El fracaso del federalismo es que el petróleo y gas sigan bajo tierra
El peor fracaso del federalismo hidrocarburífero es que el petróleo y gas sigan bajo tierra
Por primera vez desde la reforma constitucional del 94 y de la sanción de la ley 26.197, que consagraron el dominio de los yacimientos hidrocarburíferos en favor de las provincias, estamos ante la necesidad de resolver el mayor de los desafíos en esta materia.
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Se trata de hacer operativa la definición más inteligente que exige el federalismo bien entendido: el federalismo de concertación.
No hay país federal con intereses contrapuestos entre la Nación y las provincias. Porque estas son las titulares de los recursos, pero aquella es quien tiene la obligación de "diseñar las políticas energéticas" (artículo 2 de la ley 26.197).
La ausencia de esta política a lo largo de casi 20 años provocó que el petróleo y el gas sólo fueran objeto de debate tributario, o mejor, recaudatorio, pero nunca como objeto de un plan de desarrollo estratégico integral.
Eso explica que hoy, al final de un período de enorme recaudación fiscal, estamos gastando ya casi 15.000 millones de dólares en la importación de gas y combustibles.
Las cosas están cambiando a partir de la estatización de YPF. El plan nacional no viene de la mano del Ministerio de Planificación o de la Secretaria de Energía, a cargo de los responsables del fracaso, sino de la conducción de la nueva empresa con mayoría estatal.
Y esta es la noticia. Y esa es la razón de los encontronazos, ruidos, desplantes, etc., etc.
El camino del absurdo es el de la confrontación entre Nación y provincias o entre YPF y las empresas provinciales de energía.
Eso sólo llevaría a una frustración de consecuencias tremendas para el desarrollo postergado.
El camino virtuoso indica un acuerdo federal que no necesariamente implique reformas legales, aunque sí su ratificación por el Congreso y las legislaturas provinciales.
En ese acuerdo, las provincias deben defender, obviamente, su dominio, pero aceptar reglas operativas que un plan nacional pueda aportar para que la exploración y explotación se beneficien en el corto plazo con resultados concretos.
No hay regalías sin inversión. No hay inversión sin reglas. No hay reglas sin seguridad jurídica. Y en cualquiera de estos factores, no hay resultados sin una sociedad inteligente entre la Nación y las provincias.
La hora exige mucha seriedad, responsabilidad y compromiso estratégico. No es cuestión de federales o unitarios. Mucho menos de oficialistas u opositores.
Si el petróleo y el gas siguen en nuestro subsuelo, mientras nos peleamos por esas etiquetas, el fracaso sería de todos.
Ernesto Sanz