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Lo que sucede en Brasil y no debe pasar en Argentina: "¿Y si paran con la locura?"

Conociendo personalmente a las personas que conducen los proyectos políticos, sindicales y empresarios del país, este periodista, humildemente, da un punto de vista de un futuro incierto.
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Primero mucho antes fue Venezuela. Luego siguió en Bolivia. Hace muy poco, tan poco que fue ayer, Perú. Ahora Brasil. ¿Cuánto tiempo más nos llevará ver que todo esto que está pasando en Latinoamérica termine pasando acá, en nuestro propio país? ¿Cómo puede ser que las dirigencias política, sindical y empresaria no tomen nota de que los autoritarismos están corriendo a las democracias de todo el planeta? Están poniendo en jaque primero las instituciones y después la libertad de todos nosotros.

Si hasta los Estados Unidos estuvieron a punto de sucumbir ante el brutal intento de asalto al Capitolio. Una horda de enloquecidos y desquiciados llegó al seno mismo de la mayor representación democrática estadounidense. En los momentos previos a que Joe Biden asumiera su presidencia, compitiendo con las denuncias de Donald Trump que estaba asegurando caprichosamente un fraude que sólo sus fanáticos vieron.

Lo de Brasil es impactante, impresionante y sobre todo desilusionante. Jair Bolsonaro, cuyas formas y posturas absolutamente extremas y agresivas fueron aplaudidas por varios dirigentes locales para contrastar con el kirchnerismo autóctono, no podía terminar de otra manera que como había gobernado: él promovió todo lo que sucedió ahora con su discurso de odio y religiosidad, empujado a su vez por un gran apoyo del aparato policial y militar que lo tuvo como líder.

Hubo un intento de asesinato a la vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, por un grupo extraviado, violento y antidemocrático que cree que la democracia no es un medio ni un fin, sino un estorbo. Los “copitos” fueron enajenados fruto de los discursos antidemocráticos y extremos también.

Pero Brasil… Qué fuerte es ver cómo las instituciones son avasalladas por turbas humanas. ¿Pero qué tan lejos estamos acá donde, tras la victoria más fenomenal en 36 años, los jugadores del seleccionado nacional de fútbol no quisieron ni pasar por la Casa Rosada por el desprecio que provocan quienes la están ocupando en la actualidad?

La Rosada, el símbolo máximo de nuestra democracia, desairada por jugadores y cuerpo técnico que no pudieron diferenciar quiénes ocupan ese lugar con su significado. Es todo grave, gravísimo.

Argentina tuvo un 2001 con saqueos, muertes de civiles en la Capital Federal pero fundamentalmente en la provincia de Buenos Aires y el interior del país y el retiro en helicóptero de un presidente luego de dos años en el poder, con el peronismo en la calle reclamando su salida anticipada.

Lo mismo sufrió Mauricio Macri, aunque terminó su mandato, afortunadamente. Los periodistas fueron escupidos (sus fotos) en las plazas, los helicópteros repartidos, los medios escrachados y acusados de mentirosos y ahora, por un simple fallo judicial, la Justicia es calificada de mafiosa y merecedora de un juicio político.

Este mensaje de odio, búsqueda permanente de un culpable mientras permitían vacunatorios VIP, fiestas clandestinas en Olivos y decretos de dudosísima legalidad, tanta que finalmente la Justicia se declaró en contra, pueden provocar que se viva en unos meses lo que ahora vive Brasil si el resultado electoral no es el deseado por algunos odiadores.

Trump, Bolsonaro y Cristina Fernández de Kirchner se negaron, al no realizar el traspaso del poder como correspondía, a validar el resultado de las urnas. Pero quieren participar de elecciones, siempre y cuando ellos ganen. Sino, no tienen legitimidad, según sus mismos parámetros.

Hoy la mitad de los gobernadores no quieren acusar a la Corte de golpista y la mayoría de los intendentes tampoco firmarían una solicitada de esas características si su propio futuro estuviera en juego. Lo hacen porque para algunos es políticamente funcional a su futuro, y otros para no ser tratados como traidores. Pero no quieren estar en esta discusión, al igual que la CGT, la Mesa Sindical Nacional Peronista y la mayoría de los funcionarios nacionales que aún están con Alberto Fernández cuando él los convocó. Los que no estuvieron nunca con él demuestran que en sus provincias la Justicia Independiente no existe.

Que gran momento sería para que economistas, sindicalistas, empresarios, más los Horacio Rodríguez Larreta, Sergio Massa, Gerardo Morales, Diego Santilli, Martín Lousteau, Sergio Uñac, Omar Perotti, Juan Manuel Urtubey, Juan Schiaretti, Florencio Randazzo, Graciela Camaño, José Luis Espert, Elisa Carrió, Gustavo Bordet, Emilio Monzó, Omar Gutiérrez, Gerardo Morales y Gustavo Valdez, entre tantos otros, se pongan de acuerdo, pierdan el miedo a ser políticamente correctos (Carrió la única que nunca lo fue), armen un plan en serio, y dejen sin sentido a aquellos que aún hoy siguen trabajando para los extremos y son funcionales a la violencia verbal que luego lleva a la anarquía contra las instituciones civiles.