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Playas, gastronomía e historia: la joya desconocida de Brasil que se conectará directo con Argentina

Entre manglares, playas de aguas transparentes, recetas centenarias y comunidades que hacen del turismo una forma de preservar su identidad, el destino invita a descubrirlo.


Hay destinos que todavía conservan algo difícil de encontrar en los grandes centros turísticos, esa sensación de que uno llegó antes de que todos llegaran. Y con una gastronomía de primer nivel, una gran variedad de playas y una rica historia y cultura, Espírito Santo, en el sudeste de Brasil, es uno de ellos.

Entre Río de Janeiro y Bahía, este pequeño estado brasileño suele quedar fuera del radar de los viajeros argentinos. Sin embargo, tiene kilómetros de costa, ciudades centenarias, gastronomía que cuenta una historia, una naturaleza exuberante y una identidad que se expresa con orgullo en cada comunidad. Pero ahora, una nueva conexión aérea y un fuerte impulso del Embratur, el organismo encargado de promocionar a Brasil en el exterior, promete cambiar esa ecuación.

El próximo 17 de octubre, inaugurará un vuelo directo entre Vitória y Buenos Aires, conectando sin escalas y en menos de cuatro horas la capital argentina con esta joya por descubrir en el turismo brasileño. El servicio partirá desde la capital capixaba a las 13.05 y aterrizará en el Aeropuerto de Ezeiza a las 16.35, luego de tres horas y media de vuelo. El regreso despegará desde Argentina a las 17.35 y llegará a Vitória a las 21.05.

La noticia abre una nueva puerta para descubrir un Brasil distinto. Uno donde la playa es protagonista, pero no está sola. Donde detrás de un plato hay una familia, detrás de un trabajo artesanal hay siglos de historia y detrás de cada paisaje aparece una comunidad que todavía parece querer mostrar su tierra más por orgullo que por necesidad de venderla.

La vista de la isla de Vitória.

Un reserva natural en medio de la ciudad

Luego de aterrizar en la capital, Vitória, lo primero que uno puede encontrar es el contraste de la costa y sus serenas playas con los edificios de una ciudad que también mira al mundo desde los negocios, donde el aroma del café -y la definición de sus precios- se mezcla con el pulso de las grandes exportaciones que parten desde Brasil hacia otros continentes.

Y a una corta distancia de esos paisajes aparece otro igual de imponente. El Manglar de las Goiabeiras es una de esas experiencias que obligan a cambiar el ritmo. El paseo no es simplemente turístico, sino que se convierte en una clase de naturaleza a cielo abierto. Las salidas dependen de la marea y los grupos son reducidos, porque el objetivo es entender qué ocurre en ese ecosistema y por qué es tan importante preservarlo.

El recorrido por el Manglar de las Goiabeiras se convierte en una clase sobre el ecosistema capixaba.

En una embarcación pequeña, el paisaje urbano comienza a desaparecer. El manglar abraza la isla y el continente y, aunque está rodeado por cinco ciudades, consigue generar una desconexión inesperada. Pescadores trabajando, garzas de diferentes especies, peces, tortugas y hasta pequeños monos forman parte de un escenario donde la biodiversidad parece resistir a pocos kilómetros del movimiento de una capital.

No es casual que la propuesta esté alineada con una idea que gana fuerza en Brasil, la de promover un turismo más sustentable, de base comunitaria, capaz de poner en valor a pequeños emprendimientos y experiencias todavía artesanales. La biodiversidad del manglar y su vínculo con las comunidades locales son precisamente el eje de las experiencias que se desarrollan en Goiabeiras.

Es que allí se da el origen de un proceso centenario que al día de hoy definen la identidad capixaba. Es que esas raíces que sobresalen del agua y son la base de una abundante vegetación, son una pieza fundamental dentro de las panelas que se han convertido en un ingrediente fundamental de la moqueca, el plato más típico de Espírito Santo. La corteza de estos árboles aporta el tanino que tiñe de rojo estas ollas.

Las paneleiras llevan más de 400 años realizando su tarea de manera artesanal.

Las mujeres que hacen posible la moqueca

A pocos minutos del manglar, el barro toma protagonismo y da continuidad a este proceso. Las Paneleiras de Goiabeiras fabrican a mano las ollas de barro que son indispensables para preparar la moqueca capixaba. La tradición se transmite de generación en generación y fue reconocida como Patrimonio Cultural de Brasil.

A solo metros del manglar se puede vivir la experiencia de poder aprender de la mano de una de las paneleiras todos los secretos del proceso. Como por ejemplo junto a Jesileni, una joven mujer a la que solo basta con observar el movimiento de sus manos sobre el barro para descubrir una historia que comenzó mucho antes de ella. Desde los 12 años trabaja con las ollas. En su caso aprendió de su abuela y hoy, junto con sus hermanos, representa la cuarta generación de una familia dedicada a este oficio.

Las paneleiras cuentan con un espacio común donde elaboran comercializan sus productos.

El proceso no se puede alterar demasiado. Cada artesana puede imprimir su propia estética, pero la técnica conserva el paso del tiempo: el barro llega desde el valle, se pisa, se moldea y se quema. Las mujeres conocen el punto exacto del fuego. Después llega el baño de tanino, extraído de árboles de la región, que aporta esa coloración oscura característica y ayuda a impermeabilizar y sellar la pieza. El acabado final se realiza con piedras naturales.

Con todo el proceso a la vista, estas pequeñas productoras, que cuentan con el apoyo de Sebrae/ES -organismo que brinda apoyo a pequeños productores y comunidades- para poder seguir sosteniendo la tradición de una manera sustentable en todos los sentidos, son las proveedoras de grandes restaurantes de la región. Es que la olla no es un souvenir, es un ingrediente de la moqueca capixaba sin la cual el plato no sería el mismo. Justamente esa es una de las claves para entender Espírito Santo, la gastronomía no empieza cuando el plato llega a la mesa. Empieza en el territorio.

La moqueca capixaba se prepara con pescado o mariscos frescos, tomate, cebolla, cilantro, aceite de oliva y urucum, una receta y un proceso muy simple, pero con el calor y la experiencia de los cocineros gana aromas, sabores y personalidad. A diferencia de otras versiones brasileñas, tradicionalmente no lleva aceite de dendê y se cocina lentamente en las ollas de barro producidas en Goiabeiras.

La moqueca capixaba, el plato que identifica a Espírito Santo.

Una ciudad entre bahías, conventos y chocolate

Vitória combina el ritmo de una capital con la cercanía constante del mar. Desde la bahía, un paseo en kayak al atardecer permite descubrir la ciudad desde otra perspectiva, entre islas y paisajes costeros. Pero, curiosamente, no es la ciudad más grande del estado, sino que el conglomerado urbano de Espírito Santo está conformado por otras más que aportan lo suyo al atractivo capixaba.

Al otro lado del puente aparece Vila Velha y uno de los símbolos históricos más importantes del estado: el Convento da Penha. Fundado en el siglo XVI y ubicado sobre un macizo rocoso, el convento ofrece una de las mejores panorámicas sobre Vitória, Vila Velha y la bahía. Es también una pieza central de la presencia franciscana en Brasil.

El Convento Da Penha, una pieza clave para la misión franciscana en Brasil.

La región guarda también otras historias menos solemnes, pero igualmente conocidas. En Vila Velha nació Garoto, una de las marcas de chocolates más populares de Brasil. Aunque la empresa fue adquirida por Nestlé en 2002, su fábrica y su historia siguen formando parte de la identidad capixaba.

Al caer la noche, la gastronomía vuelve a ordenar el viaje. En Vitória, un plato de langosta grillada o pulpo puede encontrarse por alrededor de R$ 140, una relación entre calidad y precio que suma atractivo a un destino todavía poco explotado por el turismo internacional y que al cambio del día de hoy en Argentina representa poco más de $40.000.

Garoto, un ícono de Brasil, es originario de Espírito Santo.

Anchieta: donde la historia mira al mar

Hacia el sur, el viaje cambia de velocidad y se suma otro de los puntos fuertes de Espíritu Santo: su historia religiosa. Y al Convento da Penha se le suma Anchieta, una ciudad donde la historia colonial brasileña convive con playas y comunidades pesqueras, pero también con una de las figuras más relevantes para la evangelización y la cultura brasileña.

Su nombre está ligado a San José de Anchieta, un personaje fundamental de la historia religiosa y cultural del país verdeamarelo y compatrono de Brasil junto con Nuestra Señora de Aparecida.

El santuario dedicado al jesuita permite recorrer parte de esa memoria. Pero el relato más interesante aparece cuando se lo conecta con el territorio. Anchieta eligió Espírito Santo como su lugar de pertenencia y, según la tradición local, sentía por esta región un afecto tan profundo que la llamaba su refugio, su rincón.

Desde allí también comienza una experiencia que remite al espíritu de las grandes peregrinaciones: el Camino de Anchieta, inspirado en el Camino de Santiago de Compostela. Durante cuatro días, los caminantes recorren parte del trayecto vinculado a la historia del traslado de su cuerpo desde Anchieta hasta Vitória.

La ciudad, de todos modos, no vive solamente de su pasado. Sus playas, su pesca artesanal y su gastronomía basada en productos frescos del mar son parte de la identidad actual del lugar.

Con más de cuatro siglos de historia, el Santuario de San José de Anchieta es un ícono de la fe brasileña.

El Caribe capixaba

Después de la historia, el mar vuelve a imponerse. En Iriri, antigua comunidad pesquera del sur de Espírito Santo, las aguas claras y el ritmo tranquilo explican por qué algunos brasileños hablan del “Caribe capixaba”. No se trata de una postal artificialmente construida, sino que las embarcaciones, los restaurantes de pescado y mariscos y la vida cotidiana de la comunidad siguen siendo parte del paisaje.

Iriri conserva esa rara combinación de balneario y pueblo. Hay infraestructura turística, pero también una relación cercana con el mar que todavía marca los tiempos y la mesa. El destino mantiene una identidad vinculada a la pesca y a las comunidades costeras tradicionales.

Las playas de Iriri guardan un encanto especial de ritmo tranquilo y acogedor.

Guarapari, 52 playas y una ciudad que cambia de tamaño

El pool costero del sur de Espírito Santo se completa con Guarapari, uno de los destinos de playa más conocidos del estado. Tiene 52 playas y menos de 150.000 habitantes, aunque durante el verano su población puede multiplicarse hasta alcanzar cerca de un millón de personas, ya que es muy elegido por los propios brasileños para vacacionar.

Un paseo en barco permite entender la geografía de la ciudad desde el agua y descubrir pequeñas calas y playas escondidas a las que, en algunos casos, solo se llega por senderos o por mar. En temporada baja, sin embargo, Guarapari vuelve a mostrar su otra cara. La de una ciudad costera donde todavía se puede encontrar espacio para caminar, detenerse y comer sin la presión de los grandes destinos saturados.

Pero uno de sus grandes valores es que sirve para entender la gastronomía local, con su gran variedad de restaurantes tradicionales. Uno de ellos es Gaeta, una referencia de Guarapari y de la moqueca capixaba. Allí, el chef Leonardo Vieira continúa una tradición familiar iniciada hace seis décadas y mantiene viva la relación entre las recetas de sus padres y la identidad culinaria del lugar. El restaurante forma parte de la tradición gastronómica del litoral de Guarapari y es considerada la cuna de una de las reversiones más populares de la moqueca, la de banana.

Con más de 60 años de historia, la Gaeta es una referencia de la moqueca capixaba.

Las experiencias sobre la mesa

El recorrido por el este capixaba puede concluir como quizás debería terminar todo viaje gastronómico: cocinando. En Manguinhos, una antigua villa de pescadores ubicada en el municipio de Serra -otras de las grandes ciudades que integran el casco urbano de Espírito Santo-, el chef David propone una experiencia que permite preparar la propia moqueca capixaba. Frente al mar, en Maresia's Espaço e Restaurante, la receta deja de ser un plato para convertirse en relato.

El pescado fresco, las verduras, la olla de barro y el fuego son apenas una parte de la preparación. La otra parte está en la explicación y la guía detallada de por qué se cocina así, de dónde vienen los ingredientes y qué representa cada elemento para la cultura local. Todo, a metros de una plata que cuenta con arrecifes naturales que brindan un paisaje distinto dentro de Espírito Santo.

Manguinhos es una ciudad que respira la gastronomía capixaba.

La oportunidad de llegar antes

Una de las particularidades de este estado brasileño es que, pese a su pequeño tamaño tiene una economía mucho más diversa de lo que su perfil turístico permite imaginar. La actividad portuaria y minera, el petróleo y el gas conviven con una agricultura variada, que incluye café, cacao, palmito y otros cultivos. Vitória, además, es un punto estratégico para el comercio del café brasileño.

La tradición pesquera perdura en las playas de Espírito Santo.

Pero el turismo empieza a ganar otro lugar en esa matriz. No necesariamente a partir de grandes complejos ni de fórmulas masivas, sino desde las comunidades. Ese parece ser el gran valor de Espírito Santo y que en tiempos donde la experiencia hecha a medida de cada turista pesa mucho en la elección de un destino. Todavía no ha sido completamente apropiado por el turismo de masas. El visitante encuentra orgullo local, emprendedores pequeños, tradiciones familiares y una conciencia cada vez mayor sobre la necesidad de preservar la naturaleza que hace posible la experiencia.

El vuelo directo desde Buenos Aires puede acercar a los argentinos a esta joya todavía desconocida. Y quizás esa sea la mejor noticia para quienes buscan una nueva playa en Brasil, no se trata solamente de encontrar arena y sol.