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Por qué nos gusta tanto chusmear: la explicación de la psicología

Hablar sobre la vida de los demás no responde únicamente a la curiosidad. Chusmear esconde varias necesidades humanas.


Una persona se separó, otra renunció inesperadamente y alguien fue visto en un lugar donde, en teoría, no debía estar. La información puede parecer irrelevante para la vida de quien la escucha, pero aun así resulta difícil resistirse a conocer el resto de la historia. El impulso de “chusmear” suele asociarse con la indiscreción o la maldad. Sin embargo, para la psicología, hablar de personas que no están presentes es una conducta mucho más compleja. Sirve para comprender el entorno, comparar decisiones, establecer vínculos y aprender cuáles son las normas de un grupo.

Eso no significa que todo chisme sea inofensivo. Puede convertirse en una forma de agresión cuando busca humillar, excluir o perjudicar la reputación de alguien. Pero la conversación sobre terceros no siempre tiene esa finalidad.

Chusmear ayuda a entender el mundo social

Las personas necesitan información para saber en quién confiar, a quién evitar y cómo comportarse en diferentes situaciones. Como no es posible observar directamente todo lo que ocurre, las historias ajenas funcionan como una especie de mapa social.

Conocer que alguien incumplió una promesa, ayudó a un compañero o tuvo una reacción inesperada permite anticipar cómo podría actuar en el futuro. Desde esta perspectiva, el chisme no se limita a satisfacer la curiosidad: también ayuda a evaluar reputaciones.

Esta función habría sido especialmente útil en los primeros grupos humanos, donde identificar rápidamente a los individuos cooperativos o conflictivos podía resultar decisivo. Aunque el escenario cambió, ese interés por la conducta de los demás permanece.

Permite aprender sin pagar el costo del error

Un trabajo publicado en Review of General Psychology propuso entender el chisme como una forma de aprendizaje cultural. Escuchar qué le ocurrió a otra persona permite conocer las consecuencias de determinadas decisiones sin necesidad de atravesarlas personalmente.

Una historia sobre una infidelidad, una discusión laboral o una estafa no solamente transmite información sobre sus protagonistas. También comunica reglas implícitas: qué comportamientos son aceptados, cuáles despiertan rechazo y qué puede ocurrir cuando alguien cruza ciertos límites.

Por eso, muchas conversaciones sobre terceros terminan con conclusiones como “yo en su lugar no lo haría”, “eso tarde o temprano iba a pasar” o “hay que tener cuidado con alguien así”. Mientras parece entretenerse con una historia, el cerebro también está extrayendo una enseñanza.

Crea complicidad entre quienes conversan

Compartir una información reservada puede producir una sensación inmediata de cercanía. Quien cuenta algo demuestra confianza y quien lo recibe siente que ingresó a un círculo más íntimo. El contenido importa, pero también importa el acto de compartirlo. Dos personas que comentan una situación construyen una mirada común: coinciden, discrepan, se sorprenden y definen juntas qué consideran correcto o incorrecto.

Ese intercambio puede fortalecer vínculos porque transmite un mensaje implícito: “Confío en vos para hablar de esto”. El problema aparece cuando la intimidad se construye permanentemente a costa de otra persona o cuando la información privada se divulga sin límites.

La ciencia explica por qué nos gusta el chusmerío. Foto: Freepik.

También sirve para compararnos

Las historias ajenas ofrecen referencias para evaluar la propia vida. Saber cuánto gana alguien, cómo atraviesa una separación o qué decisión tomó frente a un problema permite comparar experiencias y preguntarse qué se haría en la misma situación.

La comparación puede generar alivio, admiración, envidia, temor o satisfacción. En algunos casos ayuda a relativizar un problema propio; en otros, refuerza inseguridades.

No siempre se chusmea porque se desea que al otro le vaya mal. A veces se busca una confirmación: comprobar que las demás personas también se equivocan, atraviesan crisis o llevan vidas menos perfectas de lo que muestran.

No todos los chismes son negativos

Una investigación sobre conversaciones cotidianas encontró que las personas dedicaban, en promedio, unos 52 minutos diarios a hablar de terceros. Sin embargo, cerca de tres cuartas partes de esos comentarios eran neutrales. Solo una proporción menor tenía contenido claramente negativo.

Decir que un compañero cambió de trabajo, que una conocida comenzó una relación o que alguien se mudó también forma parte del chisme entendido en sentido amplio. No todo intercambio contiene una revelación escandalosa.

El estudio cuestionó, además, algunos prejuicios frecuentes: chusmear no sería una práctica exclusiva de las mujeres ni una conducta reservada a determinados niveles educativos o sociales. Es un comportamiento extendido porque responde a necesidades humanas compartidas.

Cuándo deja de ser una curiosidad inofensiva

La diferencia no siempre está en hablar de alguien ausente, sino en la intención, la veracidad y las consecuencias. Una conversación puede resultar dañina cuando difunde información íntima, presenta con certeza algo que no fue comprobado o busca deliberadamente aislar a una persona.

Antes de repetir una historia conviene preguntarse si es verdadera, si corresponde compartirla y qué daño podría ocasionar. También sirve imaginar qué ocurriría si el protagonista estuviera escuchando.