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"Rompan, rompan": la lección de la artista Rebeca Sarelli para aprender a crear sin miedo

La escultora recibió a los alumnos de Piojos Taller de Arte. Hubo arcilla, dibujos y un homenaje a Antonio Sarelli por sus 90 años.


“Rompan, rompan”, les repetía Rebeca Sarelli mientras los invitaba a intervenir la arcilla con un palo y desarmar aquello que acababan de modelar. La indicación podía parecer extraña frente al esfuerzo puesto en cada figura, pero contenía una de las enseñanzas centrales de la tarde: crear también implica corregir, transformar y animarse a comenzar de nuevo.

Alrededor de 45 niños y adolescentes de Piojos Taller de Arte visitaron el atelier de la escultora el sábado pasado. Llegaron con trabajos propios, recorrieron el espacio donde Sarelli desarrolla su obra y participaron de una práctica de modelado que los llevó del dibujo sobre una superficie plana a la construcción de formas con volumen.

La experiencia fue el cierre de un mes dedicado a estudiar la producción de la artista mendocina. Sin embargo, el encuentro no se limitó a observar piezas terminadas ni a escuchar explicaciones. Los visitantes pudieron mostrar cómo habían interpretado su lenguaje visual y trabajar junto a ella dentro del lugar donde las obras se piensan, se prueban y también se descartan.

Entrar al lugar donde comienza una obra

Piojos desarrolla desde hace varios años una metodología denominada “Artista Invitado”. Cada mes, sus alumnos se aproximan al trabajo de un creador local, exploran algunos de sus recursos y luego establecen un contacto directo con su producción.

Durante agosto, la artista elegida fue Rebeca Sarelli. Entre sus obras, a los chicos les llamaron especialmente la atención unos dibujos realizados con birome. Esa elección sorprendió a la escultora porque puso el interés sobre un instrumento cotidiano, alejado de la idea de que el arte necesita materiales extraordinarios para producir una experiencia significativa.

“Me llamó específicamente la atención que les gustaran esos trabajos hechos con algo tan sencillo como una birome”, contó Sarelli. Para ella, una de las riquezas del encuentro estuvo precisamente en observar cómo los alumnos descubrían nuevas posibilidades expresivas en elementos tan accesibles como el bolígrafo o el barro.

Visitar un atelier también les permitió acercarse a una dimensión de la creación que las salas de exposición suelen dejar fuera de campo. Allí no aparece únicamente el resultado: conviven materiales, pruebas, decisiones inconclusas y rastros del proceso que precede a cada obra.

Aprender a mirar aquello que ocupa un espacio

Después de compartir los dibujos y conversar sobre los trabajos realizados durante el mes, Sarelli les propuso cambiar de lenguaje. La actividad consistió en comenzar una pequeña cabeza de arcilla y descubrir cómo una figura se construye desde diferentes puntos de vista.

“Si bien vivimos en un mundo tridimensional, nos cuesta mucho ver el volumen”, explicó. La observación sintetiza uno de los desafíos fundamentales de la escultura: dejar de pensar únicamente en contornos y aprender a reconocer profundidades, perfiles, concavidades y relaciones entre la materia y el espacio.

La arcilla obliga a mirar de otra manera. Cada presión deja una huella y cualquier modificación altera la totalidad de la forma. A diferencia del dibujo frontal, la pieza debe sostenerse cuando se la observa desde todos sus lados.

En ese proceso apareció la consigna que marcó la jornada. A medida que los alumnos avanzaban, Sarelli los animaba a romper una parte, modificarla y volver a modelar. No buscaba que destruyeran por destruir, sino que perdieran el temor a desprenderse del primer resultado.

“Poder ver un elemento nuevo, encontrar algo diferente y observar que a los chicos les llama la atención, a mí me conmueve”, expresó. Para la artista, el encuentro no funcionó en una única dirección: también le permitió acercarse a las inquietudes, elecciones y maneras de mirar de una generación que recién comienza a construir su vínculo con el arte.

La aparición de Antonio Sarelli

Cuando la actividad ya estaba terminando, Antonio Sarelli se acercó al atelier para saludar. Su participación fue breve, pero produjo uno de los momentos más emotivos de la jornada.

El maestro acababa de cumplir 90 años el 26 de agosto. Nacido en Maipú en 1936, se formó en la Academia Provincial de Bellas Artes y luego regresó a esa institución como docente. A lo largo de más de siete décadas construyó una trayectoria central dentro de la pintura mendocina, con obras que integran colecciones públicas y privadas del país y del exterior.

Los chicos lo recibieron cantándole el cumpleaños feliz, se acercaron para fotografiarse con él y le pidieron autógrafos. “Mi viejo fue a saludar y parecía un rockstar”, recordó Rebeca.

Su presencia sumó otra profundidad al encuentro. En un mismo espacio coincidieron un pintor que acaba de cumplir 90 años, una escultora con una extensa trayectoria y un grupo de chicos que comienza a descubrir sus primeras herramientas. No se trató de equiparar esos recorridos, sino de permitir que pudieran reconocerse como partes de una misma cultura.

“Creo que es muy interesante ir a los talleres, conocerlos y entender que no estamos tan lejos. Seguimos siendo de la misma comunidad”, reflexionó Sarelli. Esa cercanía terminó siendo el verdadero núcleo de la experiencia. Durante una tarde, el taller dejó de ser solamente el espacio íntimo de una artista para convertirse en un territorio compartido. El arte pasó de unas manos a otras a través de una birome, un fragmento de arcilla y la libertad de romper una forma para descubrir qué podía aparecer después.