Los cambios que busca Gabriel Fidel sobre la virtualidad, el Damsu y la inserción de la UNCuyo
La mirada de Gabriel Fidel, el candidato a rector de Sumar Universidad, en la cuenta regresiva de las elecciones de la UNCuyo. Sus ideas.
Gabriel Fidel, el candidato a rector de Sumar Universidad y sus propuestas para la UNCuyo.
Marcos Garcia / MDZHace casi cuatro décadas, cuando cursaba sus estudios en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo, Gabriel Fidel se convirtió en presidente del Centro de Estudiantes. Aquel fue su primer gran desafío de conducción dentro de la universidad que marcó buena parte de su vida académica y política.
Hoy, 40 años después, busca vivir una especie de déjà vu. Como candidato a rector por Sumar Universidad, aspira a volver a ocupar un lugar de liderazgo en la institución donde se formó, enseñó durante casi cuatro décadas y actualmente se desempeña como vicerrector.
Habla con un tono tranquilo y apuesta, desde siempre, al diálogo y al consenso como bandera. Dos palabras que lo acompañaron durante toda su vida tanto en el sector público- fue ministro- como en el privado donde ocupó muchos cargos.
Sus propuestas apuntan a insertar la UNCuyo en el mundo, el entorno local, mejorar la calidad de servicios del DAMSU y ofrecer más posibilidades a los estudiantes para que puedan terminar sus estudios.
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—¿Por qué querés ser rector?
—Porque siento que nuestra universidad tiene un enorme potencial. Tiene una capacidad de impacto fenomenal en el bienestar de la sociedad, de la gente y de nuestra provincia. Además, amo la universidad y creo que toda la experiencia que he acumulado a lo largo de mi vida, todo lo que he hecho y todo lo que soy hoy, lo puedo poner al servicio de la construcción de un gran liderazgo para la universidad.
—¿Te entusiasma la idea en este contexto político?
—Muchísimo. Cuanto más difícil y complejo es el desafío, más me gusta, porque de alguna manera esa ha sido la historia de mi vida. Tuve que enfrentar momentos muy difíciles. Fui ministro de Economía en 2001, cuando parecía que el país se derrumbaba. También me tocó gerenciar empresas en contextos muy complejos. Nunca tuve escenarios fáciles, pero me gustan los desafíos y siempre estoy formando equipos para afrontarlos.
—En estos cuatro años en los que fuiste vicerrector, ¿hubo momentos en los que pensaste que hubieras hecho cosas diferentes?
—Claro que sí. Por eso ahora quiero ser rector. Estos cuatro años como vicerrector me permitieron aprender muchísimo. En junio voy a cumplir 38 años desde que empecé mi carrera docente como auxiliar. Después fui creciendo hasta llegar a profesor titular y esta fue la primera vez que me incorporé a la gestión universitaria.
Hoy tengo muy claro hacia dónde debe ir la universidad y cómo hacer para que cada integrante de la comunidad universitaria —docentes, no docentes y estudiantes— aporte lo mejor de sí. Me gusta compararlo con una gran orquesta: cada uno debe tocar su instrumento de la mejor manera posible para que el conjunto funcione en armonía.
—¿Cuál es el problema que más te preocupa de la universidad hoy?
—Te voy a mencionar dos. Por un lado, me preocupa mucho la situación de desfinanciamiento. Nos pone en una situación muy difícil y afecta a docentes, no docentes y también genera incertidumbre entre los estudiantes.
Pero, por otro lado, me preocupa y me ocupa la universidad que queremos construir para enfrentar el ciclo que viene. Junto con mi compañera de fórmula, María Flavia Filippini, pensamos mucho en ese desafío.
Las universidades de todo el mundo están siendo interpeladas por una realidad que cambia vertiginosamente. La inteligencia artificial, la transformación digital, los conflictos geopolíticos, el cambio climático, los movimientos migratorios y las situaciones de pobreza son fenómenos que impactan directamente en la vida de nuestros jóvenes.
Por eso la universidad tiene que estar preparada para esos cambios y no puede seguir funcionando con las mismas rigideces del pasado. Necesitamos métodos más ágiles y flexibles, capaces de responder a un contexto dinámico.
—¿Esos cambios son decisiones políticas o necesitan financiamiento? Porque parecen dos temas que están vinculados.
—Son ambas cosas. Por un lado, debemos reclamar más presupuesto porque el sistema público de educación superior en Argentina debe ser financiado por el Estado. La educación es un derecho y un bien público, por lo que tiene que existir financiamiento estatal.
Pero también tenemos que impulsar las reformas necesarias y buscar esquemas de cofinanciamiento. No podemos quedarnos quietos. Debemos construir alianzas con la provincia, los municipios, organismos internacionales, otras universidades del mundo y distintos actores de la sociedad.
Más allá de la crisis de financiamiento, tenemos herramientas y conocimiento para construir la universidad que necesitamos. Queremos sentarnos en la mesa de las grandes universidades del mundo y creemos que tenemos todo para lograrlo.
—¿Cómo se hace para buscar financiamiento en el sector privado sin que eso termine condicionando las investigaciones?
—Hay que diferenciar claramente las cosas. La investigación básica es una responsabilidad del Estado. El sistema científico debe seguir siendo financiado por el Estado nacional, junto con los gobiernos provinciales y municipales.
Ahora bien, existe también la investigación aplicada, vinculada muchas veces a mejoras productivas o de competitividad para distintos sectores. En esos casos no tiene nada de malo que exista financiamiento privado.
Además, hay otras formas de colaboración. Por ejemplo, los egresados pueden realizar donaciones sin ningún interés particular, simplemente por compromiso con la universidad. Los graduados forman parte del cogobierno universitario y tienen el derecho, pero también la responsabilidad, de seguir vinculados con la institución.
La autonomía universitaria no implica aislamiento. Y contamos con mecanismos institucionales sólidos: la Asamblea Universitaria, el Consejo Superior, los consejos directivos, el Estatuto Universitario y la Ley de Educación Superior. Con transparencia y claridad de objetivos, es posible desarrollar estos esquemas sin comprometer la independencia académica.
—Uno de los temas que aparece en la campaña es el Damsu. Vos también lo mencionaste. ¿Qué pensás hacer con el organismo?
—El Damsu tiene claramente un problema de ingresos y egresos. Desde 2023 hubo una caída cercana al 40% en los salarios de docentes y no docentes. Eso afecta directamente a las familias universitarias, pero también impacta en los ingresos del Damsu.
Al mismo tiempo, las dificultades económicas repercuten en la posibilidad de incorporar más adherentes. Por eso estamos trabajando junto con los empleados del Damsu y nuestros equipos para analizar distintas alternativas que permitan recuperar ingresos, incluyendo convenios y alianzas estratégicas.
También estamos revisando los gastos, evaluando cómo optimizarlos y cómo mejorar los servicios.
Pero quiero ser muy claro: el Damsu es un departamento desconcentrado de la universidad. No es una obra social externa, sino que forma parte de la vida universitaria. Así como la universidad destina recursos para otras áreas, también debe garantizar una partida que asegure servicios de calidad para el Damsu.
Para nosotros es una decisión política prioritaria. Siempre hablo de reclamar, de reformar y también de resguardar. Tenemos que cuidar a nuestra comunidad universitaria, y una parte fundamental de ese bienestar es la salud.
—Muchos estudiantes no pueden continuar sus estudios porque trabajan y, a veces, la universidad no ofrece horarios nocturnos o modalidades virtuales. ¿Están analizando cambios en ese sentido?
—Es una observación muy importante. El 58% de nuestros estudiantes trabaja, por lo que esa realidad muchas veces genera abandono o demora en la graduación.
Por eso debemos avanzar en mecanismos que brinden mayor flexibilidad. La virtualidad es una herramienta fundamental para acompañar a quienes necesitan compatibilizar estudio y trabajo.
Además, tenemos que fortalecer los programas que acompañan las trayectorias estudiantiles para que los alumnos puedan sostener su cursado y avanzar en sus carreras.
De todos modos, nuestra universidad presenta indicadores mejores que el promedio nacional. En materia de abandono estamos aproximadamente un 20% por debajo de la media del país, y en cuanto al tiempo que demanda completar una carrera también estamos cerca de un 10% por debajo del promedio nacional.
Eso significa que estamos mejor posicionados, pero no nos conformamos. Tenemos que seguir trabajando para mejorar el rendimiento académico y ofrecer respuestas cada vez más adecuadas a las necesidades de nuestros estudiantes.
Creo que una de las áreas que mejor ha trabajado en los últimos años es la académica. Tenemos equipos de gestión muy sólidos y hemos realizado cerca de 50 revisiones de planes de estudio. Cuando finalice esta gestión estaremos cerca de las 100 revisiones, y debemos continuar profundizando ese proceso.