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A 27 años del crimen: así vive en el penal de Boulogne Sur Mer el padre y asesino de Yoryi Godoy

El 13 de mayo de 1996 Jorge Godoy y Graciela Camargo anunciaban el secuestro de su pequeño hijo. A los pocos días ella se quebró y confesó que Yoryi había muerto por una golpiza de su padre.

El 13 de mayo de 1996, Mendoza se veía sacudida por lo que, con el tiempo, se transformaría en uno de los casos policiales más cruentos de la historia: Jorge Godoy y su por entonces esposa, Graciela Camargo, aparecían en los canales de televisión y las radios de la provincia pidiendo por la aparición de su hijo de tres años, Ayrton Brian Godoy.

Al niño, supuestamente, lo habían secuestrado en la playa estacionamiento del supermercado Vea que, al día de hoy, se encuentra en el barrio Unimev de Guaymallén. Al menos esa era la coartada del progenitor de Yoryi quien, tras una feroz paliza, lo había asesinado bajo el encubrimiento de Graciela Camargo.

En una de las tantas ruedas de prensa en torno al caso, y antes de que se supiera la verdad, Godoy y Camargo enfrentaban las cámaras y los micrófonos de manera muy distintas. Él, con la frialdad de un asesino; ella, con los nervios de estar escondiendo el triste final de una criatura de tres años.

"El nene estaba conmigo el día sábado", decía Jorge Godoy mientras se tocaba la frente, hacía una pausa y era mirado de reojo por su esposa, y agregaba: "Estaba conmigo en la playa del Vea". Tosía, buscaba que la prensa y la sociedad creyeran su versión. Al lado, Graciela Camargo, con otro niño en brazos, casi sin darse cuenta, daba a entender lo que había sucedido: "Era -sí, ya lo daba por muerto- bien blanca la piel y los ojos marrones". A cada instante lo miraba a Godoy. "Sus ojos eran bien oscuros y llamaban la atención por eso", agregaba sumergida en un mar de nerviosismo.

Jorge Godoy y Graciela Camargo formaban una familia "normal", y además de Yoryi, habían otros niños. Él era pintor y ella ama de casa. Vivían en Guaymallén, en la calle Bombal, a 10 kilómetros de donde fue encontrado el cuerpo del niño de 3 años enterrado en un descampado. Eran Testigos de Jehová y concurrían a un templo en el distrito de Dorrego.

Todo comenzó a desmoronarse para Jorge Godoy cuando la presión que generó la exposición del caso lo dejó casi sin respuestas. A eso se sumó la declaración de un "changarín" del supermercado que lo había visto en soledad haciendo las compras y una entrevista profunda de los pesquisas quienes, con una sola línea de investigación que apuntaba a un vecino con el que mantenían algún tipo de conflicto, comenzaron a recabar información por las constantes faltas de los niños al colegio y la cantidad de ingresos al hospital pediátrico Humberto Notti.

Su coartada ya no tenía salidas viables. Por eso, a los pocos días se quebraron y confesaron el crimen de su pequeño hijo, dando detalles que marcaron lo cruel que había sido la muerte de Yoryi.

Una investigación exprés que terminó quebrando a los padres

Dos días después de la aparición de Godoy y Camargo en los medios, la Justicia seguía dos pistas: una, la aportada por los padres, en la que se destinaron más recursos. La otra, la versión del "changarín", la cual fue seguida de cerca por un ayudante fiscal, en compañía de dos oficiales.

Y mientras se realizaban diversos allanamientos en torno a la figura del vecino (los padres aseguraban que podía tener algo que ver en la desaparición de Yoryi), el equipo menor comenzó a juntar datos que terminarían de ser fundamentales para dar con el dramático final: hablaron con gente vinculada a la iglesia a la que concurrían y con otros vecinos, indagaron en el colegio de los hermanos mayores del niño y llegaron hasta los periódicos ingresos al hospital Humberto Notti. Algo les llamó la atención y lo informaron al juez de Instrucción Marcos Pereira.

Algo andaba mal y comenzaron a focalizar en lo obtenido por fuera de la macabra versión de los padres. Es por eso que ese mismo lunes, ambos fueron sometidos a un profundo interrogatorio denominado "técnica de Reid", un sistema que ya era conocido pero que pocas veces había sido utilizado en Mendoza y que se basa en la obtención de información a través del sospechoso y que se contrapone a la entrevista, la cual tiene aproximaciones más respetuosas.

Tras siete horas de interrogatorio constante sobre la pareja, Graciela Camaño se quebró y confesó lo que había sucedido el viernes anterior: Jorge Godoy antes de irse a trabajar le había dado una paliza al pequeño Yoryi porque el niño no lo había saludado. También habló de la agonía de 9 horas de su hijo, por el que ni ella misma hizo algo más que acompañarlo en su cama, la cual se transformó en su lecho de muerte.

Con el crimen confeso, los pesquisas debían "sacarle" a Godoy el dato de dónde estaba el cuerpo. En pleno interrogatorio lo lograron ya que él mismo marcó el lugar donde había sido enterrado a 10 kilómetros de la casa que habitaban, lugar al que llegó la noche del viernes en bicicleta y con el cadáver del menor envuelto en una sábana y dentro de un bolso.

A un año del asesinato, más precisamente en julio de 1997, ambos fueron juzgados y obtuvieron condena impuesta por la Quinta Cámara del Crimen: él fue sentenciado a reclusión por tiempo indeterminado -ya transita 27 años y 4 meses en el penal de Boulogne Sur Mer; ella, en tanto, a prisión perpetua en El Borbollón por ser partícipe del homicidio ya que, según la autopsia, si hubiese alertado a las autoridades o hubiese llevado al niño a un centro asistencial, tal vez hubiese sobrevivido. 

En 2021 ella recuperó su libertad, se divorció de su esposo y empezó una nueva vida.

El macabro mensaje en la remera de Graciela Camargo

El día de la detención de los progenitores de Yoryi Godoy, una gran cantidad de medios se hizo presente en el lugar para registrar el traslado. Ante las cámaras primero pasó, sin la cabeza cubierta, como suele suceder en otros casos, el asesino del niño. Luego lo hizo su madre. Graciela Camargo, justamente ese día, vestía una remera con una frase en inglés que rezaba: "Life time for young people", que traducido al castellano es "Tiempo de vida para los jóvenes".

Días atrás, Jorge Godoy, tras una agonía de 9 horas al "cuidado" de su madre, envolvió al pequeño en una sábana, lo metió dentro de un bolso, salió de su casa en bicicleta, hizo 10 kilómetros, y con una pala prestada cavó el pozo donde intentó ocultar a su hijo. Lo brutal del asesinato quedó en evidencia luego de la autopsia: quebraduras en las costillas, golpes en los testículos y hematomas en el rostro y la cabeza. 

Así vive hoy Jorge Godoy, entre beneficios y un "departamentito" en Boulogne Sur Mer

Jorge Godoy, que hoy tiene 63 años, fue trasladado a la cárcel de Boulogne Sur Mer apenas quedó detenido tras confesar que había asesinado al pequeño. Allí está hace 27 años y 4 meses y, si bien ha tramitado varias veces el permiso para obtener salidas transitoria y en 2020 la prisión domiciliaria, todas le han sido desfavorables. Ahora tendrá que esperar al 2031, fecha en la que puede volver a hacerlo, aunque fuentes judiciales estiman que no le será otorgado el beneficio, ya que ningún juez quiere cargar con la cruz de dejarlo casi en libertad.

De todos modos, Jorge Godoy no la pasa mal en el penal. Con el correr de los años fue adquiriendo una serie de "beneficios" que le hacen más llevadera la estadía entre rejas. Según su expediente, está alojado en el Pabellón 15 sector A y obtuvo un Peuce para estudiar dentro de su lugar de detención. Allí cursa dos carreras: la licenciatura en Trabajo Social y la tecnicatura en Gestión de Políticas Públicas. También es una especie de pastor evangélico, lo que le da otra serie de beneficios.

Jorge Godoy está recluido en el penal de Boulogne Sur Mer desde hace poco más de 27 años.

Lo llamativo es que si bien figura que está en el Pabellón 15, el filicida Jorge Godoy está lejos del mismo. Los beneficios obtenidos, entre otros, es la disposición de una especie de "departamentito" ubicado al lado de la Jefatura de Seguridad, arriba del Casino de Suboficiales y muy cerca de la oficina de Habeas Corpus, donde tiene montado un taller de cerrajería, por lo que se lo conoce como "el dueño de las llaves del penal".

Está solo, sus otros tres hijos, mayores que Yoryi, no lo visitan. De Graciela, lo último que supo es que le pidió el divorcio y comenzó una nueva vida.