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Un reactor con alas: Rusia desafía a la OTAN

Rusia desafía a la OTAN con un reactor nuclear en su nuevo misil, el Burevestnik, que promete un alcance casi ilimitado y una trayectoria impredecible.



Casi todos los misiles queman combustible químico y su alcance está dado por el tanque que cargan; y cuando el carburante se agota el misil cae. Un cohete de propulsión nuclear cambia esa regla porque en lugar de un reservorio lleva un reactor pequeño. El núcleo atómico calienta el aire y lo expulsa, así, esta propulsión dura meses y el alcance se vuelve casi ilimitado.

Conviene separar dos cosas que suelen confundirse. Una cosa es la ojiva, otra es la propulsión. La cabeza nuclear destruye el blanco, por otra parte el reactor solo mueve el arma. Un misil de combustible nuclear puede llevar además una ojiva, pero lo que lo distingue no es lo que arroja sino lo que lo empuja. Rusia construyó un arma así y la llamó Burevestnik. Por su parte, la OTAN la nombró Skyfall.

El diseño más simple hace pasar el aire directamente por el núcleo del reactor. La corriente entra, cruza miles de canales estrechos que rodean el combustible, se calienta, se dilata y sale por la tobera. Eso es el ciclo directo, es liviano y compacto, y tiene un costo grave porque el gas atravesando el núcleo sale irradiado. Es decir, arrastra isótopos de argón, kriptón y carbono, por lo tanto, el misil deja una estela radiactiva a lo largo de todo el vuelo.

Existe una alternativa con el ciclo indirecto, este encierra el material radiactivo en un circuito sellado pero ese diseño es más pesado y más grande. Por eso la versión sucia es la más probable y así, un análisis técnico difundido en 2026 llegó a esa misma conclusión a partir de las dimensiones del arma.

El resultado es un misil lento volando por debajo de la velocidad del sonido, cerca de Mach 0,75, de unos 9,5 metros de largo y un núcleo de unos 50 centímetros. El vector es lento y deja un rastro de radiación y ambas cosas lo hacen de fácil de detección y derribo. Entre tanto, su virtud está en otra parte.

La virtud y el viejo error

La ventaja es el alcance y la trayectoria, porque un misil de crucero común recorre pocos miles de kilómetros. Este permanecería en vuelo muchas horas y llegaría desde cualquier dirección. Por ejemplo, podría lanzarse hacia el Ártico, merodear y atacar desde el sur. Es decir, su ruta es imprevisible, tal que puede buscar los huecos de los radares de alerta temprana y de las defensas antimisiles, levantadas para vigilar arcos balísticos desde vectores conocidos. Ese es el sentido del arma.

La idea es vieja. En la década de 1950 Estados Unidos y la Unión Soviética cargaron reactores en bombarderos, el B-36 y el Tu-95. Estos volaron pero nunca movieron los motores. Bajo el Proyecto Pluto los estadounidenses construyeron un estatorreactor nuclear, el Tory II-C, y lo probaron en tierra en 1964. El misil, un arma supersónica de baja altitud llamada SLAM, debía volar a ras de los árboles a más de Mach 3 y soltar bombas a lo largo de su ruta. Entre tanto, el reactor envenenaba todo lo que sobrevolaba. Así, Estados Unidos abandonó el proyecto por las mismas razones que hoy se levantan contra Burevestnik. Era sucio, peligroso para sus propios operarios y de valor dudoso. Sin embargo, Rusia revivió lo que la Guerra Fría descartó.

El programa avanzó entre desastres. En 2017 un misil cayó al mar y en 2019 una explosión en una barcaza del mar Blanco, cerca de Nyonoksa, mató a varios científicos y elevó la radiación en Severodvinsk. La prueba de 2025, anunciada en 14.000 kilómetros y 15 horas de vuelo, se presentó como el primer vuelo sostenido de una aeronave de propulsión nuclear. Si la cifra es cierta, es un hito técnico; aunque su utilidad militar es otra cosa.

Estados Unidos y China

Washington respondió con desdén más que con alarma. Tras la prueba de 2025 el presidente estadounidense recordó que los submarinos nucleares de su país patrullan cerca de las costas rusas y pidió a Putin terminar la guerra en lugar de probar misiles. Estados Unidos abandonó esta línea de propulsión hace décadas porque su apuesta es distinta. Esta descansa en la tríada, con submarinos difíciles de hallar, misiles terrestres dispersos y bombarderos furtivos. Por otra parte, la defensa antimisiles se apoya en el seguimiento desde el espacio. Así, el proyecto Golden Dome y el impulso hacia sensores orbitales responden justo al tipo de amenaza baja e imprevisible que Burevestnik encarna. Por lo tanto, el arma no obliga a Estados Unidos a copiarla, sino que lo obliga a ver mejor.

Entre tanto, Pekín observa. Un funcionario estadounidense afirmó en 2021 que China mostraba interés en misiles de crucero de propulsión nuclear y en drones submarinos como los rusos. Los analistas del arsenal chino agregaron la advertencia de que China suele desarrollar una tecnología y dejarla en el estante en lugar de desplegarla. China ya despliega un arsenal profundo y moderno de misiles de crucero convencionales e hipersónicos, por ende, no necesita un reactor sucio con alas para amenazar a sus vecinos ni a las bases estadounidenses del Pacífico. Su interés coincide con el motivo más hondo de Rusia de dominar una propulsión que abre otras puertas; por ejemplo, a drones de vigilancia de larga permanencia o sistemas en órbita. El misil queda como una demostración, no un destino.

Cuánto cambia la guerra

Como arma, Burevestnik agrega poco a las capacidades de los misiles balísticos porque es más lento, más frágil y más visible. Sin embargo, cambia tres cosas. Primero, tensiona las arquitecturas de alerta y defensa pensadas para otra geometría por el arco alto del misil balístico en lugar de la larga ronda baja que llega por un acimut inesperado. Segundo, acelera la carrera hacia el seguimiento persistente desde el espacio, porque solo una capa en órbita puede seguir un objeto lento capaz de venir de cualquier parte. Tercero, reabre un campo de propulsión que la Guerra Fría cerró, y un espacio reabierto por una potencia tiende a arrastrar a las demás. Así, el peligro es menos el misil que el precedente.

Queda una última dimensión, porque Rusia mostró el sistema antes de volar, en medio del derrumbe del control de armas. El tratado INF cayó en 2019 y el New START expiró en febrero de 2026 sin reemplazo. Cada prueba de Burevestnik llegó atada a un mensaje, una advertencia por los Tomahawk para Ucrania, un recordatorio de alcance y la afirmación de que ninguna defensa lo detiene. El misil es una manera cara de decir que la distancia ya no protege.

Un reactor con alas es, sobre todo, un argumento. Este sostiene que el alcance puede ser infinito, la defensa puede sortearse y que la vieja prudencia fue timidez. El razonamiento es débil en ingeniería y fuerte en miedo. La Guerra Fría lo escuchó una vez y eligió no contestarlo; sin embargo, el siglo presente eligió distinto. Esa elección, y no el misil, es la noticia.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.