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Los increíbles desplantes de los jóvenes barbudos a Alberto Fernández y la incertidumbre que viene

El presidente Alberto Fernández sigue mostrando su impericia política, pero además sufre desplantes de los jóvenes obedientes de La Cámpora. El contraste con Chile y el temor a que llegue el lunes.

En el mar de tormentos que afectan a la Argentina, hay gestos que pasan desapercibidos pero tienen igual relevancia en el fondo. El presidente Alberto Fernández viajó a Chile para ser parte de la asunción de Gabriel Boric y no invitó al gobernador de Mendoza, Rodolfo Suarez. Además de mostrar una vez más su impericia política (mucho más en política exterior), quien conduce el Estado nacional obvia la historia y hasta las leyes de la física y la economía. No dejó afuera a Suarez, un enemigo circunstancial, sino a la provincia que más vinculación histórica, política, cultural y económica tiene con Chile.

Un porteño de Puerto Madero deja afuera a Mendoza de una visita oficial a Chile. Pues en el siglo XIX desde Buenos Aires le dieron la espalda a José de San Martín cuando desde Cuyo quería liberar el continente y hasta lo obligaron al exilio. Los salieris de aquellos dirigentes, las imitaciones modernas, generan, viven y sufren las mismas miserias. No es extraño para la política vernácula, mucho menos si se toma en cuenta el ninguneo permanente.

Alberto saludó a Boric, un presidente que inquieta y genera una expectativa enorme. Por sí, y por el proceso que lo llevó al poder. El mandatario chileno, un sub 40 surgido de las protestas por las inequidades de ese país, dejó estupefactos a los exjóvenes barbudos. Boric es un dirigente de izquierda que no heredó poder, que repudió sin pelos en la lengua a los gobiernos de Venezuela, Nicaragua y Rusia y que ya demostró ser pragmático para gestionar algunas de las variables intangibles de cualquier país sensato. Mientras en Argentina los exjóvenes K limaron al presidente y le dieron la espalda para evitar el default, en Chile el presidente de izquierda pregona el equilibrio fiscal como máxima.

La dirigencia que rodea al oficialismo argentino tienen el mismo problema de las nuevas generaciones políticas de Argentina: no son ni jóvenes, ni rebeldes; más bien obedientes a una persona y acostumbrados a acunarse en el calor del poder. Boric surgió de las protestas estudiantiles y construyó poder pasando por todos los filtros electorales y políticos de ese país. Los exjóvenes K tuitean a favor de la revolución, pero vacacionan en 5 estrellas; están en contra del FMI, pero ahorran en dólares. Ahora limaron al presidente que su jefa, Cristina Fernández de Kirchner, eligió.

La crisis abierta que se desató por la votación en la Cámara de Diputados llenó de incertidumbre al Gobierno y la duda es el día después. Como un niño que se angustia los domingos por la tarde, nadie quiere que sea lunes por temor a lo que viene. Para entender el escenario alcanza con tener en cuenta los pronombres personales.

En el oficialismo ya no hablan de Frente de Todos. Hablan de “nosotros” y “ellos”. Nosotros, el Gobierno, ellos, el kirchnerismo. Algún osado habla de “él”; que sería Sergio Massa, el dirigente que mejor parado quedó dentro de la alianza del poder. En ese panorama incierto, nadie se anima a arriesgarse. Los peronistas de larga trayectoria ya se chocaron con algunas paredes cuando veían debilitado al kirchnerismo y simularon rebeldías. Les ocurrió en 2008, con el enfrentamiento con el campo, época en la que ya hablaban de la “era pos Cristina”, y luego ocurrió todo lo contrario. También tras las derrotas sucesivas y la creación de Unidad Ciudadana. Siempre amagan, nunca ejecutan. Quizá porque la única dirigente que construyó un proyecto de poder real y que ejecuta es la propia Cristina. El adormecimiento general del peronismo ayuda.

En Mendoza, por ejemplo, podría complicarle la vida a un analista político si quieren entender lo que pasó en Diputados. En 2019 fueron electas como diputadas Jimena Latorre, anti K y rival de Alberto Fernández, y Marisa Uceda, oficialista nacional, compañera de boleta de Alberto Fernández. Pues en el Congreso la opositora Latorre votó para salvar al Gobierno y la oficialista Uceda le bajó el pulgar. La decisión, seguramente, fue mucho más compleja para las legisladoras que una trivial explicación periodística. Pero el desaire al presidente fue muy notorio.

No hay señales de que en el Senado ocurra algo distinto. La mendocina Anabel Fernández Sagasti es, además de una de las legisladoras más influyentes, presidenta del PJ local. Uno de sus objetivos cuando se hizo cargo era reordenar a ese partido y darle una lógica orgánica. Hoy está en una encrucijada, pues por más que personalice su decisión, su voto tiene un peso extra por el gesto hacia adentro del partido que ella gobierna en la provincia. Hay en el PJ quienes buscan desdramatizar la situación, sobre todo para la vida partidaria local. Uceda, que es de máxima confianza de Fernández Sagasti, fue la única mendocina que votó en contra. Liliana Paponet apoyó el acuerdo con el FMI y Alberto la subió al avión para ir a Chile, al mismo lugar al que no fue invitado el gobernador.