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En vez de discurso del odio, discurso de racionalidad

El Gobierno nacional tomó erróneamente el concepto "discurso del odio" sin mirar cómo agitan en el mismo sentido. Pero es urgente recuperar un discurso racional sobre temas urgentes para Argentina.
Foto: Télam
Foto: Télam

La Convención Americana sobre Derechos Humanos nos da una definición precisa de lo que considera discursos de odio. La conceptualización exacta está a continuación, porque es imprescindible ser rigurosos para darle marco veraz y confiable al término incorporado, casi en exclusividad, al debate público y político.

Introducción: Propósito y contenido del Informe

Las expresiones de odio o el discurso destinado a intimidar, oprimir o incitar al odio o la violencia contra una persona o grupo en base a su raza, religión, nacionalidad, género, orientación sexual, discapacidad u otra característica grupal, no conoce fronteras de tiempo ni espacio. De la Alemania nazi y el Ku Klux Klan en Estados Unidos, a Bosnia en los noventa y el genocidio de Ruanda en 1994, se han empleado expresiones de odio para acosar, perseguir o justificar privaciones de los derechos humanos y, en su máximo extremo, para racionalizar el asesinato. Tras el Holocausto alemán, y con el crecimiento de Internet y de otros medios modernos que facilitan la divulgación de expresiones de odio, muchos gobiernos y organismos intergubernamentales han tratado de limitar los efectos perniciosos de este tipo de discurso. Sin embargo, estos esfuerzos chocan naturalmente con el derecho a la libertad de expresión garantizado por numerosos tratados, constituciones nacionales y legislaciones internas.

En las Américas, el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos prevé un amplio grado de libertad de expresión al garantizar el derecho a “buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole”. El artículo 13 protege esta libertad al proscribir la censura previa y las restricciones indirectas, y permitir únicamente la posterior imposición de responsabilidad en un conjunto pequeño y definido de excepciones, como las destinadas a proteger la seguridad nacional, el orden público y los derechos y la reputación de los demás. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos han mejorado la definición de esta libertad a través de su jurisprudencia en las décadas recientes.

La agencia oficial Télam sugirió algo muy grave: que con la palabra se agita para matar.

Este amplio manto de la libertad de expresión, sin embargo, no es absoluto. La Convención Americana –al igual que numerosos pactos internacionales y regionales- declara que las expresiones de odio quedan al margen de la protección del artículo 13 y exige que los Estados Partes proscriban esta forma de expresión. En el párrafo 5 del artículo 13 se establece:

Estará prohibida por la ley toda propaganda en favor de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción ilegal similar contra cualquier persona o grupo de personas, por ningún motivo, inclusive los de raza, color, religión, idioma u origen nacional.

La precisa definición de la Convención nos permite excluir de la discusión democrática a los discursos de odio, mal o intencionadamente utilizados por el gobierno y el Frente de Todos, así como de otros actores marginales de la política para abocarnos a un concreto, necesario y prioritario discurso de la racionalidad.

 Discurso racional sobre la Educación

Aventando toda duda acerca de la importancia casi excluyente de la educación como instrumento de superación personal, inclusión laboral y social, mejoramiento personal y posibilidad de superación, la sociedad entera debe involucrarse y demandar a la dirigencia en su totalidad, una urgente gestión “racional”, sin especulación ni ventaja indebida, para ubicar con prioridad a una educación moderna y amplia en el debate público cívico.

Las aulas vacías, una imagen de la decadencia educativa. 

Millones de niños y jóvenes lo requieren y necesitan.

Discurso racional sobre la Economía

El estrafalario índice inflacionario, los lacerantes porcentajes de compatriotas inmersos en la pobreza e indigencia, la falta de trabajo digno y formal, los cepos que asfixian la economía, son solo  algunos  de los indicadores suficientemente explícitos para ponerle “racionalidad” a la economía.

Urge encontrar consensos para comenzar un camino de crecimiento económico, sin teorías extremas, ni propuestas exóticas no probadas ni aceptadas por países que progresan y dignifican a sus ciudadanos.

Soluciones simples, inclusivas y probadas con éxito.

Discurso racional sobre la Seguridad

Enfrascados en debates sobre garantía o represión, la inseguridad preocupa e invade la vida diaria.

Hay que discutir y dialogar sobre cuestiones básicas. Prevención amplia y eficiente, respeto a la ley, policía profesional, bien remunerada y equipada y custodia de los bienes y la vida de los funcionarios y ciudadanos, cárceles dignas,  son algunos de los principios básicos que atender en la búsqueda de una seguridad democrática eficaz y eficiente.

Hemos enumerado sólo algunas de las cuestiones básicas a encarar racionalmente en un diálogo y debate plural y sincero.

No olvidamos la salud pública y privada, la revolución de la tecnología y la irrupción de la sociedad del conocimiento, el relacionamiento en el mundo con países democráticos y respetuosos de los derechos humanos, las políticas sociales racionales y que atienden a desvalidos y necesitados.

El repiqueteo sobre el discurso de odio como se ha instalado, a la par de incorrecto profundiza la grieta con lo que atiza el “ fuego del odio”.

Paz, inteligencia, actitud de servicio patriótico y  discurso de racionalidad son valores y conducta necesarias para el momento aciago qué transita la Nación.

No más discurso del odio, erróneamente utilizado y que fogonea las pasiones dañinas.