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Cinco hitos de 2024 que muestran la decadencia de Occidente

Hay muchas evidencias de que la civilización occidental está en crisis desde hace tiempo. Este año termina con muchos ejemplos. Acá, los más significativos.

Se podría hacer un anuario muy interesante contando todas las cosas importantes que sucedieron en 2024 a nivel internacional. No hay dudas de que, por muchas razones, no fue un año más. Sin embargo, eso nos dejaría viendo sólo una foto. La película es mucho más relevante y... dramática. Por muchas razones, 2024 debería ser recordado también como el año en el que más se acentuó la crisis del mundo occidental.

Durante tres, cuatro o cinco siglos, según el criterio que se tome, Occidente fue la civilización más preeminente del mundo. Se destacó por sus logros materiales, científicos y culturales, así como por su capacidad de transformar el planeta e influir en otras culturas. Pero, como ha sucedido con todas las grandes civilizaciones a lo largo de la historia, desde hace años entró en una fase de decadencia. Esta se manifiesta en su pérdida de poder relativo frente a otras culturas, pero, sobre todo, en su erosión interna y en la crisis política que enfrentan sus principales potencias.

A continuación, repasamos los cinco hitos más importantes de esta serie de acontecimientos. Aclaración: el orden no es cronológico, sino conceptual.

1. Protestas estudiantiles en Estados Unidos

Este 2024 empezó con una luz de alarma cegadora. Con el regreso de los estudiantes a las clases tras el breve receso de fin de año, los campus universitarios se convirtieron en una zona de combate por las protestas antiisraelíes. El argumento era la solidaridad con los niños muertos en Gaza, pero a medida que se escuchaban los argumentos, las consignas y los reclamos de los líderes de los piquetes quedó en claro que la cosa era contra Israel, con niveles inusitados de antisemitismo.

Las banderas de Hamas y Hezbollah mezcladas entre las palestinas, las kufiyas de Arafat en cuellos y cabezas, la prohibición de ingreso a alumnos y profesores judíos, y el hostigamiento permanente a muchos de ellos, son algunos ejemplos. También que la consigna más utilizada fuera “Palestina será libre desde el río hasta el mar”. Es decir, desde el Río Jordán hasta el Mar Mediterráneo, lo que significa que Israel no debe existir y que todo debe ser territorio palestino. 

Fueron más de 60 campus tomados en todo Estados Unidos, una práctica que tuvo su réplica en Europa. Como el rechazo no era contra el ejército israelí sino contra la presencia judía en Oriente Medio, una de las principales propuestas era que las universidades rompieran relaciones con sus contrapartes en Israel. En España y en otros países, varios rectores universitarios cedieron ante este pedido.

Estas protestas son manifestación de dos síntomas. Por un lado, que las elites culturales del mundo occidental —formadas en estas universidades— están estudiando en un clima de profundo rechazo hacia su propia civilización. Porque Israel es, en definitiva, el chivo expiatorio de Occidente.

Más allá del papel que tiene en esta historia el dinero de Qatar y de otros países que financian a estas instituciones con fines muy claros, el odio de esos jóvenes acomodados hacia Israel se debe a que lo ven como una parte de Occidente en Oriente Medio. Que sea el único país democrático, con libertades civiles y diversidad sexual en la región, resulta intolerable para gente que defiende esos valores pero al mismo tiempo cree que en Occidente reside el mal y en todas las culturas que se le oponen, el bien.

Israel tiene otro rasgo insoportable: no solo se defiende de los ataques sistemáticos de sus vecinos —que comenzaron desde su misma creación—, sino que además toma la decisión, sin culpa, de atacar a los enemigos que buscan destruirlo.

El otro síntoma es la crisis de las autoridades, en todas sus formas. La conducción universitaria toleró que durante semanas los campus estuvieran copados por alumnos que impedían el funcionamiento de las casas de estudio y que además discriminaban a otros miembros de la comunidad. Cuando fueron citadas a declarar ante el Congreso, las rectoras de las principales universidades de la Ivy League de Estados Unidos se negaron a decir que gritar muerte a los judíos violaba las reglas universitarias. “Depende del contexto”, fue su respuesta.

Semejante rechazo a la propia cultura sería inimaginable en cualquier otra civilización. También lo era en la nuestra antes de que ingresara en su fase de decadencia.

2. El asesinato de 3 niñas en Southport, Inglaterra

El segundo hito parte de un hecho espeluznante. El 29 de julio fueron asesinadas tres niñas de 6, 7 y 9 años en la ciudad de Southport, Inglaterra. La versión que se viralizó ante la falta de información oficial es que había sido un atentado cometido por un inmigrante musulmán.

Se desató un verdadero estallido, uno de los más grandes en el Reino Unido en décadas. Las protestas se mezclaron con acciones extremadamente violentas, como el incendio de lugares de asilo para refugiados y centros islámicos.

Se había tocado una fibra muy sensible por la irritación que genera el país el aumento sostenido de la inmigración irregular en los últimos años, sumado a un deterioro de la seguridad pública y a comunidades radicalizadas que en muchas ciudades están tratando de imponer la sharia.  

Pero lo más interesante fue, una vez más, la respuesta gubernamental. Lo primero que hizo la Policía tras el silencio inicial fue afirmar, con la complicidad de los principales medios de comunicación, que todo lo informado sobre el caso eran fake news diseminadas por la extrema derecha. El atacante, identificado como Axel Rudakubana, era británico y cristiano, y no había una motivación terrorista aparente en su crimen.

Entonces comenzó la cacería “de los fascistas” que habían participado de los ataques durante el estallido. Arrestaron a miles de personas y condenaron a más de 200 por los disturbios, algunos de ellos incluso niños. Hubo casos insólitos, como personas sentenciadas a penas de prisión por patear una puerta o por comentarios en las redes sociales. El mensaje era claro: al gobierno le preocupaba mucho más combatir la presunta epidemia de xenofobia y noticias falsas que atender los problemas de seguridad pública ligados y no ligados a la inmigración irregular.

Lo impactante es que semanas después del atentado se comprobó que Rudakubana no era inmigrante, pero sí hijo de inmigrantes de Ruanda, y que creció en una familia cristiana, pero que tenía en su casa manuales de terrorismo de Al Qaeda y ricina, sustancia química utilizada para ataques terroristas. Por lo tanto, la noticia que se había difundido originalmente tenía bastante poco de falsa. A nadie le puede llamar la atención que el de Keir Starmer sea hoy uno de los gobiernos más impopulares de la historia reciente en Reino Unido, a meses de haber asumido.

3. Elecciones parlamentarias en Francia

El 30 de junio se celebraron en Francia elecciones que no tenían por qué realizarse. Emmanuel Macron había recibido una paliza en las elecciones europeas del 9 de junio, en las que la Agrupación Nacional de Marine Le Pen obtuvo el 31% de los votos, más del doble que su coalición. El Presidente, que al ser reelecto en 2022 había perdido la mayoría parlamentaria, creyó que era el momento de llamar a elecciones anticipadas. En un error de lectura notable, creyó que explotando el miedo a la extrema derecha iba a recuperar el control de la Asamblea Nacional.

La Agrupación Nacional es efectivamente heredera de un partido con raíces xenófobas, como era el Frente Nacional que lideraba Jean-Marie Le Pen, el padre de Marine. Pero desde hace años Marine lo echó del partido y se desprendió de los elementos más extremistas. Su candidato a primer ministro era Jordan Bardella, que creció en una familia trabajadora de inmigrantes italianos en los castigados suburbios de París. Con esos antecedentes y apenas 28 años, es al menos forzado emparentarlo con los oscuros orígenes del Frente Nacional. 

Pero la estrategia funcionó, aunque no en el sentido que esperaba Macron. Lo que logró el mandatario fue que el Partido Socialista, que había salido segundo en las elecciones europeas con un candidato judío, se aliara a la extrema izquierda: la Francia Insumisa que lidera Jean-Luc Mélenchon, un populista defensor de Maduro que venía de impulsar la candidatura de Rima Hassan, una joven antisemita de origen palestino, que hacía campaña planteando la idea de la desaparición del Estado de Israel y que tenía varios antecedentes de mirar con cierto cariño las atrocidades cometidas por Hamas.

El sistema electoral francés establece dos vueltas para las elecciones legislativas, donde el país se divide en distritos uninominales. En la primera vuelta del 30 de junio, la Agrupación Nacional volvió a ganar, el Nuevo Frente Popular conformado por las dos izquierdas salió segundo y el partido de Macron quedó tercero. Entonces, una vez más en nombre de evitar el triunfo de la extrema derecha, hubo una alianza tácita entre el oficialismo y la extrema izquierda que dejó un Parlamento dividido en tercios: el más grande para el Nuevo Frente Popular, el segundo para Macron y el tercero para Le Pen. 

El resultado de esta serie de desatinos de un presidente que se presenta como la quintaesencia del liberalismo occidental es el caos absoluto. Con muchas dificultades, Macron logró imponer a Michel Barnier como primer ministro en septiembre. Pero duró tres meses en el cargo porque nunca tuvo apoyo de la Asamblea Nacional. Ahora eligió a François Bayrou en su lugar. Nadie imagina un desenlace demasiado diferente al de Barnier.

4. Pedido de captura de Netanyahu emitido por la CPI

El cuarto hito es la orden de captura dictada por la Corte Penal Internacional (CPI) contra Benjamin Netanyahu, el primer ministro de Israel, y Yoav Galán, el ex ministro de Defensa que lideró buena parte de la ofensiva contra Hamas en Gaza. El pedido había sido solicitado el 20 de mayo por Karim Khan, el fiscal ante la CPI, que se lo concedió el 21 de noviembre.

Es el mismo fiscal que tiene hace tres años una investigación ya armada para solicitar la captura internacional de Maduro por las sobradamente documentadas violaciones a los derechos humanos cometidas en Venezuela, pero se niega a hacerlo. Tal vez tenga que ver que su cuñada Venkateswari Alagendra sea una de las abogadas del dictador venezolano. O quizás sea por algo más profundo y es que la CPI, como casi todas las instituciones y organismos que forman parte del ecosistema multilateral dejaron de responder hace mucho tiempo a los valores por los que fueron creados. 

La misma animadversión que existe hacia Israel en las elites intelectuales universitarias anida en ese ecosistema, donde se combina el necesario financiamiento y apoyo político de países que desconocen por completo los derechos humanos, y el rechazo de la diplomacia y el alto derecho internacional a la civilización internacional y a todo lo que representa. Así se llega al absurdo de pedir la captura internacional del líder democráticamente electo del único país de Oriente Medio en el que hay libertades y garantías jurídicas elementales. Todo, por las decisiones bélicas que tomó para defender los intereses de su país en una guerra que comenzó con el mayor ataque ataque sufrido por Israel desde su creación.

Por supuesto, murieron muchos civiles inocentes y el Ejército israelí cometió errores y excesos, como suele ocurrir en guerras tan cruentas como las que proponen las organizaciones terroristas. Pero bajo los parámetros que está siendo acusado Netanyahu, también tendrían que haber sido arrestados por genocidas Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill y Charles de Gaulle por todos los civiles que mataron sus ejércitos durante la Segunda Guerra Mundial. 

5. La victoria de Trump en Estados Unidos

La contundente victoria de Donald Trump en las elecciones del 5 de noviembre es por muchas razones el testimonio más claro de la crisis que atraviesan Estados Unidos en particular y Occidente en general. Muy profunda tiene que ser la crisis de la política tradicional para que gane de esa forma alguien que como presidente había sufrido dos intentos de juicio político, que ya tenía una condena por el pago ilegal a una estrella porno para comprar su silencio, y que tenía tres causas muy delicadas pendientes: una por tratar de impedir la certificación del triunfo de Joe Biden en las elecciones del año 2020, otra por haber presuntamente incitado el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, y la tercera por haberse llevado documentación clasificada cuando dejó la Casa Blanca en 2020.

Su triunfo ahora confirmó que lo de 2016 no fue un accidente histórico, sino la confirmación de que hay una mayoría en Estados Unidos que repudia al liderazgo político, cultural y mediático. Ese liderazgo que tan bien representaba Kamala Harris, la candidata étnicamente diversa, políticamente correcta, que siempre siguió los consejos de los expertos en campañas, adoptando discursos, tonos e incluso acentos según sus interlocutores. Un liderazgo que, ya no hay dudas, está totalmente desconectado de lo que ve y piensa el estadounidense promedio. Algo muy fácil de ver en todo Occidente.

La duda que queda hacia adelante es si la victoria de Trump y de tantos otros líderes que, como él, dicen defender de forma enfática los ideales occidentales será un freno al declive o, por el contrario, el último clavo en el cajón. Hay un escenario en el que ese tipo de liderazgos asertivos pueden efectivamente contrarrestar esa tendencia de Occidente a la autodestrucción. Pero hay un escenario alternativo, en el que esa concepción del poder tan autoritaria y populista que tienen Trump y sus amigos termina de horadar una de las pocas cosas que le queda a Occidente, que es la democracia liberal.