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Ocupados de una hora: el truco estadístico que sostiene el relato del pleno empleo en la era Javier Milei

Aunque la desocupación se mantuvo estable, crecieron la informalidad y la subocupación. La definición oficial de "ocupado" vuelve a abrir el debate sobre la calidad del empleo.


Esta semana el Indec publicó los resultados de la Encuesta Permanente de Hogares correspondientes al primer trimestre de 2026. Los titulares que dejó el informe son auspiciosos para el Gobierno de Javier Milei: tasa de desocupación en 7,8%, tasa de empleo en 44,8%, tasa de actividad en 48,6%.

El propio organismo remata con una frase tranquilizadora: las tres tasas “no registraron cambios significativos respecto al mismo trimestre del año anterior”. Leído así, el mercado de trabajo argentino estaría, en el peor de los casos, estable. El problema es que esa lectura depende enteramente de una definición que casi nadie revisa, qué entiende el Estado argentino por “estar ocupado”.

Desocupación en 7,8%

La respuesta, textual, está en el informe metodológico de la propia EPH: “Población ocupada, conjunto de personas que tienen por lo menos una ocupación, es decir que en la semana de referencia han trabajado como mínimo una hora (en una actividad económica). Una hora. Sesenta minutos en toda una semana alcanzan, en términos estadísticos, para dejar de ser “desocupado” y pasar a integrar el batallón de “ocupados ” que sostiene el discurso del pleno empleo.

A simple vista, el mercado de trabajo argentino estaría, en el peor de los casos, estable.

Criterio global

Esto no es una rareza argentina ni un invento de esta gestión. El criterio de la hora viene de la Organización Internacional del Trabajo y se usa, con variantes, en buena parte del mundo, justamente para que los países sean comparables entre sí. El propio Indec lo explica sin rodeos, ese umbral “permite captar las múltiples ocupaciones informales o de baja intensidad” que existen en el mercado.

Ahí está el punto que me interesa señalar como abogado laboralista, no como estadístico: un indicador diseñado para ser comparable a nivel internacional termina siendo, en una economía con el nivel de informalidad que tiene la nuestra, un instrumento que mide cualquier cosa menos trabajo digno.

Mirá los números que el propio informe pone junto a ese 44,8% de tasa de empleo. De los 13,5 millones de ocupados del primer trimestre, solo el 53,3% son “ocupados plenos”.

Un 26,6% son subocupados: trabajan menos de 35 horas semanales y quieren trabajar más, pero no consiguen. Un 12,1% son sobreocupados, con más de 45 horas semanales, muchas veces porque un solo empleo no alcanza para vivir. Y un 8,1% de los ocupados, durante la semana de referencia, no trabajó ni una hora: tienen una ocupación, pero no la ejercieron esos siete días, y el Indec los sigue contando como empleados.

Sumále el resto del informe

La tasa de informalidad trepó al 44,2%, con una suba de 2,2 puntos porcentuales en un año. La tasa de subocupación subió a 11,1%, 1,1 punto más que un año atrás, también con aumento estadísticamente significativo según el propio organismo. Casi uno de cada dos ocupados, hoy, trabaja en negro. Y la proporción de gente que tiene trabajo pero querría trabajar más sin conseguirlo crece, mientras la tasa de desocupación general “no muestra cambios significativos”.

La tasa de informalidad trepó al 44,2%, con una suba de 2,2 puntos porcentuales en un año.

Esto no es un problema exclusivo de este Gobierno: la EPH mide así desde hace décadas, y gestiones de todos los colores políticos repitieron el mismo comunicado tranquilo cada vez que la desocupación se mantuvo estable. Pero la era Milei eligió la estabilidad macroeconómica y el ajuste fiscal como relato central, y necesita que el mercado de trabajo acompañe esa narrativa.

Una tasa de desocupación del 7,8% “sin cambios significativos” sirve perfecto para ese relato. Una informalidad que sube 2,2 puntos en un año, y una subocupación que también crece, cuentan otra historia, la de un mercado de trabajo que no se destruye en la superficie, pero que se vacía de calidad por debajo.

En mi trabajo diario como abogado laboralista, y en la consultora que dirijo junto a mi esposa, donde liquidamos sueldos para empresas reales todos los meses, veo esa diferencia a diario. Veo trabajadores con changas de pocas horas que el Estado cuenta como “ocupados”. Veo cuentapropismo forzado: gente que se inscribe como monotributista porque ningún empleador la quiere blanquear, y que en la EPH también figura como “ocupada”.

Veo trabajadores con jornadas reducidas que firman contratos part-time porque no consiguen otra cosa, y que pasan a integrar ese 26,6% de subocupados. Ninguno de ellos está desempleado según la encuesta. Tampoco tienen el trabajo digno que promete el artículo 14 bis de la Constitución Nacional.

Epicteto distinguía entre lo que depende de nosotros y lo que no. La definición técnica de “ocupado” no depende de mí, ni de quien lee esta columna, ni siquiera del Gobierno de turno: es un estándar internacional, y discutirlo en abstracto no cambia una sola changa en una sola casa.

Lo que sí depende de quien comunica esos datos, cualquiera sea su signo político, es la honestidad con la que los presenta. Decir que el empleo “no tuvo cambios significativos” sin mencionar que la informalidad y la subocupación crecieron es, como mínimo, una elección retórica.

El pleno empleo que se dibuja con una hora de trabajo por semana no es pleno empleo. Es, en el mejor de los casos, una hora de empleo.

* Juan Pablo Chiesa es abogado especialista en Derecho del Trabajo y Políticas Públicas de Empleo · Magíster en IA Aplicado a la Justicia.