#IndignadosPorCandela: que algo cambie
Este miércoles alertábamos desde MDZ sobre todo lo que no se estaba diciendo en torno a la desaparición de Candela. Hablamos entonces del rol que tiene el Estado, dijimos que se vio superado por un hecho criminal y que necesitó de una movilización solidaria que abarcó a todo el país para que el caso no cayera en el olvido.
Hay todavía muchas puntas sueltas en el caso. Pero resultaría ridículo sumarse ahora al tren de especulaciones. Mucho peor, apresurarnos en obtener una conclusión.
Pero hay una serie de cosas que señalamos en su momento y que creemos que deben ser tenidas en cuenta para que, de ser posible, esta tremenda movilización social y mediática consiga que nunca más haya un Caso Candela.
Entre ellas, digamos que es sorprendente que la Argentina no de señales desde su Estado de que trabaja con seriedad y sobre pistas firmes, de manera de transmitir tranquilidad a la población. No se percibe un gobierno fuerte del sistema de la seguridad y el territorio bonaerense sigue siendo un agujero negro que se traga todas las verdades y nos devuelve tragedias.
Podremos decir que no es momento de acusar a nadie. Menos -¡digámoslo!-, a los padres que sufrieron la pérdida de su hija, aunque parece que esa es la intención que surge desde usinas de comunicación que se olvidan que detrás de la investigación hubo un Estado que, una vez más, falló.
Recapitulando el pánico en el que cualquier madre o padre puede sentir tras repasar el caso, recordemos que la niña desapareció a metros de su propia casa, en horario "normal" y en ocasión de que se disponía a reunirse con un grupo de amigas. Un hecho que se repite cientos de miles de veces en cualquier esquina del país.
Entonces, debe dimensionarse la repercusión social y familiar de lo sucedido y multiplicarlo por cuantos hogares puedan levantar la mano para decir "aquí tenemos miedo".
Por ello, es fundamental que se den señales de confianza desde las instituciones a la población en torno a la capacidad que queremos que tenga el Estado para afrontar situaciones como ésta y respuestas claras en torno a por qué, una vez más, se falló.
Es al Estado al que debemos pedirle eficacia en su tarea, aunque los ciudadanos tengamos el deber de colaborar. Y son los gobernantes los mayores responsables de generar las condiciones para que ese Estado funcione. Después de Candela, quienes gobiernan saben que cuentan con la capacidad solidaria sin límites del pueblo argentino. Entonces, deben saber también que si tienen que hacer cirugía mayor en sus estamentos de investigación criminal, contarán con gente que entenderá las razones.
Son muchas las "Candelas" que hay en el país. Decenas de padres y madres buscan a sus hijos. En una Argentina que sufrió el exterminio sistemático de personas y que recién 30 años después está comenzando a dilucidar las responsabilidades y complicidades, no podemos permitirnos esperar esos plazos para modificar actitudes, estructuras, culturas instaladas en el aparato estatal que impiden desarticular redes criminales, de trata de persona, de tráfico de niños, haya sido o no el de Candela Rodríguez, un caso como el de estos últimos mencionados.
No hay discusión posible: los derechos humanos están definitivamente consagrados como tales en la Argentina. Pero no es algo que debe revisarse en el futuro, sino garantizarse en el presente.
En Twitter hay un trend topic que pide #JusticiaPorCandela. Suena raro tener que pedir justicia tras su muerte, unas horas después de twittear la foto de la niña con la esperanza de encontrarla viva. Por eso es necesario que se oiga la indignación. Estamos #IndignadosPorCandela y Justicia debe haber, ¡por supuesto! No debería ser algo "reclamable", sino un derecho inherente al hecho de vivir en esta tierra.
Toda esta fuerza acumulada por la intensa y multitudinaria búsqueda deben servir para que algo cambie para siempre en la Argentina. Para que no se nos sigan riendo en la cara los que no hallan nunca a los responsables de los delitos, los que juegan del lado contrario al de la ley, los que hacen esto último con uniforme o con salario estatal, los que enumeran planes y hacen política con el dolor pero después no se animan a gobernar las áreas más críticas del Estado.
Como ha pasado con tantos casos paradigmáticos, este puede ser un momento de irracionalidad. Apostamos desde aquí a los cambios racionales, lógicos y necesarios, nada más y nada menos.
Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel