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El repliegue obligado de La Cámpora ante la posibilidad del abismo

La dirigencia del peronismo parecía resignada a hacer política a través de los diarios y los comentarios televisivos. Nadie imponía su propia opinión y temían la represalia de "algún traidor". Sin embargo, cuando se dieron cuenta que todo terminaba, tuvieron que barajar y dar de nuevo.
Foto: Télam
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Cambios de expectativas. Ahora sí el peronismo cree que puede permanecer en el poder después de octubre tanto en Provincia como en Nación por la llegada de Sergio Massa a lo máximo de la carrera presidencial. Eso sí, tiene que ganar en octubre.

Desde el primer día que se hizo cargo del Ministerio de Economía Sergio Massa, si lo hubieran dejado hacer lo que había que hacer, seguramente, hoy no estábamos padeciendo el 140% de inflación. ¿O quizás es el propio encargado de la política económica el que cree fehacientemente que lo que está haciendo está bien?

Mañana es factible que los mercados vivan la euforia de saber que el kirchnerismo se acabó y que los candidatos con más chances de ganar en octubre o en el balotaje de noviembre son de centro o centro derecha. ¿Y si hubieran hecho esto mismo apenas asumieron Alberto Fernández y el propio Massa que le prometían que iban a poder controlar a Cristina Fernández de Kirchner y la voracidad por cargos con caja de su hijo Máximo? Quizás la suerte de hoy hubiera sido muy diferente.

No quisieron, no pudieron, pero claramente quedaron encerrados en el síndrome de Estocolmo. Hasta que se vieron cayendo desde el barranco, perdiendo todo lo que consolidaron tras décadas sentados en el poder. 

El propio Axel Kicillof puede interpretarse que no aceptó y lo dejó más que en claro los aprietes camporistas cuando le reclamaban airadamente el cambio de la fórmula con que pretende competir por su reelección. Verónica Magario quedó firme, a pesar de los intentos para que fuera cambiada por Martín Insaurralde

Cristina Fernández de Kirchner no es indispensable. Ni necesaria. Falta que le digan, como ella siempre amenazaba cuando le reclamaban en las calles, “que arme un partido político”. Fernando Gray, el intendente de Esteban Echeverría, es el mejor ejemplo de que cuando se los enfrenta sus posibilidades de éxito son más que escasas.

Esta vez, y quizás para siempre, el dedo no funcionó

Gray fue el único que se opuso abiertamente, fue a la Justicia y espera una decisión de la Corte Suprema para definir si el método, la forma y los plazos que todo el resto de sus pares del Consejo de Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires aceptó en silencio eran los correctos para que Máximo Kirchner tomara el PJ bonaerense.

Hoy, al igual que lo que viene sucediendo desde hace varias elecciones, no tendrá oposición interna y su lista como candidato a intendente se presentará sola en las PASO de su localidad, sin influencia de La Cámpora y los únicos que podrían enfrentarlo sería el minúsculo armado que podría construir Juan Grabois, el “enemigo” de Massa dentro del kirchnerismo.

Algo parecido, pero no igual al caso del intendente de Esteban Echeverría se verá en Hurlingham. Juan Zabaleta fue el más vehemente promotor del albertismo apenas se conoció la fórmula que llevaba a Alberto Fernández a la Presidencia de la Nación. Tomó nota, tarde, de que ese proyecto naufragaba por propia decisión de quien tenía que llevarlo adelante. El miedo a la reacción de Cristina Fernández de Kirchner, su vice, pesó mucho más.

En Hurlingham, donde gobierna “Juanchi”, casi hubo un golpe de estado cuando el intendente se fue para ser Ministro de Desarrollo Social. Damián Selci, Martín Rodríguez y todos los amigos de Máximo Kirchner echaron a todos sus funcionarios. Cuando volvió tuvo casi seis meses para reordenar la gestión.

Ahora Zabaleta puso a un delegado de Massa como primer concejal. Fabrizio Acuña, hijo de Juan, el exintendente con el que compitió ferozmente hace ocho años, encabezará la lista de concejales. Parece que el miedo ahí también terminó.

Distintos, muy distintos, son los otros casos donde el peronismo en gestión debe someterse a una interna. En Tigre, la pelea no es contra el kircherismo sino entre viejos socios y amigos como Julio Zamora, por un lado, y Massa apoyando a Malena Galmarini.

En La Matanza, Fernando Espionoza, que no quiso moverse un centímetro de su lugar como intendente, tendrá la oposición abierta del Movimiento Evita a través de Patricia Cubría, la mujer de Emilio Pérsico y en General San Martín, Gabriel Katopodis y Fernando Moreira deberán enfrentar a Leo Grosso, también de la misma corriente social.

En Moreno, en tanto, la pelea se dará entre Mariel Fernandez, la intendenta aliada con los movimientos sociales y el Evita contra Damián Contreras, del Frente Renovador, que sumó detrás de sí a los dirigentes más tradicionales del peronismo local.

En los tres últimos casos, la pelea no se circunscribe en las procedencias estructurales sino de cómo se desarrollan los conflictos internos tapados durante años a fuerza de acuerdos y cargos.

Como se notará, en ninguno de estos ejemplos, salvo en el de Hurlingham, hay un referente de La Cámpora batallando al frente. ¿Por qué se insiste que son imprescindibles? La pregunta que ya todos empiezan a responderse.