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Anatomía de Montoneros: la historia visual contada por María O'Donnell

La periodista María O' Donnell habló con MDZ a propósito de la publicación de su nuevo libro: "Montoneros, una historia visual", de editorial Planeta.

María O Donnell habló con MDZ a propósito de su último libro: Montoneros, una historia visual.

María O' Donnell habló con MDZ a propósito de su último libro: "Montoneros, una historia visual".

Agustín Tubio/MDZ

En una década, Montoneros pasó de imponerse como la guerrilla urbana más poderosa de América Latina a extinguirse de manera operativa una vez conquistada la Democracia. No obstante, el debate alrededor de la organización sigue vivo.

Cómo ocurrió ese recorrido, un periplo que va del crimen de Aramburu en 1970 a la derrota a comienzos de los ochenta, es lo que reconstruye María O'Donnell en Montoneros, una historia visual (Planeta).

Es el cuarto libro de de María O' Donnell abordando los años '70, después de Born, Aramburu y Born y Quieto. Esta vez, en lugar de centrarse en un episodio, la periodista se propuso narrar el ciclo completo y hacerlo, además, con las herramientas del periodismo gráfico: fotos, panfletos, portadas de revistas y fichas de inteligencia. Una experiencia inmersiva.

En diálogo con MDZ, O'Donnell explica por qué encaró el libro "más cerca de una divulgación" que de la investigación clásica, y por qué eligió pensar a Montoneros en un momento en que la disputa por los años 70 volvió al centro de la conversación pública.

La charla recorre el desencuentro entre Perón y una juventud que lo imaginaba distinto del líder que regresaba, el quiebre tras Ezeiza, la militarización del 75 y la imposibilidad de reinsertarse en el sistema político argentino.

Entrevista completa a María O' Donnell

-Tus libros anteriores se enmarcan en una tradición periodística más concreta, de investigación. Quería saber en dónde ubicás este tipo de libro.

-Es algo que vengo pensando, alrededor de qué tipo de género es, porque puede ser algo de divulgación si queres. Tiene la intención de contar, después de haber contado episodios vinculados a la historia de Montoneros y de haber leído muchísimo, todos estos años, sobre el tema. Me pareció que había lugar para pensar la historia de Montoneros integralmente, desde cero, en un libro —obviamente sobre mucho trabajo hecho por un montón de historiadores, académicos, periodistas—, pero me parece que está más cerca de una divulgación hecha con las herramientas del periodismo y, sobre todo, del periodismo gráfico. Parece, por ahí, una vieja enciclopedia.

-Y está ese laburo de archivo: a lo largo del libro hay muchas imágenes, muchas referencias. ¿Cómo trabajaste con esos archivos?

-Bueno, en la Argentina la preservación de archivos no es nuestro fuerte, en general. Entonces hay coleccionistas individuales —por ejemplo, Roberto Baschetti, que tiene un material increíble—, pero después hay instituciones: la Comisión por la Memoria de La Plata, que tiene archivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, con mucho material de Montoneros.

Cuando caían las casas, el material estaba escondido en los embutes, o se quemaba. Finalmente, mucho de ese material fue a parar al Camarón, en un intento que hubo de crear un tribunal para juzgar a las guerrillas durante el gobierno de Lanusse. Entonces eso está en un lugar específico, todo el material que secuestró en aquel momento la justicia.

Después está el material en la provincia de Buenos Aires, después está CEDINCI, está el CELS —el Centro de Estudios Legales y Sociales—, instituciones, organizaciones. Hay coleccionistas individuales también. Entonces es como toda una gran dispersión del archivo, que fuimos reconstruyendo. También mucha gente nos dio materiales personales, fotos, colecciones.

-Y me interesaba saber cuál fue tu rutina de escritura. Por un lado, porque además vos hacés radio, hacés streaming, o sea, la vida. Y después, cómo te impactó, si es que sentiste ese proceso, el de la escritura.

-Con los libros me paso dos o tres años buscando el material, como un ritmo donde voy acompañando mi laburo cotidiano, que —como decís— es otro. Y hay un momento en el que me tengo que sentar a escribir, y ahí empiezo como a robarle tiempo a todo: mi vida pasa a ser escribir, y el resto es tratar de acotarlo lo máximo posible para tener disponibilidad para escribir.

Y acá se sumó un proceso en el cual… normalmente uno trabaja con la editora, con la correctora; pero acá trabajé con el diseñador, con Rapa, que es un argentino que vive en España. Yo le mandaba el material, él lo calzaba, y después negociábamos: que se achica, que se agranda. Después el programa, ya no era un trabajo de texto, sino que teníamos que trabajar con un diseño.

Entonces, en el proceso de corrección había que tener cuidado de que no se te corrieran de lugar las cosas. Fue un proceso donde las idas y vueltas finales, más allá del texto, también llevaron mucho tiempo; más parecido, por ahí, al laburo de una vieja redacción, donde teníamos un espacio determinado para desplegar lo que teníamos que desplegar, el formato. Entonces hubo como… después del trabajo inicial de escribir y recopilar todo, bueno, encajarlo dentro del esquema del libro.

-¿Sentís algo en particular a la hora de escribir? ¿Te afecta de alguna manera ese proceso?

-Bueno, sí, es una cosa que me absorbe por completo. Me acuesto y me levanto pensando en algo del libro; salgo a correr y me aparece algo del libro. Sí, mi vida gira alrededor, los últimos seis o siete meses son muy inmersivos.

Los que viven a mi alrededor lo sufren. Falto a fiestas, mis amigos están ahí, viste, y después les pido perdón. Después tengo que compensar todo lo que puedo.

-Bueno: viernes 29 de mayo, Día del Ejército, de 1970. Dos jóvenes vestidos de oficiales del Ejército tocan el portón eléctrico de Pedro Eugenio Aramburu. Quería consultarte cuál era el estado del Ejército en ese momento.

-Bueno, era un momento de dictadura. Gobernaba Onganía. Aramburu le había dado el golpe de la Libertadora a Perón, en el 55. Estamos en el año 1970: habían pasado 15 años, y seguía vigente la proscripción al peronismo que había instaurado, 15 años antes, la Revolución Libertadora. Había habido algunas elecciones, pero el peronismo no se podía presentar.

Entonces, gobiernos radicales muy débiles, que alternaban con golpes militares. El golpe de Onganía, el 66, un intento de toma de poder que decía "tengo objetivos y no tengo plazos". Una dictadura que intervino las universidades, que vino también a cortar un proceso… en un momento de mucho cambio en el mundo: el Mayo francés, el 68, una ola feminista muy fuerte con la pastilla anticonceptiva que cambió mucho el lugar de la mujer, la minifalda, el Instituto Di Tella.

Era un momento de mucha ebullición. Los procesos de descolonización. Y con todo eso viene Onganía, con una dictadura muy dura, después de 15 años de prohibición del peronismo. Y, de alguna manera, cuando Montoneros mata a Aramburu… en realidad Aramburu era del sector del Ejército que pensaba una salida civil; en ese momento ya se había presentado como candidato y todo.

De hecho, la desconfianza de la familia de Aramburu era que, en realidad, lo hubiera mandado a matar Onganía, desconfiaban mucho más de Onganía que de un grupito guerrillero que hasta ese momento era ignoto. Nadie sabía que Montoneros era una guerrilla que se estaba conformando.

-En el primer comunicado de Montoneros que aparece en el libro mencionan que el comando Valle había secuestrado a Aramburu, y que justamente era como una pieza del régimen, como para reponerlo. ¿Efectivamente tenía ese lugar de relevancia Aramburu en ese momento?

-Los Montoneros tenían la idea de que Aramburu buscaba una salida del peronismo sin Perón, que lo que estaba buscando era lo que ellos planteaban. O sea, se desconfiaban todos entre ellos: Onganía desconfiaba de Aramburu, y lo que Aramburu planteaba era una salida electoral, en la que ellos decían "lo que quieren es un peronismo lavado, sin Perón".

Entonces la idea era "no nos vamos a dejar engañar con esa salida tampoco". Y eso después va a venir con el tiempo: Montoneros no quería una democracia, en el sentido de que no era esa la búsqueda en ese momento. Lo que pasa es que, dada la circunstancia argentina —y por eso fue tan potente la guerrilla—, acá lo primero que había que hacer era empujar la vuelta de Perón.

O sea, Perón llevaba 15 años afuera, prohibido el peronismo. Era un momento en el que no se lo podía ni mencionar, los medios lo mencionaban como "el tirano prófugo". Nadie sabía dónde estaba el cadáver de Eva Perón. Entonces, en un momento en que, por ahí, la mayor asignatura pendiente era el regreso de Perón, ¿no?

Montoneros y su singularidad

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-Sin embargo, Montoneros presenta una serie de particularidades respecto a otras guerrillas de América Latina. ¿Cuáles serían?

-Bueno, que se inserta en un movimiento, primero, muy popular. La idea de que el peronismo, dentro de las izquierdas clásicas, los movimientos guerrilleros de izquierda que habían entrenado en Cuba para formar parte del ejército del Che y todo, veían en el peronismo un impedimento, una barrera para la revolución, porque el peronismo contentaba a las clases populares y a las clases obreras dentro del capitalismo.

De alguna manera identificaban al peronismo con el capitalismo, y de repente aparece Montoneros, que condensa 15 años de resistencia peronista. Eso le da entidad y se vuelve un fenómeno popular. Y las guerrillas no eran fenómenos populares. Entonces, metiéndose en un movimiento popular y reivindicando la principal bandera de ese sector en ese momento, que era la vuelta de Perón, se convierte muy rápidamente en un fenómeno de masas. O sea, en pocos años, la Tendencia y todas las distintas expresiones que estaban, de alguna manera, bajo el paraguas de Montoneros se habían convertido en un movimiento de masas.

-Sin embargo, la vuelta de Perón —mencionás en el libro— trunca el proyecto revolucionario de Montoneros. ¿En qué medida?

-Ahí empieza todo un gran equívoco, porque empieza un proceso que, muy aceleradamente, conduce a un desencuentro muy grande de Perón con Montoneros. Primero Perón, que tenía una conducción muy vertical y todo, dice "bueno, durante un tiempo ustedes van a funcionar como formaciones especiales, tienen autonomía de mi conducción", algo muy novedoso dentro del movimiento peronista.

Porque a Perón también le convenía que siguieran. Porque tampoco es que Perón les creía. O sea, después cae Onganía, viene el anuncio: "OK, vamos a llamar a elecciones". Pero no le creían al anuncio, que realmente iba a llamar a elecciones, que realmente iba a dejar que Perón se presentara. Entonces, que la dictadura o que los militares creyeran que había una amenaza peor que el peronismo —que era la guerrilla— le convenía a Perón. A su vez, el Perón que Montoneros tenía en la cabeza no es el Perón que vuelve.

No, no lo conocían. Eran… tenían veintipico de años, y él tenía 70 y pico. Perón se había ido del país cuando ellos estaban en el colegio primario. Es como un abuelo con los nietos, en una época en que el abuelo vivía en España y los nietos en la Argentina, y no había, como digo, no había internet. No se le conocía la voz a Perón, Perón había estado 15 años prohibido.

Entonces es como un encuentro donde muy rápidamente chocan, porque una vez que arranca el proceso con Cámpora, Perón dice "bueno, vamos a elecciones con Cámpora", y dice "los motivos por los cuales había una justificación de la guerrilla han cesado: no tiene más razón de ser la guerrilla". Y ahí empieza el gran desencuentro, porque el objetivo de Montoneros era otro: "nosotros no queríamos cualquier Perón, queremos un Perón del socialismo nacional".

-Ya que mencionás el socialismo nacional: esa es otra de las particularidades de Montoneros, ¿no? Un grupo de jóvenes católicos, conservadores, otra facción marxista… ¿Cómo lidiaron con esas contradicciones al interior de la agrupación?

Claro, sí, es una guerrilla por eso mismo también muy rara. Los grupos originales que secuestran a Aramburu, que mencionabas hace un ratito, eran jóvenes del Colegio Nacional de Buenos Aires o del Liceo Militar en Córdoba, familias tradicionales de Córdoba.

Clase media, digamos, universitaria, antiperonista, sus padres muy católicos —sobre todo Firmenich y el grupo original—, que se habían radicalizado mucho de la mano de los curas de la opción por los pobres, en un momento en que había un cambio muy grande dentro de la Iglesia. Y entonces también, para la izquierda, para la guerrilla de izquierda, que fuesen católicos era rarísimo.

Y en un momento convergen también las organizaciones guerrilleras de izquierda, si bien siempre estuvo el ERP por debajo en Montoneros, y ahí empieza como una ensalada ideológica. Pero ellos, al principio, tenían la idea de que no eran ni una cosa ni la otra: que eran independientes, que tenían algo más vinculado a la historia nacional, al nacionalismo, y por lo tanto no vinculado a la lógica plena de la Guerra Fría, ni al comunismo, ni a los chinos maoístas, sino un fenómeno más local, con características más locales.

Eso después fue cambiando, pero en ese momento todavía tenían una idea que tampoco encajaba, porque la derecha peronista los veía como la izquierda peronista, los infiltrados marxistas y qué sé yo. Pero ideológicamente su origen no tenía nada que ver con el marxismo.

-Hay otro actor en este marco, que es el movimiento obrero. Y mencionabas, citando a Juan Carlos Torre, que el sindicalismo durante el exilio de Perón tuvo un funcionamiento sui generis. ¿Cómo dialoga Montoneros con el movimiento obrero, teniendo en cuenta dos sectores muy marcados?

-Es muy interesante el libro de Torre que mencionas, porque era como esa relación ambivalente con Perón. Lo que cuenta un poco también es que, para un sector del sindicalismo, era más fácil tener a Perón afuera, porque presionaban mejor. De hecho, Onganía es el que les da las obras sociales a los sindicatos, ¿no?

Entonces, por eso Perón tenía una relación muy ambivalente. Y cuando Perón vuelve, vuelve y plantea el pacto social: los obliga a moderar sus demandas después de muchos años de pérdida de poder adquisitivo, pérdida de derechos y demás. Y ahí aparece el sindicalismo encuadrado debajo de la conducción de Perón, que fue Rucci, que era titular de la CGT.

Estaba también la línea más combativa, clasista, de Tosco. Pero, digamos, Perón, cuando lo conoce a Rucci, dice: "Conocí al primer sindicalista que me es leal, creo". Y entonces, un poco, Rucci era su objetivo a la vuelta: "mi objetivo es subordinar el movimiento obrero a la conducción", muy distinto a la actitud de Montoneros, que desafiaba la conducción de Perón en muchos aspectos.

Por eso muy rápidamente chocan el sindicalismo más ortodoxo con Montoneros, y la ortodoxia sindical empieza a plantear que Montoneros en realidad no forma parte del peronismo, que son unos infiltrados que quieren reinventar la historia de Evita, inventar una Evita montonera que no lo fue.

-¿Cómo dialogó Montoneros con el sector más heterodoxo? Porque el libro menciona el debate entre Rucci y Tosco. ¿Cómo dialogó Montoneros con Tosco, por ejemplo?

-Bueno, Montoneros después va a intentar. Primero, lo que hace es echarle la culpa a Rucci de la masacre de Ezeiza, la emboscada con la que se encuentran cuando van a recibir a Perón.

Si bien eso había sido obra de Osinde —que eran los policías ligados a López Rega, que después iban a ser la Triple A—, y había sido Perón el que delegó en Osinde la organización del acto, y después Perón se enoja con los Montoneros, después de Ezeiza, no con Osinde ni con nadie de ese sector.

Entonces, digamos, lo matan a Rucci un poco después, a los pocos días, pocas horas de la elección de Perón, como un desafío muy fuerte a Perón, tratando de decir "bueno, venite para este lado" por la fuerza.

Y con el sindicalismo clasista, ellos van a intentar generar su propia, su objetivo era como cooptar la CGT desde adentro, entonces empiezan su organización sindical dentro de las fábricas, buscando ganar las comisiones internas, qué sé yo, con la Juventud Trabajadora Peronista, la JTP. Y hay un acto en Atlanta donde el propio Firmenich dice "somos muy débiles, es nuestro flanco débil, ahí no tenemos mucho".

Después, algunas comisiones internas que son las que, además, muy rápidamente van a masacrar cuando arranca la dictadura.

-¿Cuándo se quiebra definitivamente la interlocución con Perón?

-Yo creo que lo de Rucci fue un factor determinante. Creo que había habido desacuerdos de entrada, cuando gana Cámpora, en el reparto del gabinete, donde Perón mete a López Rega y Montoneros siente que recibe menos de lo que tiene que recibir.

Cuando Perón, después de lo de Ezeiza, cuando ellos esperaban que retara al otro sector, Perón los reta a ellos. Cuando Perón vuelve, dicen "está cercado, vamos a romper el cerco", y lo van a buscar, y él los recibe, pero después los manda a hablar con López Rega. Y López Rega había armado lo que ellos llamaban la JPRRA [de López Rega], otra juventud peronista que no tenía ninguna inserción, y los pone a la par. Después, el asesinato de Rucci; después, toda la purga que empieza de los dirigentes peronistas ligados a la Tendencia o a Montoneros, ya con Perón vivo, durante el tercer gobierno de Perón. Y ahí ya, yo creo que nunca terminó de generarse el acuerdo, y las posibilidades de que eso se encauzara estaban muy tempranamente dañadas.

-¿Hay indicios de que efectivamente Perón consideraba a Montoneros dentro del movimiento, o fue siempre una carta de negociación?

-Estaba esa frase que decía Perón, de que "ganamos con la clase obrera el primer mandato; con las mujeres el segundo, cuando viene el voto femenino; y vamos a ganar con la juventud", y ahora con la juventud.

O sea, la idea de que la juventud, de clase media sobre todo, que no había estado dentro del movimiento, aparecía como un actor muy potente para Perón. Ahí me parece que… y creo que es muy trágico lo que pasa, porque además todo esto se da con la crisis del petróleo del 73, entonces también llega en un momento económico muy complejo.

Cuando llega, tiene una situación muy compleja, con una salud muy frágil. O sea, tampoco era fácil para Perón encauzar todas las expectativas. Lo intenta, con el abrazo con Balbín, de pensar algo más amplio. Quizás, en un momento, el país también se había roto.

Gerchunoff escribe mucho sobre ese proceso económico, ese ciclo económico industrializador que había empezado con el primer y el segundo Perón terminaba de agotarse.

En ese momento eran muchos desafíos juntos los que tenía Perón, en una situación que muy rápidamente se deterioró, por culpas muy compartidas.

Montoneros y el presente

-En ese marco aparece el libro de Beatriz Sarlo, La pasión y la excepción, y ella dice que el crimen de Montoneros remite a la historia pero también al futuro. ¿Crees que el secuestro y el asesinato de Aramburu termina de impulsar la espiral de violencia hacia adelante, o Montoneros simplemente se sube a un esquema que ya venía?

-Bueno, eso es muy interesante, porque es como la vieja discusión entre peronistas y antiperonistas sobre dónde empieza la violencia. O sea, empiezan en el 55 con el golpe, la ejecución de Valle, los fusilamientos en José León Suárez —que cuenta magistralmente Rodolfo Walsh en Operación Masacre—, "Viva el cáncer", la decapitación, digamos, la quema de todo símbolo peronista, la desaparición del cadáver de Eva.

O sea, el bombardeo de la Plaza de Mayo, que fue el preludio del golpe, la Marina bombardeando civiles en Plaza de Mayo. Entonces, evidentemente… Y otros podrían decir "bueno, pero Perón empezó con la persecución a los opositores y la quema de las iglesias". Entonces es como pensar si Aramburu fue la respuesta a 15 años de proscripción y de violencia, o el inicio del proceso.

Yo creo que hay que mirarlo todo, y que todo es una sumatoria de cosas. En un momento también, en los 70, donde ya tenías Cuba, las guerrillas de izquierda, el ERP, las FAR, las FAP, y la Guerra Fría. También juega el contexto internacional.

Pero cierto, es muy interesante lo que dice Beatriz Sarlo: lo que tiene de particular el asesinato de Aramburu es que dialoga con el pasado, como buscando vengarlo, pero pone en marcha el futuro, en el sentido de que acelera fuertemente la vuelta de Perón, ¿no?

-Una de las teorías de Montoneros era la teoría del cerco. Quería preguntarte qué es la teoría del cerco y cuán cerca estaba de la realidad efectiva.

-Bueno, esta idea de que, cuando vuelve Perón y pasa lo que pasa en Ezeiza, y al día siguiente, toma la cadena nacional y EN lugar de retar al otro sector, en lugar de solidarizarse con esa juventud que había sido masacrada, los reta a ellos… Bueno, Montoneros, lo primero que dicen es: "no, está cercado".

También está el Brujo, López Rega, que regala un personaje: alguien ligado a las ciencias esotéricas, al esoterismo. Y la elección de Isabel como candidata a vice fue para Montoneros una decepción, y para toda la Tendencia, la juventud y los sectores de izquierda del peronismo. La idea de que Isabel pudiese tener alguna similitud con Evita era como… Y además, con un Perón frágil, que sabían que estaba frágil de salud, entonces la idea de que la voluntad real de Perón estaba tomada por esa gente que estaba todo el día con él. Bueno, qué sé yo, Perón elige a Isabel de vice; no eligió a Balbín, qué sé yo.

-Y ya que que citamos a Sarlo en el libro, lo del diálogo con el futuro: ¿cómo dialogamos hoy nosotros con Montoneros? ¿O cómo crees que debería tomarse ese diálogo?

-Mirá, el esfuerzo que pienso, por la manera en que pensé el libro, es que a esta altura hay tanto… como siempre, el pasado es fuente de disputa. La memoria, ni hablar. Para la Argentina, y especialmente Montoneros, muchísimo. Y entonces me parecía que esta disputa tan grande genera mucha confusión, o que por lo menos es difícil, y trato de hacer una intervención no interesada en un sentido de no iluminar más una cosa que otra, sino de tratar de darle un recorrido que permita pensar a Montoneros en su contexto, sin precipitar conclusiones.

Me parece que también es fruto de una época y de un tiempo, y que hay mucha circulación hoy de un discurso que, además, está tan cerca de lo que fue la justificación de la dictadura —de utilizar lo que era la violencia guerrillera, que efectivamente está muy contada en el libro; me parece que no se ahorra nada el libro en ese sentido, especialmente el 75, que fue un año muy violento—, pero la idea de que eso justifica lo que vino después…

Bueno, me parece que hay que mirar la historia en perspectiva y en profundidad ayuda mucho más a conversar con eso que a justificarlo. O es mi aspiración, por lo pronto.

-Mencionaste el 75, y en el libro decís que es uno de los años con más atentados políticos, casi uno por día. Quería consultarte si trabajaste la cuestión de cómo la prensa abordó la violencia política en ese período.

-Claro, ahí ya había más censura. Había una ley que prohibía informar también sobre actividades de la guerrilla. Había mucha censura, estaba la Triple A, era muy intimidante. El clima era de muy poca libertad para informar. Montoneros… fue un año en el que, bueno, ya después de que muere Perón, la vuelta a la clandestinidad, el factor militar pasa a ser mucho más dominante en Montoneros que el factor político y de movilización popular.

Empieza a haber una confrontación directa con las Fuerzas Armadas, en un proceso de militarización muy acelerado de la conducción y de los cuadros que pasaron a la clandestinidad.

Para mí, Montoneros tiene dos etapas muy distintas, y me parece que la del 75 ya es una etapa de mucha militarización, una etapa donde predomina mucho el miedo, también, y donde creo que predomina un poco la idea de que el golpe… no es que un día vino y cayó un meteorito.

El golpe fue como una especie de algo muy esperado, viste, algo muy pronunciado cuando viene. Y era también un alivio para mucha gente sentir que se iba a terminar esa violencia cotidiana. Después se supo la profundidad que tuvo la represión, que excedió mucho, digamos, el combate a la guerrilla.

Ya para comienzos del 77 eso estaba terminado, y en el 78 seguían torturando gente en la ESMA mientras se jugaba el Mundial. O sea. Pero me parece que había también, en el 75, parte del miedo y el hartazgo con esa situación, y eso explica mucho que un sector muy importante de la opinión pública recibiera como un alivio el golpe del 76, lo que no significa justificar nada de lo que vino después. Pero eso también pasó.

La prensa también tuvo un rol ahí, ¿no? Sí. Hablo un poco de (Bernardo) Neustadt, y todo a partir de un caso de una guerrillera que trascendió mucho: la que metió una bomba y mató a un comisario que en realidad era un integrante del Ejército que conducía la Policía Federal, y que era una chica de clase media, de una familia [tradicional].

Entonces, un poco se usó como "miren lo que está haciendo la guerrilla con sus hijos", digamos, y fue una propaganda muy fuerte. Neustadt, la revista Gente… Sí, los medios tuvieron un rol muy importante también dentro de la propaganda de la dictadura.

-Repones hacia el fin del libro está este intento de Montoneros, ya en el exilio, tratando de insertarse en la política argentina con la vuelta de la democracia, con Alfonsín en el gobierno. Sin embargo, Alfonsín veta esa posibilidad.

-Bueno, Alfonsín juzga a Firmenich y a los jefes montoneros, cuando firma el decreto para juzgar a los jefes militares que habían llevado adelante el terrorismo de Estado, también ordena juzgar a Montoneros, a Firmenich, Vaca Narvaja, Galimberti, a algunos integrantes de la cúpula montonera.

-Esa parte está incluso bastante invisibilizada en el discurso oficial hoy.

-Sí, totalmente. De hecho, fue juzgado, sentenciado, y después el indulto lo reciben a la par los militares de las Juntas Militares, junto con Firmenich, en el gobierno de Menem.

Pero lo que pasa es que Montoneros también tuvo un jefe como Firmenich, que fue prácticamente su único jefe desde los orígenes hasta el final, que ha sido alguien que fue incapaz de dialogar con la democracia, de hablar con cierta empatía incluso de las víctimas propias, de una frialdad respecto de su manera de abordar las consecuencias de la lucha armada, que hacen que sea un personaje muy revulsivo.

Y Montoneros no fue solo Firmenich, fue un movimiento, pero tuvo como jefe, y perduró como jefe Firmenich, y eso yo creo que dificultó mucho que hubiese procesos más a la manera de Uruguay. Con Pepe Mujica, que había sido de los Tupamaros, se reinserta, es presidente, y tiene una conversación y una mirada sobre el pasado muy distinta a la que tuvo, por ahí, la conducción de Montoneros acá en la Argentina.

-Y para terminar, María: ¿hay algún personaje, algún evento que merezca un spin-off?

-(Risas) Puede ser.