ver más

Un debate que empieza después de haber terminado

El debate de ayer entre Javier Milei y Sergio Massa tuvo una esencia que en pocos días lo mostrará en toda su importancia.

Mas allá de la sutilezas y sofisticaciones de politólogos, de maestros del discurso, de expertos en lenguaje corporal y de iniciados en el arte de la política, en su núcleo y a los ojos de las personas comunes, nos mostró la realidad. El debate mostró los trucos dialécticos de Sergio Massa, un experto político que jamás trabajó en el sector privado, que habla de educación pública pero fue a la privada, ducho en el uso de los gestos, las palabras y las zancadillas, que en vez de explicar que haría como presidente, se limitó a plantear preguntas maniqueas como entrevistador agresivo. “Por sí o por no…”, como si desde hace año y medio no fuese el mandamás de la política y la economía y fuese él quien tiene que explicar que está haciendo o mejor dicho, destruyendo. 

Enfrente, un Javier Milei con ideas nuevas y mucha menos agresividad que la que actuó durante meses. Afortunadamente, sin haberse contaminado de la sarasa tribunera de la casta, que en Argentina llamamos generosamente “oratoria”. Massa fue Massa: humo, solo verba, con ideas viejas, mucho pasillo y aparato estatal atrás, hasta para desempolvar una efímera y olvidada pasantía de hace 40 años, quizás ayudado por los sótanos del espionaje.

Curiosamente, a las pocas horas del debate, la realidad desmintió al Ministro de Economía de la inflación explosiva: dijo que no querella periodistas, pero como aclaró la diputada Pagano, los manda a echar, los silencia, pide a los dueños de los medios que los “disciplinen”. Quiso mostrarse como un paladín de DDHH, repitiendo dolores de hace 50 años y ocultando lo que sus padrinos y sus ahijados hicieron en la pandemia, pero el señor Musse, padre de Solange, abandonada para morir en un pasillo de hospital, nos recordó la verdad.

Javier Milei con ideas nuevas y mucha menos agresividad que la que actuó durante meses.
Foto: MDZ.

Ahora no bastan los contactos empresariales en los medios para eliminar las voces que lo critican, porque la memoria digital es todopoderosa: con soberbia, Serio Massa nos mandó a Google y cuando fuimos, pudimos ver que él sí propuso arancelar la educación, sí prometió echar a los ñoquis de la cámpora, sí prometió acabar con la inflación y tantas otras cosas que no hizo ni hará. ¡En menos de dos años ha logrado algo que no ocurrió jamás: el desabastecimiento de insumos médicos esenciales! Y promete salud pública… Percibiremos en los próximos días y sabremos el domingo 19, si –como creo- para el soberano o sea, para la mayoría de la gente, el debate mostró la verdad: el dramático dilema que nos asola hace décadas.

El dilema entre un muy próspero político maquiavélico y un ciudadano harto, justificadamente enojado, sin las mañas y trucos de la casta, lanzado a la política con todas sus debilidades y fortalezas expuestas a la luz del día. El debate mostró que ni Javier Milei es un desenfrenado, ni Sergio Massa un aplomado.

Cambiar o no cambiar: ésa es la cuestión

Sin darse cuenta, Sergio Massa explicó mejor que nadie el argumento de Javier Milei, al invocar como defecto, que Milei haya trabajado casi toda su vida en el sector privado, cuando la debilidad argentina son los políticos, sindicalistas y  empresarios prebendarios, expertos no en producir, sino en vivir de lo nuestro. Un conjunto de vivos que contagiaron su impronta parásita al país, que día a día produce menos, caso único en el mundo. 

Las antinomias quedaron claras: chicanas o propuestas, pasado o futuro, miedo o esperanza, lo mismo o lo nuevo, inflación o estabilidad, sindicalistas o trabajadores, adoctrinamiento o educación, mentiras o verdad, delincuentes libres o presos… el mundo populista-dictatorial o el mundo de la libertad. 

En pocas palabras, Massa o Milei.

Alejandro Fargosi.

Alejandro Fargosi es abogado, fue miembro del Consejo de la Magistratura de la Nación.

@fargosi