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CFK clásica: se autopercibe proscripta y espera un 17 de octubre que no llega

La vicepresidenta reapareció en Avellaneda y volvió a criticar al Poder Judicial, al Grupo Clarín y a la oposción. Recordó el gobierno de Néstor y lo comparó con Axel Kicillof, quien estaba sentado a su lado. Llamó a los dirigentes a no pedir permiso y ser candidatos si sienten que es el momento

Cristina Fernández de Kirchner volvió al escenario y las luces en Villa Corina y rodeada de su gente, tal vez, como definió un ministro hace un tiempo: "Menos personas, más duras y más leales a ella". La vicepresidenta volvió a recurrir a su descripción histórica de presunta proscripción y ataque sistemático a su persona y casi con un estilo de insulto vintage, volvió a apuntar contra los viejos blancos del kirchnerismo: el grupo Clarín, la Justicia, el inocente arquitecto Julio De Vido preso por corrupción, la crisis del peronismo en la que ve falta de coraje y osadía, todo junto en pocos minutos, así llegó y se fue después de escuchar a Jorge Ferraresi y Axel Kicillof en Avellaneda.

Si se había bajado, está de vuelta en carrera, sólo el tiempo y las encuestas dirán si tiene sentido ir por un cuarto mandato integrando el Poder Ejecutivo o si será senadora en Buenos Aires, el proyecto que hoy más encaminado está y el que le asegura fueros, dato no menor en días de procesamientos, condenas y futuras malas noticias confirmadas. 

Cristina volvió a ponerse por encima de todos, absolutamente de todos, al plantear "probablemente ningún argentino se acuerde de las fechas", como si ella sólo tuviera el talento irrepetible de tomar nota o ser memorioso como Funes, el personaje que no podía olvidar de Jorge Luis Borges, tal vez la única característica borgeana de la viuda de Kirchner.

Así entonces, Cristina volvió auténtica, líder, rápida, ácida y autoritaria internamente, dejando en claro que su peronismo está a flor de piel y que lejos quedaron los años en los que militaba con Domingo Cavallo y decía en privado a su secretario Oscar "Pelotudo" Parrilli -así lo define quirúrgicamente en privado, lo conoce de antaño- que el peronismo se podía meter el partido en el culo. La bendición a Axel Kiciloff pegó en el palo y picó varias veces en la línea, lo emuló con Néstor Kirchner y las inauguraciones que hizo cuando era gobernador de Santa Cruz. 

Cristina volvió un día y se subió a un ring vacío, en el que su creación, el Frente de Todos, oscila entre el amontonamiento y el desierto más desierto de candidatos, depende del día, la semana, el fallo adverso o el azar. No es tan distinto que el arco opositor. El repaso de los años dorados del kirchnerismo sirvieron para que los que estaban en primera y segunda fila, entre ellos Parrilli y la intendente quilmeña Mayra Mendoza, enrojezcan sus manos aplaudiendo sin complicidad pero sin pausa a cada frase de Cristina, la líder indiscutible del duro y empequeñecido peronismo cristinista.

Ahora resta descifrar por qué cree que afecta al presidente Alberto Fernández que no lo nombre. Alberto está únicamente abocado a bajar la inflación y hace meses que no tiene idea qué piensa Cristina sobre diversos temas. Es más, suele pedir que no se le avise y si quiere saber consulta y sigue. "Quiero bajar la inflación, no me importa si dijo, no dijo, si me mandó un mensaje, estoy trabajando", dijo en privado a su secretario días atrás. Tal vez sea verdad entonces que Alberto cree que está bien con la opinión pública y que quiere dar la batalla interna en seis meses, cuando se inscriban los aspirantes a suceder al Frente de Todos.