La sociedad, sin anticuerpos ante la pérdida de credibilidad

La sociedad, sin anticuerpos ante la pérdida de credibilidad

El escándalo de las visitas a la quinta de Olivos en plena pandemia aún no cuaja. Las explicaciones fueron, hasta el momento, insuficientes para una sociedad cada vez más descreída de la clase política.

Nicolás Attias

Nicolás Attias

El affaire de las visitas nocturnas a la residencia presidencial, cuando el resto de la población estaba sometida a una cuarentena estricta y obligatoria, pegó en la línea de flotación de un discurso presidencial seriamente dañado.

El principal capital de un político pasa por su capacidad de persuadir al electorado y de lograr la comunión con su mirada del rumbo que debe tomar el proyecto de país. Su voz de mando se apoya en su reputación, en el derrotero del ejercicio pedregoso de la gestión, y en especial en la coincidencia dentro de lo posible de su predicamento con los hechos.

Desde marzo 2020 Alberto Fernández nos inundó de filminas, sentencias contadas como verdades reveladas, al tiempo que Rodríguez Larreta y Kicillof lo contemplaban detrás mientras él erguía su dedo índice en una presunta señal de que todo lo podía esclarecer. Tal era el aura que pretendía irradiar el profesor de Derecho con sus clases magistrales.

El presidente no tuvo empacho en compararse en esos trances pandémicos iniciales con Suecia, Chile y otras países de la región, cuando la cuarentena estricta vendía la ilusión de la gesta sanitaria argenta, y nos hacía creer que tal vez Ginés tenía razón y los más peligroso era el dengue y no el coronavirus de la lejana China.

Desde el hemisferio norte le contestaron con un grado supremo de sensatez que muchas veces parece escasear por estos pagos.  "Esta es una nueva enfermedad y pasará tiempo antes de que sepamos qué modelos funcionan mejor", dijeron funcionarios escandinavos, ante la vocinglería de la Argentinidad al palo colgada del bombo y la tribuna.

Lamentablemente, año y medio después el rosario de muertes argentinas exime de continuar diseccionando el relato sanitarista que el Gobierno debió mutar velozmente hacia el presunto aluvión de vacunas para inmunizar una campaña electoral que asoma con nubarrones. 

Y en medio de estas dudas, angustia, y complejo cuadro sociosanitario que cruza a todo el país, mientras gran parte de su población lucha por reconstituirse y restañar las hondas heridas que la pandemia nos legó, se conocieron las alegres tertulias con las que departía el Presidente en la Residencia de Olivos.

Mientras propalaban un discurso con el claro objetivo de inducir miedo, mientras señalaban a los "vivos", "irresponsables" y la "gilada" que no hacía caso a la "cuidadanía", Alberto se relajaba muy amistosamente  después de hora con su círculo íntimo, y entre copa y copa recibió la visita de funcionarios, sindicalistas, empresarios, periodistas y personas del espectáculo, según el sitio Chequeado. Entre ellas Florencia Peña, el adiestrador de Dylan y su veterinario.

Para ponerlo en cifras duras, durante el período entre el decreto que dispuso el aislamiento obligatorio (19 de marzo de 2020) y el que permitió las reuniones sociales al aire libre (30 de agosto), se registraron más de 12 mil ingresos a la Quinta de Olivos.

Y en estas reuniones se dio la repentina vinculación entre el Presidente con el ya célebre lobista y empresario taiwanes Chien Chia Hong con quien presuntamente acordó suculentas licitaciones.

Está claro que cuando un dirigente, y más si es el Presidente, pierde credibilidad, se genera un vacío de indignación y resignación en la sociedad, que bordea peligrosamente con el libre albedrío.

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