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La inútil amenaza de la censura, el recordado olvido

La imposición de preferencias, aunque provenga de las tiranías más abyectas, no consigue resultados exitosos. Ni las sociedades ni las comunidades obedecen a los designios despóticos acríticamente.


Que suelan utilizarse como sinónimos, no las convierte en gemelas idénticas. El concepto de sociedad y el de comunidad guardan estrecha relación, pero es conveniente no confundirlas. Y en tiempos digitales, estar advertidos cobra mayor relevancia.

Estos dos términos comparten origen latino y la similitud es indiscutible, pero parecerse no alcanza para ser exactamente lo mismo. Sociedad proviene de socius, que a su vez nace de "sek" (*) que es la madre del verbo seguir. Comunidad, en cambio, emparenta a los unos y los otros con un sentido igualitario, o sea, algo tienen en común que, inclusive, suele superar sus voluntades individuales. Estas diferencias no sólo son sustantivas cuando las ponemos a trabajar en el terreno de la política, también es útil considerarlas en otras disciplinas y vínculos. En lo comercial, por ejemplo, puede haber socios que poco tengan en común y eso no es óbice para el fracaso, quizá al revés, aunque sí, es imprescindible que esa asociación en algún momento o lugar, tengan un mismo propósito.

Sin auxilio académico que lo respalde, podemos arriesgar que "comunidad" refiere a un conjunto de sujetos que comparten un lugar, el ambiente, la geografía, el clima. En definitiva la naturaleza que los cobija es la misma, por lo que las preferencias individuales deberán adaptarse a esas generalidades, aunque sea para modificarlas. La sociedad, en cambio, es la capacidad de buscar aspectos similares, condicionados por la voluntad de las partes. En la mayoría de los casos, estos vínculos adquiridos obedecen a satisfacer un mismo deseo.

Esta disquisición que puede sonar bizantina, surge por la fecha. Como punto de reflexión. Como inquietud y duda. En Argentina ¿seremos capaces de construir una alianza en la que no se privilegie lo individual ocasional por sobre la búsqueda de un destino común? No se trata de homogeneizar, sino de interpretar y admitir que no somos iguales y lo más desafiante, tampoco debemos serlo.

Exactamente siete décadas atrás, desde el grupo de insurgentes y subversivos que usurparon el poder legítimo y legal de la República Argentina, decretaron una prohibición que por aquél momento no se le hubo ocurrido a ningún escritor imaginativo: prohibir palabras (escribir y pronunciar) que designaban a personas y a cosas. Nombres propios e institucionales. Todo lo que evocara a la política de ese pasado inmediato, cualquier alusión al presidente depuesto, al movimiento que impulsó e inclusive a su segunda difunta esposa, sería sancionado. La perversión consagrada desde el sitial más elevado de la Argentina. A veces la maldad y la estupidez se asocian de modo inescrutable, fue el caso.

Incomprensión

Es imposible explicar con algún ejemplo contemporáneo. Entre el 30 de noviembre y el 1° de diciembre de 1955, la junta que asaltó el poder institucional dictó el Decreto 4161, aunque se oficializara 3 meses después. Disolver el partido que representaba el Presidente de la Nación era una cuestión burocrática, pero prohibir las expresiones, la exhibición de sus símbolos, penalizar a quien mostrara el logotipo, impedir que alguien se manifieste en favor de sus preferencias y anular el verbo, hoy sería impracticable; 70 años atrás, también.

Ejercicio imaginario

Intentemos un parangón. A partir de ahora, queda terminantemente prohibido utilizar en cualquiera de sus formas la palabra "gol". Quién se exprese y diga, escriba o gesticule "gol" será condenado. Además de absurdo, caprichoso, tiránico y dictatorial sería inútil, o peor, promovería asociaciones, grupos, colectivos para resistir esa imposición. Y si la intención fuese que nadie más celebrara una conversión, un tanto, una victoria momentánea, sin dudas, conseguiría lo contrario. Obvio, al saber que encarcelan, torturan, fusilan a quienes detectan gritando gol, implicaría postergar la euforia y reprimir la alegría que, naturalmente, provoca festejar el gol, pero el tiempo suele ser el único impiadoso, y el coro de hinchas volverá a gritar gol, aunque desafine.

La memoria, más allá del recuerdo

Si Ferdinand de Sassure no hubiese muerto 43 años antes de aquél suceso, se hubiera matado de la risa con la inventiva de los insurgentes castrenses del momento. Considerar que prohibir un puñado de palabras y algunos signos, alcanza para eliminar el concepto y abolir el sentimiento, no fue una decisión eficaz, aunque sí lesiva, en ese momento y durante los 70 años de historia que siguieron y llegan hasta hoy.

El Decreto (disfrazado de Ley) 4161 de 1955 fue uno de los elementos que disparó persecuciones, encarcelamientos, exilios y asesinatos. Si acaso el propósito de esa sociedad (ilícita) tuvo por meta erradicar el sentido comunitario y extirpar la noción de que puede haber una Argentina soberana, capaz de abrazar a todas las personas que la habitan, y que todas ellas -sin excluir por sexo, ni origen, ni color de tez y tampoco por religión- participen de la construcción política, fracasaron rotundamente, aunque aparezcan períodos de distracción y desconcierto, como el que se atraviesa hoy.

Divide y reinarás, pero no por mucho tiempo

Un gobierno puede estimular el acuerdo social o incentivar la disolución de consensos, valiéndose del tentador "divide y reinarás", pero ninguna operación política, por más potente y delirante que se muestre, logrará conseguir control total del lazo social ni del goce, a decir de Lacan. Invariablemente, como sujetos hablantes, estamos constituidos de palabras y hasta el inconsciente se estructura como lenguaje. Prohibir palabras, designen estas a líderes o a meros objetos, sólo acentúa su presencia simbólica y en ocasiones, tal como ocurrió con ese perverso decreto, le confiere a esas palabras no dichas un carácter transgresor y por consecuencia, intensifican su importancia.

Si el nombre está prohibido, evita nombrarlo, pero no olvides

Entre las singularidades de la sociedad argentina, en esta fecha, rescatamos una: la pasión por los eufemismos, que no son otra cosa más que la adulteración de significados. Derrocar a un gobierno constitucional, el primero democrático elegido por ambos sexos, se hizo en nombre de una revolución libertadora. De no haber mediado tragedias, sería argumento para Les Luthiers.

Las dictaduras recurrentes siempre cercenaron y hasta cerraron el Congreso, mientras gozaron del vigoroso apoyo de autoproclamados republicanos. Se jactaron de patriotas quienes se rindieron vergonzosamente ante el enemigo externo, y de liberales quienes sólo construyen cárceles. Hoy, además, ser decente -pagar impuestos, cumplir con obligaciones, ser un leal contribuyente, implica ser calificado como anti héroe por el propio actual presidente. No es fácil. Lo dijo Sábato y hoy podrían confirmarlo los médicos: ser argentino es un oficio insalubre.

El ejercicio cotidiano de la memoria da músculo, en lo individual, a la sinapsis y a la salud mental; en lo colectivo, a la comunidad, esa que puede ser mal tratada y sometida, confundida y amenazada, pero jamás podrá ser obligada a olvidar. Forzar el olvido es imposible, la palabra siempre se las ingenia para instalarse frente a lo prohibido y crecer en el silencio.