicó su esfuerzo a tapar todos los indicios que conducían a los sirios en la investigación.
El tiempo borraría las huellas y la memoria.
La no investigación del atentado a la embajada de Israel envalentonó a los sirios, quienes empezaron a pergeñar un segundo mensaje que culminó el 18 de julio de 1994 cuando explotó la sede de la AMIA.
Otra vez las primeras pistas conducían a Siria y Menem fue más lejos que antes: ordenó que no se investigara a ningún ciudadano sirio y nuevamente habló crípticamente: “Les pido perdón”, aseguró ante el asombro de la gente. Nadie le preguntó por qué había hecho semejante comentario.
Los primeros sospechosos eran sirios y algunos de ellos demostraban tener estrecha confianza con Al Kassar. Pero no debía acusarse a Siria.
El mismo día del atentado a la AMIA, agentes de la CIA y el Mossad –servicios de Inteligencia norteamericano e israelí, respectivamente— dieron letra al Gobierno de Menem para que se inventara la historia de la Traffic—bomba y se acusara a Irán por lo sucedido. Siria era intocable: tenía negocios ocultos con Estados Unidos y traficaba armas con Israel. Irán, en cambio, era el enemigo natural de todos ellos y el mejor chivo expiatorio.
Mientras tanto, la conducción de AMIA y DAIA recibía millonarias sumas de dinero a cambio de no denunciar la desinvestigación del atentado. Todo estaba perfectamente armado.
Finalmente, en el marco de la guerra entre Menem y Duhalde —pelea de poder y drogas— fueron imputados varios policías de la provincia de Buenos Aires como parte de la conexión local del magnicidio. Los mismos policías que hace dos años salieron en libertad por falta de pruebas en su contra.
Concluyendo
Aún cuando parece que el manto de encubrimiento va cayendo frente al elocuente peso de la evidencia, todavía resta dilucidar el tema de la inexistente Traffic-bomba que sospechosamente la Justicia ha dejado en pie y que está demostrado que nunca existió.
Recordemos que la única testigo de haber visto la dichosa camioneta, Nicolasa Romero, se desdijo ante el Tribunal Federal Oral Nº 3 y confesó que la Policía Federal —para la que trabajaba— le había dado letra para hablar de la Traffic.
Aún falta mucho para que la verdad salga a flote. Solo basta revisar los primeros cuerpos del expediente AMIA para encontrar la evidencia que lleve a la verdad. Allí está todo, incluso la factura de compra de la bomba que explotó en la mutual judía.
Pertenece al sirio Nassif Hadad, quien jamás pudo explicar para qué compró más de 300 kilos de nitrato de amonio poco antes de que ocurriera el atentado ad hoc.
Esa cantidad de explosivo coincide con la que tiró abajo el edifico de la AMIA. Con el agregado de un escalofriante detalle: minutos antes de la explosión, un volquete fue acomodado frente a la puerta de la mutual judía.
Su dueño era, ni más ni menos, que Hadad.
Todo cierra.