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Afganistán y la caja de Pandora

Tras el descontrol, cómo se desarrollará esta historia es la verdadera incógnita a descifrar. Afganistán no es un conflicto encapsulado en su territorio sino un ítem subrayado y en negrita de la agenda permanente de sus vecinos más poderosos.

Martín Rodríguez Ossés
Licenciado en Relaciones internacionales y Vocal de la Fundación Globalizar

Las escenas en el aeropuerto Hamid Karzai de Kabul arrojaron imágenes desesperantes. Cientos de personas atiborradas en la pista principal colgadas literalmente del fuselaje de un avión C-17 Globemaster de la fuerza aérea estadounidense. Para entender la magnitud del caso, las características de ese avión hablan de una capacidad de transporte de 187 pasajeros. En el día de ayer fueron transportadas 800 personas en un solo vuelo. La palabra que resuena es descontrol.

Varios artículos y emisiones televisivas ya han hablado del cómo se llegó a esta situación y del necesario debate respecto de los errores cometidos por las distintas administraciones estadounidenses. El cómo se desarrollará esta historia es la verdadera incógnita a descifrar. A la obvia problemática de los derechos humanos, especialmente del destino de las mujeres afganas, es menester pensar sobre los desafíos de política exterior de toda la región. Porque Afganistán no es un conflicto encapsulado en su territorio sino un ítem subrayado y en negrita de la agenda permanente de sus vecinos más poderosos (Pakistán, la India, Rusia y China) pero naturalmente también de sus vecinos cercanos (Irán, Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán: los STAN). Es una nube radioactiva impulsada por un huracán sin destino cierto.

La transición de poder en Afganistán lleva varios años. Autoridades chinas llevan encuentros con las milicias desde septiembre de 2019, los rusos por lo menos desde agosto de 2018. Es decir, los talibanes ya formaban parte de las conversaciones como actores legítimos –aun cuando son considerados como una organización terrorista- desde hace años y eso remarcaba no sólo la obvia consideración de las potencias del futuro de Afganistán sino la necesidad de encausar las relaciones en un marco institucional.

Las relaciones entre talibanes y Pakistán son harto conocidas; es una nacida desde el génesis del conflicto con la Unión Soviética en 1985 de la mano de la organización Harkat-ul-Mujahideen –HUM-(a quienes conocemos a través de Rambo 3) y que recién fueron identificados como una organización terrorista por los Estados Unidos en el año 1997. HUM es trascendente porque es una organización que persigue la anexión de la cachemira india. De la mano de esta relación hay que considerar la alianza entre Pakistán y China surgida de los intereses opuestos que el gigante asiático tiene con la India por el control de su frontera sur en la zona denominada Aksai Chin y que en el último año han recrudecido dándonos pruebas de enfrentamientos a palazos (¡!) en las montaña entre sus dos ejércitos.

India, un rival que ya ha adquirido categoría de némesis de Pakistán y potencia nuclear, ha adquirido un valor geopolítico y geoeconómico vital. Al valor adquirido por su enorme potencial de mercado se le agrega su posición de contención frente al avance chino en la región. Un valor que aprecian los Estados Unidos, mediante el QUADS – la unión de las potencias del pacífico junto a Australia y Japón, pero también Rusia que lo concibe como un socio estratégico, no solo por su relación en el mercado armamentístico sino, y como lo evidenció la pandemia, como socio productor de sus vacunas.

El caso iraní es mucho más complejo. Paulo Botta, especialista de la región escribió un muy informe especificando las dificultades que propicia caer en simplificaciones respeto de una influencia iraní en Afganistán. La consolidación de los talibanes en su país representa, de hecho, una complicación a los objetivos de política exterior iraní ya que comprometen y agrandan las distancias entre las minorías shiitas y otras de lengua persa que habitan en Afganistán. Por otra parte, Irán buscaba consolidarse, con la ayuda de India, como una ruta que reemplace a Pakistán para el comercio exterior afgano hacia Asia Central. Esa posición privilegiada hoy está en peligro.

El caso ruso también debe tomarse con suma consideración. Para Rusia el recrudecimiento de la violencia en Afganistán supone una amenaza para su zona de contención establecida en los distintos STAN anteriormente mencionados. Vale mencionar que Rusia tiene una honda preocupación por el despliegue de un terrorismo fundamentalista en la región, que ya sufrió de la mano de la amenaza chechena a fines de los 90s. Tanto es así que Rusia fue el primer aliado de los Estados Unidos en 2001 al permitir el uso de bases y corredores para que las fuerzas estadounidenses se desplieguen. Hoy el escenario de esa relación es bien distinto y esa capacidad de despliegue estadounidense tuvo que ser modificada. Por otra parte, al ser hoy un actor fundamental de la región, tiene sus ojos vistos en la escalada de los conflictos entre la India y Pakistán y, por carácter transitivo, con China.

Y todo esto sin indagar en el rompecabezas que representa Afganistán para los Estados Unidos tras su decisión de capitular en su misión y replegarse. ¿Cuál será la nueva misión del tutor del sistema en dicho país? ¿Pondrá en manos del consejo de seguridad de las Naciones Unidas un rol más preponderante y activo? ¿Hará un ejercicio de buckpassing –pasar la responsabilidad- y trasladar los costos del conflicto a China y a Rusia? Pero fundamentalmente: cómo resolverá las heridas abiertas hacia adentro en un país que no sabe asumir frustraciones y donde sus soldados desplegados han declarado, ya en 2006, la tajante sentencia: “Estados Unidos no está en guerra. Nosotros estamos en guerra. Ellos están en el shopping”.