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Argentina pide a un Bukele mientras la política busca excusas y no sabe qué hacer

El presidente de El Salvador redujo la violencia, bajó homicidios y lo apoyan 9 de cada 10 habitantes. Dueño de un estilo propio, rompió con los medios tradicionales, investiga la corrupción estatal y abre el comercio al mundo. Argentina evita el gran debate: corrección política o cambio.

El Gobierno nacional analiza estos días qué hacer en Rosario, donde los narcotraficantes tienen absoluto dominio de la provincia de Santa Fe, compran y venden droga de día delante de los policías, que no tienen otro camino hoy que aceptar las condiciones que plantean los soldaditos narcos y sobrevivir. El gobernador Omar Perotti reconoció como contó MDZ esta semana en exclusiva que se retira de la contienda y apuesta a la transición. Alberto Fernández corre el mismo camino por la falta de tiempo y el país aumenta su tasa de homicidios.

La política, como casi siempre en Argentina, no supo estar a la altura de las circunstancias, y ni el socialismo local, ni el peronismo provincial ni el gobierno nacional que estaba, el que está y el que vendrá, tienen una solución para que deje de sangrar el país en manos de los que deciden quién vive. No es solo Rosario, es La Matanza, Florencio Varela, Rawson y Recoleta, es Argentina y nadie sabe cómo resolverlo, la política tiene pánico de tomar nota del reclamo social.

La tasa de homicidios de Rosario hoy es más alta que en los países más violentos del mundo y Alberto Fernández le exigió a Agustín Rossi, el jefe de Gabinete santafecino, y a Aníbal Fernández, ministro de Seguridad, que aporten una solución antes de las PASO para la zona atestada por la droga y la corrupción seguida de muerte. Ni Fernández ni Rossi tienen la mínima idea de cómo resolverlo, por algo hace cuarenta años son parte del Estado y se limitan a describir el desastre como si el ovni los hubiera dejado en Argentina en enero. 

Nayib Bukele impulsa la mano dura contra los delincuentes

Cuando el empresario Nayib Bukele logró ser intendente de Cuscatlán, en El Salvador nadie tenía más poder que los violadores, asesinos, secuestradores y traficantes, como hoy en Rosario. La guerra civil había dejado más de setenta mil muertos entre 1980 y 1992, y las maras y pandillas decidían quién vivía y quién moría en la república cafetera que apuesta al dólar y al bitcoin y que comercializa libremente con casi todos los países.

El lobby internacional de Amnistía y toda la corporación abortista de la agenda 2030 plantea a Bukele como un autócrata, autoritario y peligroso. Como si las maras violadoras fueran un ejército de abuelas cariñosas y no quienes arruinaron una parte de la historia del país. Bukele cometió excesos, fue con soldados al Congreso exigiendo financiamiento para su plan anti pandillas. Detuvo personas por el histórico "algo habrán hecho" que tanto se conoce en Argentina. Extendió de tres a quince días los días de arresto por sospecha y prohibió símbolos de maras en todo el país, incluso destruyendo lápidas de pandilleros para evitar homenajes. 

¿Qué candidato a presidente, gobernador o intendente está dispuesto a financiar las fuerzas de seguridad, sostener una política absolutamente contundente sin analizar un focus group para evaluar la corrección política que nos gobierna, quedar bien con el lobby internacional y no resolver los problemas? Argentina está a centímetros de lo irreversible y la política lo sabe.

Así entonces, Bukele logró con un estilo personal, cuestionable, opinable pero con resultados evidentes, que la realidad cambie para los salvadoreños de bien y de mal. Los de mal ahora comen una vez por día y sin pollo, ya no lo merecen. Se terminaron los tiempos de prostitutas, teléfonos celulares y fiestas con drogas en las cárceles. Ahora la ración es menor y el pollo se reemplazó con arroces, frijoles o lo que haya, pero el castigo se siente y la sociedad aplaude. 

Al contrario que los políticos en Argentina, Bukele leyó con inteligencia lo que ocurría, desató la guerra contra las pandillas, los persiguió, armó sus fuerzas, los dotó de entrenamiento, de armas de fuego, de chalecos nuevos, los financió y premió, entonces los resultados llegaron de una forma más que pavloviana. La sociedad se puso de su lado, los homicidios pasaron de 142 cada 100 mil habitantes en 1995 a 17.6 en 2022. 

La gran progresía nacional que desde Palermo deshojando la rúcula con agua mineral condena los avances de Bukele por sus formas, no sabe que antes las violaciones en manada, los impuestos mafiosos para poder trabajar, los sicariatos y la connivencia con el poder político hacían de El Salvador un país triste. La aceptación según Bloomberg de las políticas de seguridad de Bukele orillan el 92%, bastante distante del 80% que rechaza la actual gestión en Argentina. 

Las condenas a Bukele son por sus formas, no por sus resultados. Sería interesante pensar en desarticular la Cosa Nostra con té de por medio, o plantearle al cártel de Sinaloa que deponga su actitud conversando amablemente. Sólo un país como Argentina puede pensar que bajar los homicidios, combatir el narco crimen y domar a los asesinos se lleva a cabo con diálogo y no con fuerza extrema.

Así entonces, mientras una sociedad está harta de cambiar de alarma, de garita, de mudarse, dejar el barrio, armarse y rezar para que sus hijos vuelvan vivos del colegio, una clase dirigente tiene pánico de hacer lo que los votantes piden: vivir en paz. Alberto Fernández no va a resolver Rosario antes de irse, no tiene tiempo, pero quienes ahora homenajean a Baglini proponiendo una solución instantánea para todos los problemas nacionales, deberán tomar recado de que la tibieza, el medio cambio, el acuerdo, el consenso y el coso, van a contramano de lo que piden los argentinos, siempre exceptuando a la progresía nacional que pagando cuotas privadas de colegio exige larga vida a la educación pública. 

Bukele entonces creó la cárcel más grande de Latinoamérica, según los garantistas organismos de Derechos Humanos que Horacio Verbitsky milita junto al Gobierno y buena parte de la prensa local. Nadie quiere ver que los resultados son buenos, y mucho menos aceptar que, quien se arriesgó a cambiar la realidad y pagar costos, tiene una aprobación que jamás un líder de consenso y diálogo y corrección política tendría.