Alemania: por qué la extrema derecha puede ganar las elecciones
Alemania navega por aguas desconocidas. La locomotora de Europa, la economía que crecía más que cualquier otra en el mundo desarrollado, y que gozaba de niveles de estabilidad social y política envidiados por sus vecinos, se está hundiendo en una profunda crisis múltiple. Olaf Scholz, uno de los cancilleres más impopulares en décadas, perdió la semana pasada un voto de confianza en el Bundestag, el Parlamento federal, y debió convocar a elecciones anticipadas.
El 23 de febrero los alemanes se enfrentan a los comicios más dramáticos de su historia reciente. Primero, porque se dan en medio de una recesión que no parece encontrar fin. La economía terminó con una contracción del 0,3% el año pasado, se espera que cierre 2024 con una caída de 0,2% y nadie avizora una recuperación el año que viene.
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Segundo, porque la sociedad está ante un profundo replanteo de lo que fue una de las políticas más abiertas de Europa en materia migratoria. El catalizador es la serie de ataques terroristas cometidos por inmigrantes, muchos de ellos refugiados o solicitantes de asilo. El último fue el viernes pasado en un mercado navideño de Magdeburgo, donde Taleb al Abdulmohsen, un médico saudita que residía en el país desde 2006, asesinó a cinco personas y dejó heridas a 200 tras atropellarlas con su SUV.
Tercero, porque el fin de semana se conoció una encuesta en la que por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial la extrema derecha lidera la intención de voto. Según el sondeo publicado por Bild, el diario más popular del país, Alice Weidel, la líder de Alternativa para Alemania (AfD), escaló al 24%. Friederich Merz, el candidato de la Democracia Cristiana (CDU) de Angela Merkel, cayó al 20%. Y el canciller socialdemócrata, a un distante 15%.
¿Cuándo se jodió Alemania?
Para muchos, el punto de inflexión fue el 24 de febrero de 2022, cuando Vladimir Putin decidió invadir Ucrania. Ningún otro país, más allá de los directamente involucrados, sufrió tanto las consecuencias de esa guerra como Alemania. La principal razón es que su poderosa industria, que estaba en el corazón del exitoso modelo económico, tenía un punto débil: basaba su competitividad en la energía barata que le suministraba Rusia a través del gasoducto Nord Stream. Desde que Putin cerró el grifo en represalia por las sanciones europeas, la economía alemana entró en agujero del que no logra salir.
Lo que el ejército ruso puso en evidencia es que la locomotora que parecía tener una capacidad arrolladora era bastante más endeble por dentro. Por eso, muchos creen que el punto de inflexión de la decadencia alemana habría que buscarlo antes. Por ejemplo, el 8 de noviembre de 2011, cuando se inauguró el Nord Stream 1, un hito que selló la dependencia energética de Moscú.
Sobre todo, porque el complemento de esa decisión fue un error que hoy muchos consideran imperdonable por parte de Merkel: avanzar hacia el cierre de las plantas nucleares, dejándose llevar por el clamor ambientalista que utilizó la tragedia de Fukushima en 2011 para convencer a los principales líderes mundiales de que la energía nuclear era contaminante y peligrosa.
Ambas decisiones tomadas durante el gobierno de Merkel muestran un problema de criterio que hoy resulta evidente. Confiar en Rusia, cuando ya existían pruebas claras de que geopolíticamente se estaba convirtiendo en un rival de Occidente; y dejarse llevar por el ecologismo para definir la política energética del país, son ejemplos de falta de visión estratégica.
Quien durante muchos años fue considerada la gran líder europea y un modelo de estadista, en parte por su habilidad para acomodarse a muchos de los reclamos de la época, ha quedado expuesta como una política con escasa capacidad de anticipación.
Esa misma imposibilidad de prever las consecuencias de largo plazo de determinaciones que podían parecer correctas en el momento se vio durante la gran crisis migratoria de 2015. Toda Europa recibió un flujo inédito de personas huyendo de las guerras civiles en Oriente Medio y el Norte de África. Pero ningún país hizo lo de Alemania: abrirles la puerta a más de un millón de refugiados, muchos de ellos sirios.
Fue un gesto humanitario muy loable, que además tuvo bastante respaldo popular. Pero tuvo una alta dosis de ingenuidad. Merkel confió en que la sociedad alemana iba a poder asimilar a esa enorme cantidad de personas que llegaban con muchas necesidades y con valores, creencias y una idiosincrasia muy diferente. Muchos se adaptaron, pero otros no. El descontrol migratorio, atado a un deterioro de la seguridad pública, se convirtió en la mayor crisis del país.
Las cifras son elocuentes. Hoy el 18% de la población es extranjera, casi el doble que hace 15 años, y sin contar a aquellos alemanes que son hijos de padres foráneos. En 2023, los casos de entrada no autorizada al país aumentaron un 40%. Y los delitos de estancia no autorizada, casi un 30%.
Al mismo tiempo, la inseguridad no para de crecer. Los delitos violentos aumentaron 8,6% en el último año, llegando a 214.099 casos, un récord en más de 15 años. También los arrestos, que crecieron 7,3%. Lo notable es que el 41,3% de las 2,2 millones de personas detenidas no tenía pasaporte alemán. La mitad eran inmigrantes irregulares o estaban registradas como refugiados o solicitantes de asilo.
En Berlín, la capital, esta crisis se exacerba. La población extranjera supera el 20% y hay un dato que ilustra muy bien la reconfiguración demográfica: desde hace años el nombre más elegido entre los recién nacidos es Mohammed. La suba de los robos también es más violenta que en ninguna otra región: el año pasado treparon más de 35%.
Estos desafíos se convirtieron en una crisis política cuando la respuesta del establishment consistió en negar sistemáticamente el problema en su obsesión con no herir la susceptibilidad de alguna minoría ni de las elites universitarias. Así, cualquier advertencia sobre los problemas que trae la inmigración masiva cuando ésta no se asimila es considerado un acto de xenofobia, racismo o islamofobia. Por ese camino, todo pedido de endurecer controles y hacer cumplir la ley termina siendo acusado de fascista y antidemocrático.
Un ejemplo extremo de esta disfuncionalidad se vio con todo lo que rodeó a la masacre del pasado 23 de agosto en un festival realizado en la ciudad de Solingen, en las afueras de Düsseldorf. Un hombre mató a cuchilladas a tres personas y estuvo 24 horas prófugo. Era un sirio radicalizado que dijo actuar en nombre del Estado Islámico. Había ingresado a Alemania en 2022 y le habían dado el estatus de refugiado. Lo increíble es que luego recibió una orden de expulsión del país que nunca se aplicó. Seguía viviendo en un centro de refugiados, de donde sacó el cuchillo con el que cometió el atentado.
La respuesta a este escándalo por parte de Nancy Faeser, ministra del Interior, fue sencillamente fascinante: sugirió como medida preventiva aumentar los controles sobre la cantidad de... cuchillos en las calles. Fue más que una declaración. Con la proliferación de mercados navideños en todo el país, la Policía empezó a registrar las carteras de las abuelas en busca de puñales y navajas. Lo que revela la desconexión con la realidad es que los propios agentes difundían imágenes de los operativos.
Pero parece que el problema no eran los cuchillos, porque este viernes en Magdeburgo el arma homicida fue una SUV. Tal vez decidan prohibirlas como medida preventiva. Ironías al margen, el patrón fue muy similar.
Taleb al Abdulmohsen, el terrorista, vivía tranquilamente en Alemania a pesar de que había protagonizado numerosos incidentes violentos, incluyendo amenazas y acoso a mujeres. Arabia Saudita, su país, había solicitado su extradición en 2022, advirtiendo que era una persona peligrosa. Pero las autoridades alemanas creyeron que no había por qué preocuparse. Uno de los argumentos es que decía haber abandonado el islam y expresaba posiciones antimusulmanas. Aunque curiosamente tenía publicaciones reivindicando las atrocidades de Hamas.
Una alternativa que asusta
Con estos antecedentes la pregunta no debiera ser por qué puede ganar las elecciones la extrema derecha, sino cómo no las ganó antes. Porque a pesar de todo lo extremas y violentas que puedan ser sus posiciones, es el único espacio político que al menos menciona por su nombre a los problemas que la mayoría de los alemanes ve y sufre desde hace tiempo, ante la inacción ideológica o temerosa del establishment político.
La AfD es hoy más una incógnita que una certeza. Nació el 6 de febrero de 2013 como una reacción a la crisis del euro. Sus fundadores, entre los que se destacaban académicos y economistas conservadores, criticaban las políticas de rescate financiero impulsadas por la Unión Europea. El mensaje central era que los alemanes no tenían que pagar los desajustes financieros de griegos y españoles.
Como el tema fue perdiendo peso en la medida en que la economía europea se estabilizó y los rescates dejaron de ser necesarios, la AfD comenzó un viraje hacia un nacionalismo más cultural que económico. La defensa de la identidad nacional frente a la inmigración creciente se convirtió así en su eje.
Entonces comenzaron a ganar terreno figuras mucho más radicalizadas, que recuerdan al pasado más oscuro de Alemania y de la humanidad. El caso más emblemático es el de Björn Höcke. En mayo de 2021, en un discurso que dio en Merseburgo, utilizó la frase "¡Todo por Alemania!", un eslogan asociado a las SA de Hitler. Fue a juicio y se defendió diciendo que era un "dicho cotidiano", pero el tribunal no le creyó y lo condenó a pagar una multa de 13.000 euros por el uso de símbolos nazis. Difícil creer que no sabía lo que estaba diciendo, considerando que es profesor de historia.
Alice Weidel ha intentado correr de escena a Höcke y a otros de los personajes más controvertidos. Ella es una economista especializada en China, que trabajó en Goldman Sachs y en otros bancos de inversión. Viene del sector más pragmático y economicista del partido, aunque mantiene las críticas radicales al proyecto multicultural europeo que tuvo a Merkel como máximo exponente.
Esa estrategia le viene permitiendo cosechar los frutos de los dislates de la política tradicional. En las elecciones europeas celebradas en junio, AfD salió segundo con el 16% de los votos. El 1 de septiembre obtuvo una victoria histórica en el estado de Turingia, al convertirse en el primer partido de extrema derecha en ganar unas elecciones regionales en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial.
Todo puede cambiar en los dos meses que faltan para los comicios federales que van a definir al futuro canciller. Y las diferencias que hay en las encuestas están muy cerca del margen de error. Además, incluso aunque AfD sea la fuerza más votada, difícilmente pueda formar gobierno. Hasta ahora, el resto de los partidos se mantienen firmes en su decisión de formar un cordón sanitario a su alrededor. Si nadie se le suma, nunca podría llegar a la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar.
No obstante, sería un mensaje contundente de la ciudadanía hacia la clase política. El interrogante es si sus representantes sabrán escucharlo y decodificarlo. O si, por el contrario, tratarán de convencerse de que la extrema derecha gana porque hay muchas fake news y discursos de odio en las redes sociales.