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Crónica de viaje XVI: la eterna mudanza entre camas ajenas

Un colchón sin desarmar, comidas compartidas y despedidas fugaces. La vida en hostels, entre el desarraigo y la rutina del viajero

Desde Cali, Colombia

Una cama cucheta y un colchón, con remeras, desodorantes y pasaporte. Un baño necesariamente mojado y una cocina inundada de sartenes. Una guitarra y un ajedrez. Un idioma poco reconocible y un cenicero húmedo. Una hamaca paraguaya y un jardín que nunca termina de florecer. Un café tibio que hasta hace poco tiempo estaba en su temperatura justa y una heladera multicolor. Un parlante que rechina y una biblioteca de páginas amarillas, secas y arrugadas. El producto de limpieza y su olor apabullante. Una mesa y una silla.

La vida en un hostel se parece bastante a los reality show. Algunos tienen más afinidad y comparten actividades; otros están en la suya y no molestan, aunque hay algunos que sí. Están los que hablan su idioma de puras consonantes y nada más y los que hacen un esfuerzo con el español. Los que se bañan más y los que lo hacen menos. Los que roncan de noche y los que meditan por la mañana. Los que se acuestan temprano y los que aterrizan a cualquier hora en la cama, avisándoles a sus compañeros de habitación el horario y el estado en el que llegan.

La rutina de llegar a un hostel, estar tres o cuatro días, recorrer la ciudad o pueblo e irse puede resultar agotadora. Así estuve varios días en Jardín, Salento y Filandia. Sin terminar de desarmar el equipaje ni de acostumbrarme a ninguna cama. En Cali, encontré un hostel cómodo para estar: un buen wifi para trabajar, hamacas paraguayas para descansar y una cocina equipada. Puede parecer sencillo, pero encontrar algo así después de estar casi cuatro meses fuera de mi casa es reconfortante.

Las comidas que preparo pueden parecer modestas, pero creo que equilibran bien lo barato con lo posible en una cocina compartida. En cada destino que llego, voy supermercado y compro lo esencial: media docena de huevos, un paquete de fideos, atún, algo de fruta, papa, cebolla, algo de carne, que generalmente es pollo (¡dios, cómo se extraña un buen bife de vaca!) algún queso y no mucho más. Aprendí que no hay que comprar sal ni aceite. Algunos hostels lo ponen a disposición de los clientes. Lo mismo con la mayonesa y el aceite de oliva. Aunque en estos casos, suelo recurrir a pedir prestado, o, directamente, al hurto. (Si alguno de los que compartió cocina conmigo está leyendo esto, espero que sepa entender).

A veces pienso cómo hubiera seguido mi vida en Buenos Aires. Más los fines de semana. Pienso en los ratos que podría haber compartido con amigos, en el amor que habría gozado, el tuyo, en los recuerdos me habrían marcado, las reuniones familiares, y todas las cosas que uno idealiza y extraña a más de 4 mil kilómetros del país en el que creció. Cuando pensé en este viaje de seis meses, uno de los razonamientos que me impulsó a tomar la decisión fue preguntarme qué acontecimiento realmente importante había ocurrido en los seis meses anteriores. Y me di cuenta que nada tan gravitante había ocurrido como para no abrir las alas y salir de viaje.

Termino de escribir estas líneas a las ocho y media del sábado. A un costado tengo la primera cerveza de la noche, esperando a que deje el teclado. Enfrente, una cocina, de donde sale un olor variado con comidas de distintos lugares del mundo: sopas, ceviche, arepas, tuco, y todo lo que uno se pueda imaginar. En el teléfono me llegan las notificaciones del fiestón de mi amigo Juan Cruz y de la despedida de mi amigo Gonzalo. Seguramente, en seis meses diré que nada de lo que pasó fue tan trascendente y que el recuerdo y la experiencia de este viaje será algo que me va a marcar hasta el final de esta película.