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Los juegos de la infancia que marcaron a los chicos de los '80 y '90 en Argentina

De la escondida al Family Game, una generación creció entre juegos simples, reglas inventadas y tardes que parecían eternas.


Hubo una época en la que jugar no necesitaba batería, conexión ni demasiadas explicaciones. Para quienes fueron niños en Argentina durante los años 80 y 90, la infancia tuvo una geografía muy precisa: la vereda, la plaza, el patio de la escuela, el club del barrio, el garaje de una casa o la calle cortada por una pelota. Los juegos de esa generación no fueron solo pasatiempos.

Por aquellas décadas, los juegos también fueron una forma de aprender a negociar reglas, resolver conflictos, esperar turnos, competir, perder, ganar y volver a empezar. Muchas veces alcanzaba con una pelota, una soga, una tiza, algunas figuritas o un grupo de amigos dispuesto a pasar la tarde afuera.

En tiempos en los que no existían los celulares como centro de la vida cotidiana, la organización era más simple y más física: tocar timbre, gritar desde la vereda, pasar casa por casa o encontrarse directamente en la esquina. La frase “¿salís a jugar?” era casi una contraseña generacional.

Las plazas de barrio eran también un punto neurálgico de encuentro de los chicos y chicas. Foto: Canva

La escondida, la mancha y los juegos que tomaban la calle

Entre los clásicos más recordados aparecen la escondida, la mancha, la mancha venenosa, la mancha congelada, el ladrón y policía y el quemado. Juegos de reglas sencillas, pero capaces de ocupar una tarde completa.

La escondida convertía cualquier cuadra en un territorio de estrategia. Había árboles, autos estacionados, puertas, tapiales y rincones que se transformaban en refugios posibles. El conteo contra la pared, el “piedra libre para mí y para todos mis compañeros” y las discusiones sobre si alguien había sido visto o no forman parte de una memoria compartida por miles de argentinos.

La mancha, en sus distintas versiones, era pura velocidad. No hacía falta nada más que correr. En algunas escuelas se jugaba en los recreos; en los barrios, podía extenderse hasta que oscurecía. El quemado, en cambio, tenía algo más competitivo: equipos, lanzamientos, eliminados y esa mezcla de puntería y reflejos que hacía que cada partido fuera distinto.

También estaban los juegos de persecución más narrativos, como ladrón y policía, donde la imaginación construía personajes, bandos y misiones. No había disfraces ni grandes escenarios, pero sí una enorme capacidad para transformar la calle en una aventura.

El elástico, la rayuela y la soga

En patios y veredas, especialmente durante los recreos escolares, el elástico fue uno de los grandes protagonistas. Dos personas sostenían el elástico con las piernas mientras otra saltaba diferentes secuencias, cada vez más difíciles. Tobillos, rodillas y cintura marcaban los niveles de dificultad. El desafío era coordinar cuerpo, memoria y ritmo.

La rayuela también tuvo su lugar. Con una tiza o una piedra se dibujaba el recorrido en el piso y el juego comenzaba. Saltar en un pie, no pisar las líneas y avanzar casillero por casillero parecía simple, pero exigía equilibrio y precisión.

La soga reunía a grupos enteros. A veces se saltaba de a uno; otras, con canciones que marcaban el ritmo. En muchos patios escolares, la soga era un pequeño espectáculo: quien entraba y salía sin frenar el movimiento ganaba una especie de prestigio inmediato.

Bolitas, figuritas y tesoros de bolsillo

Si hubo juegos que marcaron la infancia argentina de los '80 y '90 fueron las bolitas y las figuritas. Las bolitas entraban en el bolsillo del guardapolvo, se guardaban en latas, frascos o bolsitas y tenían categorías propias: las comunes, las más grandes, las lecheras, las transparentes, las favoritas y las que nadie quería arriesgar.

Las figuritas, por su parte, eran mucho más que papel. En los recreos se cambiaban, se jugaban y se discutían. “La tengo”, “me falta” o “difícil” eran palabras que ordenaban un pequeño mercado infantil. Los álbumes de fútbol, de dibujos animados o de películas generaban conversaciones, pactos y hasta rivalidades.

También estaban las tapitas, los autitos, los trompos, los yoyós y las carreras improvisadas. Cada objeto podía convertirse en juego si había imaginación suficiente. Una chapa podía ser un auto de carrera; una piedra, una ficha; una caja, una casa; una sábana, una carpa.

Juegos de mesa y tardes de lluvia o viento Zonda

Cuando el clima no acompañaba, la infancia se mudaba al comedor. Allí aparecían los juegos de mesa: El Estanciero, Ludo, Damas, Ajedrez, TEG, Carrera de Mente, Memotest, Batalla Naval o cartas españolas para jugar a la escoba, la casita robada, el chinchón o el truco familiar.

El Estanciero podía durar horas y enseñar, sin que nadie lo dijera, algo sobre comprar, vender, hipotecar y negociar. El TEG introducía una épica de conquista mundial que muchas veces terminaba en discusiones. Carrera de Mente, por su parte, reunía preguntas imposibles, cultura general y competencia familiar.

Las tardes de lluvia tenían otra velocidad. No había tanta ansiedad por cambiar de estímulo. Un juego podía quedar armado durante horas, incluso días, sobre una mesa que nadie debía tocar.

La llegada de los videojuegos

Aunque la infancia de los 80 y 90 estuvo muy marcada por la calle, las pantallas también empezaron a ocupar un lugar propio. Primero llegaron los fichines, los locales de videojuegos y las máquinas arcade. Después, en muchas casas aparecieron consolas como el Family Game, el Atari, el Sega o el Super Nintendo.

El Mario, el Contra, el Pac-Man, el Tetris, el Street Fighter, el Mortal Kombat o los juegos de fútbol comenzaron a convivir con la pelota y la bicicleta. La diferencia era que todavía no desplazaban por completo al juego físico. Eran una parte de la infancia, no todo el mundo infantil.

Jugar videojuegos también tenía una lógica comunitaria: se pasaba el joystick, se miraba jugar a otro, se compartían trucos y se discutía quién seguía después de perder. Incluso frente a una pantalla, el juego seguía siendo una experiencia compartida.

La bicicleta, el club y la libertad de moverse

Para muchos niños de los 80 y 90, la bicicleta fue sinónimo de independencia. Permitía ir a la plaza, dar vueltas a la manzana, visitar amigos o inventar carreras. No hacía falta recorrer grandes distancias: bastaba con sentir que el mundo se ampliaba unas cuadras más.

El club también ocupaba un lugar central. Pileta, fútbol, básquet, vóley, patín o simplemente tardes enteras dando vueltas. En muchos barrios, el club era una extensión de la casa y una escuela de convivencia.

Más que nostalgia

Recordar los juegos de los 80 y 90 no significa idealizar el pasado ni negar los cambios. Cada época tiene sus formas de jugar y sus propias herramientas. Sin embargo, esos juegos dejaron una marca porque construyeron vínculos, lenguaje común y memoria colectiva.

La escondida, las figuritas, el elástico, las bolitas, el Family Game, la pelota en la calle o las tardes de club forman parte de una educación sentimental. Fueron juegos simples, pero no menores. Enseñaron a compartir, competir, esperar, imaginar y resolver.

Por eso, para quienes crecieron en aquellas décadas, hablar de esos juegos es mucho más que enumerar recuerdos. Es volver a una época en la que la infancia tenía olor a pasto, rodillas marcadas, manos con tierra, meriendas rápidas y una certeza que parecía infinita: siempre había alguien esperando en la vereda para jugar.