Esculturas para usar: la mendocina que deslumbra con su arte portátil y joyas sin género
La mendocina Julieta Ravidá rompió con la joyería tradicional para crear piezas únicas desde su casa-taller en la Ciudad de Mendoza.
La mendocina Julieta Ravidá transforma realiza joyas que no responden a un molde clásico.
Julieta Caballero - MDZHay casas que no necesitan presentación. Alcanza con llegar, golpear la puerta y mirar alrededor para entender que allí el arte no está colgado como decoración: forma parte de la vida diaria. Eso ocurre en la casa de Julieta Ravidá, joyera mendocina dedicada a la creación de piezas escultóricas, y de su esposo, el reconocido escultor y músico Guillermo Rigattieri.
La vivienda, una casa antigua remodelada en Ciudad de Mendoza, funciona como una suerte de refugio creativo. Desde el ingreso hasta el patio, aparecen obras de Riggatieri y de amigos artistas. Hay objetos, piezas, materiales, texturas y señales de trabajo manual en cada tramo del recorrido. Al fondo, cada uno tiene su propio taller. Allí, entre metales, herramientas, piedras y piezas en proceso, Ravidá construye un universo propio.
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Su joyería no responde al molde clásico. No busca la pieza prolija, pulida hasta borrar toda huella, sino una forma de expresión más cercana a la escultura. Ella misma define su trabajo como arte portátil y joyería escultórica sin género. Son piezas para llevar en el cuerpo, pero también para mirar como objetos con presencia propia.
De la cosmetología al metal
Julieta Ravidá no llegó al arte por el camino más previsible. No fue, según cuenta, una niña dedicada al dibujo ni alguien que desde chica imaginó una vida en el taller. De hecho, lo dice con humor: nunca supo dibujar. Lo que sí estuvo desde siempre fue el gusto por adornarse, por usar objetos, por elegir piezas con una carga personal.
Durante años trabajó como cosmetóloga y tuvo su propio gabinete. Luego, con la llegada de su hijo, reorganizó su vida laboral para estar más cerca de la casa. Mientras Riggatieri trabajaba en su taller, ella abrió su espacio de cosmetología allí mismo. En paralelo, empezó a acercarse a la joyería a partir de una muestra y del contacto con docentes que la introdujeron en ese mundo.
La primera experiencia no fue sencilla. Le pidieron dibujar, y ese pedido casi la aleja. Pero insistió. Siguió probando, tomando clases, buscando un lenguaje propio. Pronto entendió que no quería hacer joyería tradicional, sino piezas con volumen, presencia y carácter.
En ese punto, la influencia de Riggatieri fue inevitable. No solo por la convivencia con su obra, sino porque también fue quien la acercó al trabajo más directo con el metal. Él le enseñó a manipularlo, bajarlo, darle volumen y pensar la pieza desde una lógica escultórica. Ese aprendizaje terminó marcando el rumbo de su producción.
Joyería como pequeño talismán
Uno de los ejes de su obra es la idea de talismán. Ravidá siempre buscó piezas para usar que no fueran simples accesorios, sino objetos con significado. Esa búsqueda personal la llevó a mirar la joyería egipcia, especialmente el escarabajo como símbolo de protección. Desde allí, su obra comenzó a poblarse de insectos, peces, pulpos, tentáculos y criaturas vinculadas a la naturaleza.
La creadora trabaja por series. Hay una línea ligada a la naturaleza, otra al mar, otra a insectos y animales. No se trata de una reproducción literal, sino de una apropiación poética de esas formas. Sus piezas evocan organismos vivos, restos marinos, pequeñas criaturas imaginarias o fragmentos de un mundo natural transformado por el metal.
El collar con un gran dije de pez que lleva durante la entrevista resume esa lógica. No necesariamente parte de un significado cerrado, pero pertenece a una constelación de imágenes que dialogan entre sí. Naturaleza, mar, cuerpo y objeto se entrelazan en piezas pensadas para ser usadas, pero también para generar una relación íntima con quien las porta.
El error como parte del proceso
A diferencia de otros creadores, Ravidá no suele partir de bocetos detallados. La pieza aparece primero en la cabeza. Luego comienza el trabajo con el material y, en ese proceso, el error puede transformarse en hallazgo.
No dibujar, lejos de ser una limitación absoluta, le abrió otro modo de construir. La joya va apareciendo en el hacer. El metal responde, se resiste, se corrige. A veces una dificultad técnica obliga a tomar otro camino y esa desviación termina dando carácter a la pieza.
Ese modo de trabajo también explica la impronta de sus obras. Ravidá se define como detallista, pero al mismo tiempo conserva una rusticidad deliberada. No busca piezas impolutas. Prefiere respetar las marcas, las irregularidades y cierta aspereza que aparece durante el proceso.
Trabaja con alpaca, cobre, bronce y plata, y suele incorporar piedras según la pieza. Cada obra demanda tiempo, técnica y una relación artesanal con el material. Quien se lleva una joya suya se lleva también una pequeña obra de arte.
Crear con un apellido fuerte al lado
Ser la esposa de Guillermo Riggatieri, un artista reconocido por sus esculturas de gran escala, también tiene peso. Ravidá lo admite. No por una competencia directa, sino por la exigencia simbólica de convivir con una obra tan potente.
Riggatieri es además uno de sus primeros críticos. Ella suele mostrarle las piezas, escuchar su mirada y pasar sus trabajos por ese filtro familiar y artístico. También su hijo participa de esa devolución cotidiana. En la casa taller, la crítica no aparece como solemnidad, sino como parte natural del proceso creativo.
Sin embargo, la obra de Julieta ya construye su propio territorio. Su escala es otra, su relación con el cuerpo también. Donde la escultura monumental ocupa el espacio, su joyería se instala sobre la piel. Pero ambas prácticas comparten algo central: la materia como lenguaje y la forma como una manera de decir.