Expediente cuádruple homicidio en Las Heras: un caso lleno de misterio e impunidad que tiñó de sangre al departamento
Tenía solo 13 años cuando ejecutó a cuchillazos a dos jubilados, a una docente y a un niño. La Justicia determinó su culpabilidad, pero las leyes de minoridad impidieron que fuera a la cárcel.
Foto 2: Alí Miguel (79) y Sara García (84), los abuelos jubilados que fueron atacados al regresar de la iglesia junto a su hija Mónica (48). / Archivo MDZ
Transcurría la primera semana de diciembre de 2011 cuando un hecho criminal marcó el calendario mendocino con la sangre de cuatro víctimas. Fue en la tarde-noche del jueves 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción de María. Con las primeras sombras de la noche, una noticia espeluznante sorprendió a los vecinos del barrio 8 de Mayo en Las Heras, y pronto escaló a nivel nacional: en una humilde vivienda, cuatro integrantes de una familia habían sido brutalmente asesinados a cuchillazos.
Las víctimas fueron los jubilados Alí Miguel (79), su esposa Sara García (84), la hija de ambos, Mónica Miguel (48), y su hijo adoptivo Ezequiel (10). La escena con la que se encontró la Policía Científica y la fiscal Claudia Ríos fue catalogada como macabra y sangrienta, y los detalles fueron estudiados para esta nota por MDZ en conjunto con el grupo Evidentia formado por María de los Ángeles Videla, María Victoria Gaviola, Martina Guadalupe Lostes y Valentina González, especialistas en criminalística y siniestrología vial, con el apoyo multimedial de Milagros Lostes.
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Los detalles de una tarde sangrienta
Esa noche en el barrio 8 de mayo de Las Heras, la persona que se llevó toda la atención dentro del macabro crimen era un adolescente de 13 años, amigo de Ezequiel y vecino de enfrente. Él apareció con su mano vendada y dio una primera versión que orientó la búsqueda y fue clave desde un principio: "Un hombre entró encapuchado y los mató a todos; yo me escondí bajo la mesa".
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Sin embargo, los sabuesos policiales desconfiaron rápidamente y siguieron un rastro de sangre en la medianera y la vereda con lo que descubrieron que la abuela del testigo había lavado de urgencia las zapatillas y ropa de su nieto para borrar evidencias. Presionado, el menor cambió su relato e inculpó al pequeño Ezequiel asegurando que lo había matado en legítima defensa tras ver cómo atacaba a su propia familia.
Finalmente, casi un mes después, los estudios de ADN confirmaron la verdad más temida: el único sobreviviente de 13 años era el autor material de la masacre. De acuerdo con la instrucción, la tragedia se originó por una discusión menor entre los niños mientras navegaban en internet.
La disputa escaló en el baño, donde el agresor atacó a Ezequiel propinándole varios puntazos por la espalda, heridas que le causarían la muerte poco después. Armado con dos cuchillos de cocina —uno tipo carnicero y otro para pan—, el adolescente se dirigió luego a la habitación de Mónica, a quien apuñaló no menos de 20 veces sin dejarle margen de defensa.
El horror continuó cuando don Alí y su esposa Sara ingresaron a la propiedad tras regresar de misa. Oculto detrás de un mueble, el homicida emboscó al anciano y le propinó un corte mortal en el cuello y heridas en el pecho. Sara intentó retroceder para pedir ayuda pero también fue alcanzada por las puñaladas. Aunque sobrevivió al ataque inicial, falleció camino al hospital Lagomaggiore. Las autopsias revelaron un ensañamiento brutal y la utilización de ambas armas, abandonadas luego en el piso cubierto de sangre.
El destino de un asesino desconocido en todo Mendoza
Algunos meses después del hecho, precisamente el martes 18 de enero de 2012, el fiscal de Menores Gustavo Farmache cerró definitivamente la instrucción del expediente. Convocó al imputado a su despacho y le comunicó formalmente que las pruebas científicas lo señalaban como el único culpable del cuádruple homicidio.
A pesar de la contundencia de las pericias, para la Justicia argentina el menor era penalmente inimputable debido a su edad, quedando bajo el amparo de la Ley Nacional de Niñez y Adolescencia. Esto permitió el detalle más que importante de que su identidad civil nunca trascendiera públicamente.
Por este motivo, el adolescente jamás pisó una cárcel común. En primera instancia fue alojado en un psiquiátrico particular en Mendoza y posteriormente derivado a un instituto de rehabilitación en la provincia de San Juan. Dicha internación fue interrumpida y, al cumplir los 14 años, regresó a territorio mendocino bajo la asistencia de la ex Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia (Dinaf) en un domicilio estrictamente reservado. Hoy, habiendo alcanzado la mayoría de edad, su nombre se mantiene en las sombras, sepultado en un expediente que el tiempo archivó.