Estamos en Tbilisi, capital de la república de Georgia, asistiendo a la Segunda Conferencia Internacional sobre Salud y Derechos Humanos. No es caprichoso que esta pequeña ciudad del sur del Cáucaso sea la anfitriona del encuentro. Independizada de la Unión Soviética en 1991, Georgia tiene un largo historial de conflictos internos –y un muy reciente enfrentamiento con Rusia– que ha desgarrado las vidas de cientos de miles de personas y provocado masas de desplazados internos desde las regiones de Abjasia y Osetia del Sur, hoy territorios independientes de facto. La demanda de profesionales que pudieran trabajar en tratamiento psicológico y rehabilitación de víctimas de la tortura, del éxodo, y del sinnúmero de traumas que provocan los conflictos armados, ha convertido a Georgia en un centro importante en el tratamiento de la salud en relación a las violaciones a los derechos humanos.
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